Círculo vicioso

Fue infantil la sanción del Círculo Militar al general Balza por haber opinado que secuestrar, torturar y asesinar son delitos.

Por Redacción

Tenemos suerte. Mientras que en Chile los protagonistas de la última dictadura militar han logrado conservar una cuota de poder nada despreciable que les ha permitido demorar la plena democratización de su país, aquí su influencia se limita a un club, el Círculo Militar, institución que hace poco se alzó contra el orden establecido expulsando de su lista de afiliados al ex jefe del Ejército, el general Martín Balza, por haber dicho que en su opinión secuestrar, torturar y asesinar son delitos. El responsable del golpecito así supuesto fue el general retirado Ramón Díaz Bessone, personaje que durante la etapa inicial del Proceso encabezó una extravagante «Secretaría de Planeamiento» desde la cual entretuvo a la ciudadanía pronunciando discursos sumamente fatuos en torno de la «esencia nacional» y otros temas igualmente nebulosos. Aunque todo cuanto representa Días Bessone ha sido derrotado hasta tal punto que ya nadie se interesa por sus «ideas», no ha dejado de estar en condiciones de llamar la atención ajena movilizando a quinientos militares -de los 18.000 socios del Círculo Militar- para que castigaran al «traidor» que antepuso el respeto por la ley y por los valores civilizados a la «lealtad» corporativa.

Por fortuna, Balza no parece haberse preocupado por el gesto infantil así supuesto, sin dudas porque entiende muy bien que quienes traicionaron al código militar eran hombres como Díaz Bessone, no los pocos que, como él mismo, trataron de rescatar el honor del Ejército devolviéndolo al camino del cual se apartó al precipitarse en las aguas turbias de la «guerra sucia». Si bien muchos militares siguen resistiéndose a reconocer que su papel indigno en los desastres del siglo pasado se debió más que nada a su abandono del idealismo propio de su vocación, no cabe duda alguna de que durante su larga gestión como jefe del Ejército Balza logró llevarlo hacia la única «salida» posible. La alternativa al planteo de Balza no consiste en la reivindicación de los crímenes perpetrados en el curso del Proceso, sino en el desmantelamiento liso y llano de las Fuerzas Armadas, porque ningún país que aspire a modernizarse a fin de cumplir un papel respetable en el mundo actual puede darse el lujo de intentar convivir con una corporación militar comprometida con una ideología arcaica cuasifascista.

Las reformas emprendidas por Balza se vieron facilitadas por el afán de protagonismo del presidente Carlos Menem, quien impulsó la participación de contingentes argentinos en las «fuerzas de paz» organizadas por las Naciones Unidas, actitud que, huelga decirlo, le mereció las críticas vehementes de aquellos radicales que se negaban a distinguir entre no intervención e indiferencia. Para los militares, el activismo así supuesto resultó ser muy positivo al brindarles una misión a la vez exigente y valiosa en el exterior, además de permitirles relacionarse con sus homólogos de los países democráticos avanzados. Puesto que en la raíz de las tragedias del pasado reciente estaba la falta de un rol «externo» evidente que, como es natural, tentó a muchos militares a inventarse uno «interno» incompatible con la democracia y el respeto por los derechos humanos, los reacios a permitir que unidades argentinas actuaran en el exterior hicieron un gran aporte a la aberrante tradición golpista que nos causó tantos perjuicios, algunos de ellos irreparables.

A pesar de los muchos problemas presupuestarios y las presiones de sectores radicales aislacionistas, el presidente Fernando de la Rúa parece resuelto a continuar en este ámbito también por el mismo «rumbo» que eligió Menem. Se trata del único sensato. Sin un papel bien definido en el exterior, las Fuerzas Armadas estarían expuestas una vez más a las tentaciones internas y habrá políticos de mentalidad ya autoritaria, ya meramente irresponsable, que estarían más que dispuestos a estimular una recaída de este tipo, lo cual socavaría la posición de los deseosos de continuar la obra de Balza en beneficio de los que, como Días Bessone, fantasean con un orden grandioso en el que los militares estarían por encima del bien y del mal, y además, claro está, de la ley.