Ciruelas
Columna semanal
El disparador
Uno cosecha lo que siembra, dije. Y cómo sabemos lo que sembramos, preguntó mi hijo. Hay cosas que no sé cómo explicarlas. Por eso, buscando una alternativa, le propuse a mi hijo contarle una historia; las de las ciruelas caseras que él come con tantas ganas. “¡Dale!”, se entusiasmó Lautaro.
Hicimos un trato: le revelaría algunos secretos que él debería preservar. Al menos, hasta que fuera mayor de edad. En el pueblo ya dicen que somos medio locos, así que si se enteran de esto van a pensar que estamos para el manicomio; porque ahí mandan a los que creen en cosas así. Lautaro, que me miraba con los ojos grandes y la boca entreabierta, prometió cumplir el pacto.
Resulta que mi padre -o sea, el abuelo de Lautaro- era un hombre de pocas palabras pero que igual decía mucho. Papá tenía un árbol que durante años cuidó con empeño. En relación a otras plantas, le prestaba más atención para regarlo, podarlo, protegerlo de las plagas -pulgones, cochinilla, arañuela- y abonar la tierra a su alrededor.
Pero, al final de cada verano, repetía: “Será la temporada que viene nomás”. La escena solía incluir una sonrisa suave de mi mamá; una suerte de consuelo. Pero yo no sabía de qué hablaban ni me animaba a preguntar; supongo que por el temor a los adultos en esa época.
Una primavera en la que yo tendría 15 años, mi papá me invitó a acompañarlo en los trabajos del campo. Ordeñar las vacas me sorprendió mucho: sobraba leche para tomar a diario y, además, ahí estaba el ingrediente secreto del flan de mamá. Aprendí a abrirles temprano el corral a las ovejas y a las cabras para que comieran el pasto durante el día y volvieran antes de que oscureciera; así corrían menos riesgo de ser atacadas por los zorros.
Pero lo más especial era a media mañana, cuando nos dedicábamos a las plantas. Hacíamos los canteros, abonábamos los frutales y los florales, sacábamos la maleza. Ahí escuché a mi papá más que nunca, aunque no hablaba conmigo. Me llevó días acostumbrar el oído para darme cuenta de que, en realidad, le susurraba a las plantas: les pedía permiso para podarlas, para sacar una flor o para recoger un fruto. También les decía: “Perdón. Por cada rama que corte, que crezcan otras dos, más fuertes y más sanas”.
Una vez me quedé mirándolo y me dijo: “Tu papá está loco, ¿no?”. Algo me intimidaba; tal vez sus ojos húmedos, de un marrón atigrado y con una red roja en la parte blanca. O sus manos grandes, con la piel seca y los dedos gruesos. No supe qué responder. Justo mamá nos llamó porque estaba lista la tortilla que había preparado con papas de la huerta y huevos de nuestras gallinas.
Ese día me quedé pensando. A la mañana siguiente, entonces sí, le pregunté por ese árbol que tanto cuidaba. Era un ciruelo que nunca había dado frutos. “Algo lo tiene trabado”, me dijo. ¿Y si entre los dos lo acariciamos y le pedimos ciruelas?, le propuse. Se quedó callado, pero en algún gesto -¿habrá sido con el mentón?- encontré su aprobación.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com
El disparador
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