Columna «Mediomundo»: Debajo 07-01-04

Redacción

Por Redacción

Debajo de las postales y las viejas fotografías que nos pertenecen a veces duerme un sueño anónimo y despreocupado, otras fotografías y otras postales de seres perfectos, que sonríen con una exacta mueca de felicidad.

Las suyas están tomadas con los Alpes Suizos de fondo o sobre una coqueta calle de Londres. Las nuestras son más modestas. ¿Qué será de la vida de esos modelos publicitarios que ocupaban el marco que se vendía por 12 pesos en una tienda de decoración? ¿Cuántos años y cuántas historias habrán pasado por sus ojos antes de que esa imagen desalojada de cualquier afecto, trazo decorativo hasta lo extremo, fuera a parar a nuestras manos?

No muy seguido, pero de tanto en tanto, he quitado una fotografía familiar para observar lo que el azar dejó oculto. Pelos rubios peinados con obsesividad, cuerpos entrelazados de matrimonio para toda la vida, acompañado de dos chicos relucientes, dientes blancos, libres de caries y demás puñaladas de la vejez, ropas recién estrenadas.

Para bien o para mal, esas personas no me dicen nada. No puedo intuir cómo es que después de aquella sesión profesional volvieron a sus casas y vieron el partido de fútbol de su equipo preferido, o hicieron el amor con sus novias o novios, o fueron felices o infelices para siempre.

Una vez que la fotografía de la abuela los ha cubierto, ya no los volvemos a ver más. ¿Lo saben ellos? ¿Lo sabemos nosotros?

Me gusta pensar que cada ser humano es una oportunidad, y que cuando nos encontramos con un hermano en el camino, esa amistad será capaz de atravesar espacios infinitos.

Me gusta soñar con que soy huésped y visitante. Padre e hijo. Papel, tinta china y pluma de ganso. Un poema, aunque sea malo, y un poeta. Un beso, y los labios entreabiertos. Me gusta imaginar que el amor es eterno así como la compañía y el fuego que encendemos cuando nos sentimos en casa.

Todo pasa, lo sé. Y aquel ser que amaste o admiraste por su sensibilidad, por su arrojo, su belleza inaudita o sus deseos, probablemente termine ocupando un día en tu alma un lugar parecido al que hoy le otorgas a la postal perdida, la que no sabes que existe debajo de otra postal. Te dejará un sabor amargo su recuerdo cada vez que refloten las promesas que juntos incumplieron.

Lo mismo ocurre con los lugares, con los paisajes que no queremos abandonar en vacaciones y terminamos encarcelando a perpetuidad en un rollo de 36; con los hoteles o posadas que nos encandilan (y a los que sin duda retornaremos el próximo año); con los vinos que apenas una vez tuvimos la holgura para comprar; con los discos; con las películas que juramos ver una y mil veces y después desechamos por un nuevo estreno.

Postales para siempre. Una gota salada de transpiración baja hacia tu boca, el amanecer explota frente a tus ojos, hoy es el día en que aprendiste a leer los carteles publicitarios de la calle, el de tu mejor sexo, el de tu graduación, acabas de cumplir años y tu alegría cubre toda la fiesta que organizaron tus amigos, hoy en medio del dolor la fe en ti mismo renace constante y dulce como el caudal de un río.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar


Debajo de las postales y las viejas fotografías que nos pertenecen a veces duerme un sueño anónimo y despreocupado, otras fotografías y otras postales de seres perfectos, que sonríen con una exacta mueca de felicidad.

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