Coltán, el destructor

Por Redacción

EN CLAVE DE Y

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Coltán no ganará el Oscar. No llegará a Hollywood, seguramente. Ni le importa. Ya ganó todos los premios. Es más, usted y yo no nos enteraríamos de los filmes premiados ni de ningún otro, ni de la tragedia -o accidente, debate filosófico actualizado-, ocurrido en el Ferrocarril Sarmiento. No nos estaríamos comunicando, y sobre todo, no hubiéramos dado el salto a la independencia del teléfono fijo al celular. Ah, ¿podríamos vivir sin celular? ¿Y sin computadoras? ¿Y quién es Coltán? No es un quién, sino un qué. El coltán es la materia prima de los componentes esenciales de los celulares, entre otros productos tecnológicos. Yo no sabría una palabra de él si no fuera por un documental que, poco a poco, va llegando a los medios de difusión mundiales, a los organismos que agrupan a las naciones, a las compañías fabricantes. “Sangre en el celular” fue producido por el cineasta danés Frank Poulsen en 2011, y desnuda el vínculo entre la industria del celular y uno de los más largos y sangrientos enfrentamientos africanos, específicamente en República Democrática del Congo. Desde fines de los años 90, más de cuatro millones de personas han muerto, ya sea en los enfrentamientos guerrilleros por el control de las valiosísimas minas de coltán, del que se extrae el talio, el raro mineral al que llaman “mágico” entre otras cosas porque produce poquísimo calor para la energía que libera. El documental de Poulsen se puede encontrar en Internet y le pone cara a lo que es, a lo sumo, una masacre naturalizada en el zócalo de un noticiero televisivo o un par de renglones en un diario. Cómo pudo llegar a una de las principales minas, hacer un zoom estremecedor sobre ojos enormes, cuerpitos pequeños, reptando hacia túneles ignotos, cuidados por tribus armadas, mercenarios de diverso origen y diversa paga; jóvenes congoleses ilusionados con los dólares que ganarán allá en la mina, de la que no volverán; los relatos de las redadas pescando materia prima laboral, irrumpiendo en pleno día en los humildísimos hogares congoleses, sería en sí mismo otro documental. Poulsen llegó también a la cúspide del proceso, la empresa Nokia, y exigió que publiquen el origen y la ruta económica del coltán que utiliza. Nokia explica que esa ruta es “muy complicada de seguir”, y que estudiará si hay sobreexplotación laboral en sus proveedores (porque “explotación” no califica.) Tanto Apple como Intel, recientemente, se han comprometido, al menos en sus comunicados de prensa, a investigar las condiciones laborales que, a su vez, deben garantizar sus proveedores. Empresas, guerrillas mercenarias, pueblos sacrificados… ya lo vimos en “Diamantes de sangre” y en realidad, no hay que ir tan lejos ni tan caro, ¿verdad? ¿Acaso no se han encontrado en nuestras chacras, familias enteras ocupadas en la cosecha, viviendo -es un decir- en condiciones inhumanas? ¿Y no asistimos a la polémica chimentera de la tarde, donde famosos modistos fueron acusados de tener gente trabajando en talleres clandestinos? La Revolución Industrial, la matriz que parió al capitalismo, se nutrió de hombres, mujeres y niños que también reptaban por las minas de carbón y estaban atados a las máquinas textiles. ¿Estamos dispuestos, estamos convencidas, nosotros y nosotras, personas civilizadas, que respetamos los derechos humanos, a renunciar a la cultura del confort y la eficacia, originada de manera tan brutal? Usted y yo sabemos la respuesta. Los dueños del coltán también.