Comparado con el caso de Saddam Hussein
Bashar al Assad resiste la rebelión bajo la mirada de Occidente que lo observa con los brazos cruzados, sin animarse a intervenir como lo hizo en Libia. Cualquiera que vea hoy las marchas que se realizan en apoyo al presidente sirio, al cumplirse un año de una revuelta en su contra, podría creer que el mandatario se encuentra consolidado definitivamente en el poder. Esa imagen parcial y confusa contrasta con la de millones de sirios que rechazan la continuidad de la dinastía instalada por el padre de Al Assad, Hafez, hace cuarenta años, que le permitió a Bashar llegar al gobierno en 2000, según denuncias de organizaciones de derechos humanos. A pesar de los triunfos del Ejército en Homs, principal bastión rebelde, y en Idlib, la oposición continúa armándose y luchando para derrocar Al Assad, mientras todos los días aparecen decenas de cadáveres de ciudadanos contrarios al presidente sirio. Actualmente, las tropas del gobierno se mueven hacia la ciudad Deraa, donde hace un año se inició la rebelión, tras la detención y tortura de unos adolescentes que habían pintado la siguiente frase: “El Pueblo quiere la caída del régimen”. Algunos analistas comparan el caso de Al Assad con el del ex presidente iraquí, Saddam Hussein, quien aplastó una sublevación chiita y kurda en 1991 luego de la Guerra del Golfo, pero fue derrocado doce años después por una invasión estadounidense. (Télam)