Clima de incertidumbre
Cuando después de ocho años en el poder un gobierno logra triunfar en las urnas, como hizo de forma tan contundente el encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones primarias, se supone que la mayoría votó a favor de la estabilidad, rechazando las propuestas de quienes querían cambios significantes. Sin embargo, para sectores como el conformado por el empresariado, el resultado de las elecciones de una semana y media atrás ha motivado más incertidumbre que confianza en que el futuro próximo se asemejará mucho al presente. Lejos de convencerlos de que en adelante el país disfrutará de un período de calma generalizada, les ha hecho prever uno que se vea signado por conflictos de todo tipo. Además de temer que el gobierno aproveche la oportunidad para “profundizar el modelo”, una alternativa que algunos califican de “chavista” porque en su opinión incluiría la virtual estatización de muchas actividades en la actualidad privadas, entienden que “el modelo” ya se ha agotado por depender del aumento constante de recursos financieros que no podrán seguir suministrando las exportaciones de productos agrícolas. Asimismo, dan por descontado que el mundo está en vísperas de una crisis económica insólitamente grave que no podrá sino tener un impacto muy negativo en nuestro país. A la presidenta no le gusta oír hablar del “viento de cola”, pero si dicho viento comenzara a soplar de frente, tendría motivos de sobra para lamentarlo. Tampoco quiere reconocer que la inflación es un flagelo que, a menos que logre frenarla a tiempo, provocará más estragos en una economía claramente sobrecalentada. Puede que hasta ahora la inflación no haya incidido mucho en la intención de voto de la mayoría, pero no hay ninguna garantía de que siga siendo políticamente innocua. De todos modos, parecería que tanto la presidenta como su compañero de fórmula, el ministro de Economía Amado Boudou, están tratando de tranquilizar a los empresarios asegurándoles que el gobierno no se ha propuesto emprender una aventura populista como la que tanto entusiasma al viceministro de Economía, Roberto Feletti, pero muchos interlocutores no se han sentido convencidos por sus palabras, tal vez por sospechar que se inspiran más en la voluntad oficial de ahorrarse dificultades que podrían reducir el caudal de votos que obtengan en octubre que en su eventual decisión de actuar con moderación una vez confirmada la reelección. Dadas las circunstancias, es comprensible el nerviosismo que sienten los hombres de negocios nacionales cuando piensan en las posibles implicaciones no tanto del previsto triunfo oficialista en las elecciones cuanto de la extrema debilidad de una oposición fragmentada y desmoralizada. Por lo demás, saben que aunque la presidenta y los miembros más influyentes de su equipo no tuvieran la más mínima intención de adoptar un programa económico destinado a perjudicarlos, tarde o temprano les será necesario tomar medidas que sean decididamente menos expansivas que las que fueron consideradas apropiadas para la prolongada temporada electoral que culminará el 23 de octubre. Por desgracia, por impresionantes que sean, los triunfos electorales no son capaces de anular las leyes básicas de la economía, pero sí pueden servir para que un gobierno corra más riesgos que en otras circunstancias. Por varios motivos, algunos de los cuales son legítimos, en nuestro país el empresariado en su conjunto no cuenta con muchos amigos en los círculos gobernantes, o en el resto de la clase política, pero mal que bien se trata del único sector que está en condiciones de generar los recursos necesarios para la creación de fuentes de trabajo en cantidades suficientes. Es por lo tanto del interés del gobierno que el empresariado lo tome por un aliado, no por un enemigo que esté aguardando el momento de castigarlo sin preocuparse por las consecuencias. Si los empresarios se creen perseguidos por ideólogos resueltos a llevar a cabo experimentos sociales populistas o temen verse en el papel de chivos expiatorios en el caso de que la economía entre, como muchos prevén, en una fase problemática, seguirán negándose a invertir lo bastante para que sus empresas sean más productivas, lo que perjudicaría a todos, pero especialmente a los más pobres.