Competir es antipático

Redacción

Por Redacción

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner dice creer que los culpables de la suba rápida del costo de vida son empresarios codiciosos que “saquean el bolsillo de los argentinos”. Sería lógico, pues, que los exhortara a devolver la plata aumentando los salarios de sus trabajadores pero, para alivio de muchos “saqueadores”, acaba de ordenarles mantenerse firmes frente a los sindicalistas, advirtiéndoles que no les sería permitido modificar los precios de sus productos a fin de cubrir los costos de las eventuales concesiones salariales. O sea, nada de actuar como capitalistas auténticos. No es que la presidenta se haya convertido en una defensora de los presuntos intereses de los capitanes de la industria local, sino que teme que, en el caso de que algunas empresas privadas aceptaran pagar más a sus empleados, estimularían a los estatales a reclamar aumentos parecidos, lo que con toda seguridad tendría un impacto inflacionario muy fuerte. Como el grueso de los políticos nacionales, Cristina es de mentalidad corporativa y se ha acostumbrado a tratar el sector privado como algo homogéneo que debería obrar en tándem con el estatal, no como un conjunto inestable de entidades muy distintas que compiten entre sí y que por lo tanto evolucionan de forma diferente. Mientras que hay empresas que estarían en condiciones de otorgar aumentos sustanciales a los empleados y quisieran hacerlo por razones bien concretas, ya que necesitan contar con personas óptimamente preparadas, hay muchas otras que apenas pueden pagar los salarios actuales a menos que logren aumentar los precios de los bienes o servicios que proveen. La propensión a tratar al sector privado como si constituyera un bloque monolítico está tan difundida en nuestro país que a juicio de la mayoría dejarlo en libertad serviría para desatar la anarquía. Piensan de tal modo no sólo casi todos los políticos y funcionarios, sino también muchos empresarios, en especial aquellos que suelen ocupar cargos en asociaciones supuestamente representativas como la Unión Industrial Argentina y que, como es natural, se sienten constreñidos a hablar en nombre de todos los hombres de negocios. He aquí una causa de la notoria falta de competitividad de las empresas argentinas. Lo mismo que tantos progresistas, abundan los empresarios que encuentran antipática la idea de que les corresponda participar de una lucha darwiniana por sobrevivir y, si pueden, prosperar a costa de los rivales. Así funciona el capitalismo en las sociedades más ricas que, merced al espíritu competitivo de sus empresarios, han visto mejorar de modo espectacular el nivel de vida de la mayoría de sus habitantes, pero escasean los convencidos de que sería positivo emularlos. En la actualidad, apenas hay empresas argentinas en condiciones de conquistar mercados significantes en el exterior; como descubrieron los directivos del Grupo Techint, las que procuran hacerlo no se verán respaldadas por las autoridades nacionales que siempre privilegiarán sus afinidades ideológicas con gobiernos como el de Venezuela. De todas maneras, pocas tienen interés en intentar abrirse camino fuera de las fronteras del país. Por el contrario, la mayoría prefiere congraciarse con gobiernos estatistas con la esperanza, raramente defraudada, de conseguir más medidas proteccionistas, conformándose así con aprovechar las oportunidades limitadas, pero más seguras, brindadas por el pequeño mercado local que, por sus dimensiones, es inferior a los de algunas ciudades norteamericanas, europeas o asiáticas. ¿Cambiará esta situación nada satisfactoria en los años próximos? No hay muchos motivos para el optimismo. Aun cuando el gobierno que suceda al actual se afirme resuelto a ayudar al sector privado, sería poco probable que el empresariado nacional adquiriera el dinamismo del surcoreano, digamos, ya que primero tendría que liberarse de una cultura corporativista que está compartida por casi todos los políticos, sindicalistas, intelectuales y clérigos, además de buena parte del empresariado mismo. Sin embargo, a menos que lo haga, la Argentina continuará siendo un país muy pobre que, a pesar de etapas de crecimiento macroeconómico posibilitado por el viento de cola de turno, pierde cada vez más terreno en el mundo al verse superado no sólo por asiáticos sino también por vecinos como Chile.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 13 de marzo de 2014


La presidenta Cristina Fernández de Kirchner dice creer que los culpables de la suba rápida del costo de vida son empresarios codiciosos que “saquean el bolsillo de los argentinos”. Sería lógico, pues, que los exhortara a devolver la plata aumentando los salarios de sus trabajadores pero, para alivio de muchos “saqueadores”, acaba de ordenarles mantenerse firmes frente a los sindicalistas, advirtiéndoles que no les sería permitido modificar los precios de sus productos a fin de cubrir los costos de las eventuales concesiones salariales. O sea, nada de actuar como capitalistas auténticos. No es que la presidenta se haya convertido en una defensora de los presuntos intereses de los capitanes de la industria local, sino que teme que, en el caso de que algunas empresas privadas aceptaran pagar más a sus empleados, estimularían a los estatales a reclamar aumentos parecidos, lo que con toda seguridad tendría un impacto inflacionario muy fuerte. Como el grueso de los políticos nacionales, Cristina es de mentalidad corporativa y se ha acostumbrado a tratar el sector privado como algo homogéneo que debería obrar en tándem con el estatal, no como un conjunto inestable de entidades muy distintas que compiten entre sí y que por lo tanto evolucionan de forma diferente. Mientras que hay empresas que estarían en condiciones de otorgar aumentos sustanciales a los empleados y quisieran hacerlo por razones bien concretas, ya que necesitan contar con personas óptimamente preparadas, hay muchas otras que apenas pueden pagar los salarios actuales a menos que logren aumentar los precios de los bienes o servicios que proveen. La propensión a tratar al sector privado como si constituyera un bloque monolítico está tan difundida en nuestro país que a juicio de la mayoría dejarlo en libertad serviría para desatar la anarquía. Piensan de tal modo no sólo casi todos los políticos y funcionarios, sino también muchos empresarios, en especial aquellos que suelen ocupar cargos en asociaciones supuestamente representativas como la Unión Industrial Argentina y que, como es natural, se sienten constreñidos a hablar en nombre de todos los hombres de negocios. He aquí una causa de la notoria falta de competitividad de las empresas argentinas. Lo mismo que tantos progresistas, abundan los empresarios que encuentran antipática la idea de que les corresponda participar de una lucha darwiniana por sobrevivir y, si pueden, prosperar a costa de los rivales. Así funciona el capitalismo en las sociedades más ricas que, merced al espíritu competitivo de sus empresarios, han visto mejorar de modo espectacular el nivel de vida de la mayoría de sus habitantes, pero escasean los convencidos de que sería positivo emularlos. En la actualidad, apenas hay empresas argentinas en condiciones de conquistar mercados significantes en el exterior; como descubrieron los directivos del Grupo Techint, las que procuran hacerlo no se verán respaldadas por las autoridades nacionales que siempre privilegiarán sus afinidades ideológicas con gobiernos como el de Venezuela. De todas maneras, pocas tienen interés en intentar abrirse camino fuera de las fronteras del país. Por el contrario, la mayoría prefiere congraciarse con gobiernos estatistas con la esperanza, raramente defraudada, de conseguir más medidas proteccionistas, conformándose así con aprovechar las oportunidades limitadas, pero más seguras, brindadas por el pequeño mercado local que, por sus dimensiones, es inferior a los de algunas ciudades norteamericanas, europeas o asiáticas. ¿Cambiará esta situación nada satisfactoria en los años próximos? No hay muchos motivos para el optimismo. Aun cuando el gobierno que suceda al actual se afirme resuelto a ayudar al sector privado, sería poco probable que el empresariado nacional adquiriera el dinamismo del surcoreano, digamos, ya que primero tendría que liberarse de una cultura corporativista que está compartida por casi todos los políticos, sindicalistas, intelectuales y clérigos, además de buena parte del empresariado mismo. Sin embargo, a menos que lo haga, la Argentina continuará siendo un país muy pobre que, a pesar de etapas de crecimiento macroeconómico posibilitado por el viento de cola de turno, pierde cada vez más terreno en el mundo al verse superado no sólo por asiáticos sino también por vecinos como Chile.

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