Ciclo de paros
Ya estamos en marzo, lo cual quiere decir que luego del armisticio supuesto por las vacaciones de verano está por reanudarse la larga guerra educativa que tantos perjuicios ha ocasionado al país. Sin embargo, aunque los antagonistas formales en este conflicto son los gremios docentes por un lado y los gobiernos, tanto nacional como provinciales, por el otro, sería más útil, y más justo, considerarlo un enfrentamiento entre los comprometidos con la educación y aquellos que si bien dicen reconocer su importancia, prefieren subordinarla a factores a su juicio más significantes. Por desgracia, si nos atenemos a este último esquema, veremos que los auténticamente comprometidos constituyen una pequeña minoría cuyas posibilidades de derrotar a su adversarios son muy pero muy reducidas.
Desde luego, nadie confesaría oponerse a la educación. Por el contrario, no pasa un solo día sin que políticos, sindicalistas, funcionarios, economistas y pensadores de las más diversas actitudes ideológicas nos advierten -luego de señalar que ellos por lo menos entienden muy bien que la educación es mucho más que una suerte de palanca económica- que a menos que mejoremos el sistema educativo nacional el futuro del país será sombrío. ¿Lo creen de verdad? A juzgar por lo ocurrido en el curso de las décadas últimas, sólo se trata de palabras, de frases hechas leídas en alguno que otro libro o periódico, no de opiniones genuinas. Al fin y al cabo, si todas estas personas, las cuales sumadas representan el conjunto de la clase dirigente nacional, realmente creyeran en lo que dicen, el estado de la educación sería bien distinto de lo que efectivamente es.
¿Quiénes son los enemigos de la educación? Los transportistas, que se alzaron en rebelión cuando el gobierno del presidente Carlos Menem pretendió obligar a los dueños de vehículos -los que conforman un sector de ingresos sin duda superior al promedio-, juran y rejuran que están tan interesados en ella como el que más. También lo están los camioneros del sindicalista Hugo Moyano que en aquella ocasión se solidarizaron con los empresarios. Asimismo, millones de ciudadanos, que no vacilaron en apoyar las protestas de los docentes primero y días más tarde se afirmaron solidarios con los dueños de vehículos, se sentirían agraviados si a alguien se le ocurriera acusarlos de no preocuparse lo suficiente por la formación de los jóvenes.
Parecería que aquí todos se apasionan por la educación siempre y cuando no les cueste ni dinero ni esfuerzo. El consenso en favor de dar a los docentes un aumento que «jerarquizaría» su profesión es abrumador, con la salvedad de que sean otros los encargados de costearlo. Del mismo modo, la inmensa mayoría quiere que los alumnos de los colegios primarios y secundarios, además de los estudiantes universitarios, aprendan más, pero cuando la entonces ministra de Educación Susana Decibe propuso que los jóvenes estudiaran una hora o dos por día en sus casas, la indignación multitudinaria frente a tamaña manifestación de insensibilidad no tardó en hacerse sentir. No era para menos: era evidente que la funcionaria no entendía que es responsabilidad de los colegios educar a los jóvenes, y que por lo tanto sugerir que éstos estudiaran en casa equivalía a trasladarles el bulto. El gobierno aliancista también se las ha arreglado para enojar a la «comunidad educativa». La propuesta de evaluar a los docentes ha sido tomada por los sindicalistas del sector como un acto agresivo propio de los que, con -para citar al secretario general adjunto de CTERA- «un inocultable sesgo mercantilista», quisieran medir la «productividad» de los maestros. Es un disparate tendencioso, pero cualquier argumento sirve cuando se trata de defender los intereses de un sector, sea éste el conformado por los reacios a pagar los impuestos que permitirían mejoras fundamentales, por padres e hijos que no quieren que el aprendizaje los distraiga de cosas tan importantes como las vacaciones o el fútbol del domingo, o sindicalistas docentes temerosos de lo que podría significar para su clientela un esfuerzo genuino por «jerarquizar» la enseñanza.