Clima de bronca

Por Redacción

Tiene razón el exgobernador bonaerense Felipe Solá cuando dice que “hay un malestar general en la calle que no es sólo por la economía” sino también por “la ausencia de reglas”. Al reducirse el efecto anestésico del crecimiento “a tasas chinas” que posibilitaba un aumento de la capacidad de consumo de sectores muy amplios, sobre todo los conformados por la clase media empobrecida, buena parte de la población ha tomado conciencia del deterioro evidente que en los años últimos han experimentado casi todos los servicios públicos, en especial los vinculados con la salud, la educación y la seguridad. Aunque el Estado se ha expandido enormemente en los años últimos, no se ha hecho más eficaz. Por el contrario, debido a una combinación perversa de conflictos laborales y una administración absurdamente politizada que distintas facciones en pugna tratan como botín, repartiendo cargos bien remunerados entre sus militantes, el Estado nacional parece haberse separado del resto de la sociedad, transformándose en un organismo parasitario que se caracteriza por su voracidad insaciable. El sector público ya ha alcanzado dimensiones relativas que serían apropiadas para un país escandinavo, pero parece aún menos eficiente que en la rutinariamente denostada década “neoliberal” de los noventa del siglo pasado. Asimismo, el desprecio manifiesto de los funcionarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por los engorrosos detalles jurídicos y por los jueces que se resisten a subordinarse a la voluntad oficial, la corrupción endémica y la sensación resultante de que para el poder político todo vale han contribuido a crear el clima de bronca que ya se ha expresado a través de una serie de cacerolazos multitudinarios y también por el paro celebrado por los gremios peronistas opositores, pero que, tal y como están las cosas, parece destinado a intensificarse en los meses próximos. Aunque el blanco principal de las diversas consignas descalificatorias improvisadas por quienes participan de los cacerolazos y los paros es la presidenta, los cualidades negativas que le atribuyen están compartidas por muchos otros que también brindan la impresión de creer que el Estado de derecho, y todo cuando supone, es una patraña burguesa incompatible con la justicia social, que en última instancia lo único importante es “el relato” y que movilizar a la gente equivale a beneficiarla. Parecería que en nuestro país la política se ha alejado irremediablemente de la vida diaria de sus habitantes para convertirse en una actividad autónoma, cuando no una salida laboral para oportunistas inescrupulosos, dejando de ser una forma de reconciliar intereses diversos y de tal modo facilitar la búsqueda de soluciones para problemas sociales concretos. Si bien no cabe duda de que ha sido enorme el aporte a esta situación del kirchnerismo, el movimiento así denominado se ha limitado a agravar los vicios crónicos de la cultura política del país que, por desgracia, siempre ha sido autoritario, caudillista, personalista, clientelista y, desde luego, sumamente corrupto. Esporádicamente, cuando ya han empezado a proliferar señales de que el “modelo” económico de turno está por fracasar de forma tan dramática como virtualmente todos los otros que se han ensayado, la ciudadanía despierta repentinamente para reclamar a los dirigentes políticos que dejen de obsesionarse por sus mezquinas luchas internas y comiencen a prestar atención a las lacras más escandalosas del país, pero parecería que la mayoría nunca ha aprendido a actuar de otra manera que la ya tradicional. Es cuestión, pues, de un fenómeno cíclico, de una manifestación de lo que sienten millones de personas frustradas por la incapacidad de los representantes que eligen para producir los cambios que todos afirman desear y que, en un país con tantas ventajas naturales como la Argentina, no deberían plantear dificultades insuperables. Por lo demás, para citar nuevamente a Solá, “esta bronca no tiene ni dueño ni proyecto”, lo que hace todavía menos soportable la exasperación de quienes saben de antemano que, si bien sus protestas pueden justificarse, la inoperancia al parecer congénita del grueso de la clase política nacional que las motiva significa que no servirán para nada.


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