Qué es la reciprocidad con la naturaleza que practican los agricultores patagónicos

Científicos del CONICET estudiaron las prácticas de familias rurales de Villa Llanquín y El Manso y encontraron formas de cuidado del entorno que la ciencia convencional nunca había registrado: protegen manantiales, dejan sapos en los invernaderos para combatir plagas y se niegan a comer a los animales que tienen nombre.

Por Redacción

Los agricultores plantan flores al lado de sus huertas para que los polinizadores hagan el trabajo que ninguna máquina puede reemplazar

Científicos del CONICET y la Universidad Nacional del Comahue analizaron cómo los agricultores familiares del norte patagónico no solo extraen recursos de su entorno, sino que también lo cuidan de maneras concretas y cotidianas. El estudio apareció en la revista Current Opinion in Environmental Sustainability.

La investigación, liderada por Ana Ladio junto a Catalina Rico Lenta, Pablo Grimaldi y Fernando Céspedes, parte de una idea sencilla pero poderosa: las comunidades rurales no solo toman de la naturaleza, también le devuelven. Eso es la reciprocidad.

“No se trata de un valor abstracto o filosófico, sino de acciones concretas que los agricultores familiares realizan todos los días en sus campos, entre la estepa y el bosque andino del norte patagónico”, detalló la doctora Ladio, investigadora superior del Conicet, en diálogo con Diario RIO NEGRO.

El equipo pasó años con familias de Villa Llanquín y El Manso. Desde 2009, cuando colaboraron en la organización de la Feria de Agricultores Familiares del Nahuel Huapi, los investigadores fueron parte del paisaje. Esa cercanía fue la clave: solo gracias a entrevistas profundas, caminatas por los campos y talleres participativos, las prácticas más íntimas de los agricultores salieron a la luz de forma espontánea, sin que nadie las indujera ni las buscara con preguntas directas.

Los investigadores pasaron años caminando campos para registrar prácticas que ninguna encuesta rápida hubiera detectado

Las prácticas de manejo recíproco


A partir de esos testimonios, los investigadores construyeron una tipología de lo que llaman Prácticas de Manejo Recíproco (PMR): tres categorías que describen distintas formas en que los agricultores familiares se relacionan con su entorno no humano.

La primera es el altruismo: acciones de cuidado sin esperar nada a cambio. Un agricultor protege los manantiales de agua porque sabe que el agua no le pertenece solo a él. Otro tolera flores silvestres en su campo porque «alimentan a los pajaritos». Son gestos de gratitud hacia la naturaleza que no buscan un retorno inmediato.

La segunda categoría es el pacto o covenant: acuerdos ritualizados con seres a los que los agricultores les reconocen cierta agencia propia. La investigadora Ladio contó que se suele decir “Lo que tiene nombre no se come». “Significa que si llega a estar frente a un animal que por alguna razón se le puso un nombre, como por ejemplo un cabrito que quedó huérfano, ya no es comida”, explicó.

Pedir permiso a la tierra antes de plantar o de recolectar plantas medicinales es otro pacto. Estas prácticas, profundamente arraigadas en la cosmovisión mapuche-tehuelche, aparecieron con menor frecuencia en los testimonios: solo el 8% de las citas.

La tercera es el mutualismo: colaboración práctica entre especies, sin rituales ni diálogos explícitos. Los propios agricultores relataron que dejan sapos dentro del invernadero para que se coman los insectos que dañan los cultivos, o que plantan flores para atraer polinizadores. Son acuerdos tácitos donde todos ganan.

El mutualismo fue la práctica más frecuente: el 59% de las citas de los 35 agricultores entrevistados correspondió a esta categoría. Las prácticas altruistas representaron el 33%, y los pactos ritualizados, el 8% restante. Implica que la reciprocidad está tan integrada en la rutina diaria que ya no se percibe como algo especial: es parte del oficio.

Los investigadores hicieron un llamado a cuidar ese tipo de prácticas que realizan los campesinos. Perder esas prácticas no es solo una pérdida cultural: implica también menos biodiversidad, menos resiliencia para las familias y más fragilidad para los agroecosistemas que alimentan a las comunidades.

También sugirieron que se profundice en el estudio de las prácticas desde una ética del cuidado, con métodos situados y relaciones de largo plazo, y explorar ensamblajes multiespecie que permitan a humanos y no humanos convivir en condiciones de justicia social y ecológica.


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