Circo legislativo

Parecería que son muchos los legisladores resueltos a convencer de que su imagen lamentable corresponde a la realidad.

Redacción

Por Redacción

Era de prever que los debates parlamentarios en torno de las leyes de quiebras y de subversión económica resultarían muy agitados, pero no lo era que darían pie a escenas de pugilato, la actuación presuntamente cómica de la diputada y sindicalista Alicia Castro que trató de izar la bandera norteamericana en el recinto, «protestando» así contra la influencia del único país que podría aceptar ayudarnos, y un intercambio de lindezas de todo tipo sin que los participantes se hayan esforzado por analizar con seriedad lo que estaba en juego. Sin embargo, parecería que son muchos los legisladores que están resueltos a convencer a los últimos defensores de la «clase política» nacional de que su imagen lamentable corresponde a la realidad, que a pesar de que el país se vea atrapado en «la peor crisis de la historia» no tiene la más mínima intención de tratar de ponerse a la altura de las circunstancias. Huelga decir que el espectáculo bochornoso que acaban de brindar los senadores y diputados no puede sino haber servido para debilitar aún más el gobierno precario del presidente Eduardo Duhalde y para alarmar a los gobiernos extranjeros que quisieran creer que la Argentina será capaz de afrontar sus gravísimas deficiencias estructurales. Lo entiendan o no los legisladores, los escándalos que tanto les gusta protagonizar suelen tener consecuencias bien concretas: la confianza ajena en el país no es una mera abstracción sino un factor que repercute de manera contundente en el bienestar de muchísimas personas.

Las pasiones que han ocasionado las dos leyes tienen muy poco que ver con los detalles técnicos. Se deben casi exclusivamente a que el FMI haya exigido la reforma de una y la derogación de otra por considerarlas injustas, arbitrarias y por lo tanto obstáculos insuperables en el camino de la recuperación. Como es natural, de por sí la actitud fondomonetarista ha resultado ser más que suficiente como para convencer a muchos de que la ley de subversión económica, un instrumento confeccionado por el gobierno de Isabel Perón y perfeccionado por la dictadura militar que lo encontró muy útil en su lucha contra los montoneros al permitirle justificar, para su propia satisfacción por lo menos, la detención de algunos banqueros que más tarde serían considerados víctimas de la represión ilegal, era demasiado valiosa como para ser abandonada. En efecto, ha sido gracias a esta figura legal de procedencia tan dudosa que distintos jueces han podido ordenar la detención de banqueros locales y extranjeros, lo cual, por supuesto, plantea la cuestión: ¿si no es posible acusarlos de nada más, no será que los cargos carecen de entidad pero los legisladores quieren perseguirlos a fin de distraer la atención de la ciudadanía de sus propios aportes a la catástrofe? Después de todo, en otras latitudes los acusados de delitos económicos suelen ser arrestados, procesados y en muchos casos condenados sin la ayuda de leyes propias de sociedades autoritarias. En cuanto a la ley de quiebras, no sorprende que aquí abunden los políticos que estén más interesados en proteger a los insolventes que a los acreedores, categoría que incluye a los ahorristas.

De todos modos, es preocupante que sectores importantes de la elite política hayan decidido tomar la crisis económica que está devastando la sociedad por otro episodio de un conflicto interminable entre la Argentina y Estados Unidos secundado por el FMI, lo cual, suponen, significa que es un deber patriótico resistirse a permitir cualquier reforma. Mal que les pese, a menos que la dirigencia política se anime a afrontar la crisis, asumiendo la plena responsabilidad por llevar a cabo reformas realmente drásticas, «el mercado» se encargará del trabajo, y lo hará de manera tan brutal y caótica que el desprecio que tantos ya sienten por «los políticos» se convertirá en odio ilimitado. ¿Es lo que quieren nuestros funcionarios y legisladores? Es de suponer que no, que algunos entienden que les es forzoso tratar de solucionar los problemas que tantos perjuicios están provocando en lugar de limitarse a aprovecharlos en beneficio propio, divirtiéndose a costa de una sociedad que está harta de ser víctima de la irresponsabilidad apenas creíble de quienes siguen siendo sus «dirigentes».


Era de prever que los debates parlamentarios en torno de las leyes de quiebras y de subversión económica resultarían muy agitados, pero no lo era que darían pie a escenas de pugilato, la actuación presuntamente cómica de la diputada y sindicalista Alicia Castro que trató de izar la bandera norteamericana en el recinto, "protestando" así contra la influencia del único país que podría aceptar ayudarnos, y un intercambio de lindezas de todo tipo sin que los participantes se hayan esforzado por analizar con seriedad lo que estaba en juego. Sin embargo, parecería que son muchos los legisladores que están resueltos a convencer a los últimos defensores de la "clase política" nacional de que su imagen lamentable corresponde a la realidad, que a pesar de que el país se vea atrapado en "la peor crisis de la historia" no tiene la más mínima intención de tratar de ponerse a la altura de las circunstancias. Huelga decir que el espectáculo bochornoso que acaban de brindar los senadores y diputados no puede sino haber servido para debilitar aún más el gobierno precario del presidente Eduardo Duhalde y para alarmar a los gobiernos extranjeros que quisieran creer que la Argentina será capaz de afrontar sus gravísimas deficiencias estructurales. Lo entiendan o no los legisladores, los escándalos que tanto les gusta protagonizar suelen tener consecuencias bien concretas: la confianza ajena en el país no es una mera abstracción sino un factor que repercute de manera contundente en el bienestar de muchísimas personas.

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