¿Cómo ella va a estar feliz?

<b>“¿Cómo una persona que viene de adoptar semejantes costumbres durante un tramo tan extendido de su vida adulta va a estar feliz de pasar al llano?”</b>

Por Redacción

Desde el jueves Cristina Kirchner cargará con el prefijo “ex”. No debería ser una carga. Bartolomé Mitre, tras completar su mandato, pasó 37 años como expresidente, durante los cuales tuvo enorme influencia política, fundó el diario “La Nación”, fue candidato presidencial y senador nacional (dos veces), escribió libros de historia y hasta tradujo “La divina comedia”. Frondizi sobrevivió 33 años a su salida forzosa del gobierno y dedicó buena parte del tiempo –con gloria errática– a hablar de lo que había hecho o de lo que no le habían dejado hacer. Desde luego, en el otro extremo está el caso de los peronistas Ramón Puerta y Eduardo Camaño, quienes aún hoy se hacen llamar –lustre impar– expresidentes pese a que apenas estuvieron un día cada uno como encargados del Poder Ejecutivo para cuidar que otros no usurparan la Casa Rosada.

Pero Cristina Kirchner no sólo terminará de ejercer el poder más tiempo que nadie, doce años y medio, al principio detrás de su marido, luego en sus dos mandatos consecutivos. Se trata del presidente constitucional más poderoso de la historia. Ni Perón, tampoco Roca, Yrigoyen ni Menem consiguieron, como ella, gobernar ocho años a gusto controlando el Congreso y parte del Poder Judicial, potenciar los superpoderes para gastar con total discrecionalidad, consagrar un unitarismo de facto, subordinar prácticamente a todos los gobernadores, no padecer acechos golpistas efectivos y apoyar la coreografía democrática en una oposición tan dividida como excluida.

La segunda presidenta mujer de la Argentina hizo lo que quiso. Desde disponer –y negar– los absurdos cepos en la economía hasta desterrar la estatua de Colón que le molestaba; desde la reconfiguración de las relaciones internacionales a su antojo y la nunca bien aclarada reversión de trato a la teocracia iraní hasta la estatización de una imprenta de billetes para disimular la corrupción. Multiplicó su patrimonio personal, habló hasta por los codos (sin privarse de explicar por cadena nacional cómo el arroz la constipa), fue y vino en helicóptero más que ningún otro argentino evitando los piquetes que su gobierno consentía (también convirtió el avión presidencial en canillita para que le llevara los diarios, vacío, a Santa Cruz) y viajó por el mundo alojándose en hoteles seis estrellas con comitivas gigantes como si fuera un jeque árabe. Por cierto, la maquinaria comunicacional que armó para imponer su relato, sincronizada con la profanación de las estadísticas oficiales, nunca había existido en una democracia. Todos los días contó ella misma lo maravilloso que era tenerla de presidenta; su entrega (y la de su esposo), ambiguamente superpuesta con una reencarnación política de quienes en los setenta dieron su vida por la patria, explicaba el Estado.

Mientras, rotó enemigos execrables –Magnetto, los buitres, la Corte, el campo, Cobos, Bergoglio, Aranguren, la CIA– para mantener siempre lleno el lugar de la antipatria. Es cierto, algunos límites sufrió. Por lo menos tres fueron importantes: no consiguió someter a toda la prensa al modelo santacruceño personificado en el amanuense Rudy Ulloa; no llegó a “democratizar” la Justicia, eufemismo por colonizarla a pleno, si bien amedrentó y domesticó a jueces y fiscales en forma anárquica, y, lo más importante, Sergio Massa le arruinó en las elecciones del 2013 el proyecto de perpetuidad, que por entonces la obligó a fabricar la precandidatura –a la postre repudiada por ella misma– de Florencio Randazzo.

Respaldada por alrededor de un tercio de la sociedad que en parte sucumbió a la tentación del fanatismo, Cristina Kirchner intercaló entre algunos aciertos de su gobierno comportamientos absolutistas y, en promedio, un republicanismo de muy bajas calorías. Su Rasputín, Carlos Zannini, reveló una vez el protocolo de palacio: “A Cristina no se le habla, se la escucha”.

¿Cómo una persona que viene de adoptar semejantes costumbres durante un tramo tan extendido de su vida adulta va a estar feliz de pasar al llano? ¿Y qué es el llano?

Su hijo Máximo, que abrazó la política ya crecido, juró como diputado, el viernes, “por los que no van a aflojar”, léxico que probablemente no extrajo de sus lecturas de Epicuro, Hobbes o Montesquieu sino de la mesa familiar. No aflojar: resistir. Pero ¿resistir qué? ¿Resistir al sucesor elegido por mayoría absoluta, a Macri “el entreguista” o a una recidiva del absolutismo esporádico de quien está dejando de gobernar para volverse peatón?

Cristina Kirchner podría llevar con dignidad el prefijo “ex”, orgullosa de sus logros, dispuesta por un tiempo, por qué no, a un merecido descanso. Pero para eso deberá comenzar por entender que expresidente no es un título nobiliario unitario, exclusivo, sino una jerarquía referida a un cargo que se tuvo y que otros también tuvieron y tendrán. Guste o no, son los casos de Isabel Perón, Menem, Rodríguez Saá, Duhalde y De la Rúa (los militares se murieron todos). Puede resultar duro para ella, habituada a repetir el relato épico en torno suyo, pero resulta inapelable como el día y la noche: la historia es continuada.

Por supuesto que desde Urquiza la gran mayoría de los expresidentes siguió activa al dejar el poder y varios consiguieron volver. La presidenta saliente tiene respaldo, pues, para rehusarse a disfrutar de los placeres de la vida como un ser convencional, algo que nunca le interesó. Pero una cosa es seguir en la política y otra, el malentendido relacionado con la inercia del poder precedente y con el mal ejemplo que ella tuvo en su dormitorio. Néstor Kirchner configuró una situación excepcional, irrepetible. No sirve aquí como referencia. Al concluir su mandato, además de encontrar la solución habitacional en la Quinta de Olivos, fue el único expresidente que siguió gobernando. O cogobernando. Su viuda, en cambio, deberá mudarse, moverse en auto y a pie, adaptarse a un nuevo hábitat en el más amplio sentido.

(*) Periodista

Mirando al sur

Pablo Mendelevich (*)

Especial para “Río Negro”

@PMendelevich