Con la misión de encantar

Macri refuerza proyección nacional del PRO y no piensa diluirse con las fuerzas tradicionales.

Redacción

Por Redacción

Los macristas se encuadran como modernistas y superadores de las antinomias de los 80 y los 90.

El tiempo político está loco, como el clima. De golpe es caluroso, pringoso. De pronto estalla una tormenta con rayos y lluvias copiosas. El temporal del verano fue capeado, pero no estamos a salvo de futuras acechanzas: la inflación es un tema a resolver y las paritarias se acercan. La figura del pato rengo complica en todos lados, pero en la Argentina es mucho mas embromada. Habrá que esmerarse en robustecer nuestra identidad y prepararse para encabezar el cambio en el 2015. El análisis en las flamantes oficinas de San Telmo del PRO fue realizado por los principales estrategas del jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, quien por esas horas enviaba señales de que no se sumaría a un frente para “ir contra el peronismo” (como propuso Elisa Carrió) y emparentaba a dos de las taquilleras figuras de ese espacio (Daniel Scioli, del PJ y Sergio Massa, del Frente Renovador) con la sustancia de la década kirchnerista. Macri –está vez va en serio, repiten para calmar las ansiedades de quienes se desilusionaron cuando no peleó en el 2011– considera que la estabilidad institucional alcanzada es precaria, pero le quita “relevancia” a los sectores que podrían estar interesados en “hacer volar por los aires” a la presidenta, tal como Cristina Fernández denunció basándose en conclusiones del economista radical Miguel Bein. Por el contrario, Macri es de los que sostienen en la intimidad que “no nos conviene un final abrupto” y que la administración K “debe hacerse cargo” de los desajustes de un modelo que en su momento denunció como “chavista”. “Ahora, cuando no hay ninguna posibilidad de re-reelección, es fácil ser opositor”, recitan sus principales escuderos que, si bien rechazan hablar de alianzas electorales en la confusa coyuntura actual, se muestran dispuestos a dialogar con la Iglesia, partidos, empresarios y sindicatos, para ir acordando 5 o 6 puntos básicos. Tratan de no usar anteojeras. Por eso no explican el deterioro o fragmentación social sólo en la gestión del matrimonio Kirchner. Cargan las tintas sobre la dirigencia en general que está atornillada en cargos oficiales desde que la democracia volvió al país, hace 30 años, cuando los militares se esfumaron en el aire tras la derrota de Malvinas. Apuestan entonces a un vuelco generacional. Y, como subrayó el secretario general del gobierno porteño Marcos Peña en una entrevista con “Río Negro”, no adherirán al coro de los que “demonizan” a los jóvenes de “La Cámpora”, sorprendentemente ensalzados por el padre de Mauricio, el empresario Franco. Los macristas se encuadran como modernistas y superadores de las antinomias de los 80 y los 90. En su seno hay socialcristianos, centroderechistas y liberales. No desdeñan el término progresista. Su jefe tiene la osadía de comparar el emprendimiento que encabeza con el PT de Lula, nacido en el complejo industrial de São Paulo, y con el Frente Amplio, con antecedentes en la guerrilla tupamara, que se hizo fuerte en Montevideo, antes de gobernar Uruguay. El PRO también tiene falencias. Por lo pronto, su desarrollo territorial es escuálido y su inserción en la gravitante provincia de Buenos Aires, harto dificultosa. Buscó candidatos taquilleros para incorporar luego ciudadanos anónimos y capaces que estén decididos a sumarse “a la épica del cambio”. Confía en dar vuelta la taba de aquí a fin de año. Las internas tanto en el radicalismo como en el justicialismo lo rozan. Es evidente que entre Macri, Scioli y Massa hay superposición de votantes y que, para coronarse con éxito, el expresidente de Boca debe cristalizar la titánica tarea de dar por superado el ciclo histórico inaugurado por Perón antes de la mitad del siglo pasado. “Se rompió la magia. Gobernadores e intendentes, incluso algunos medios, sobreestiman al peronismo y subestiman a la gente. Hay dificultades serias que dañan la confianza aquí y en el exterior. Si no se recupera, seguiremos jugando a la ruleta rusa”, aventuran quienes consideran agotadas las formas de conducirse desde la cúspide de la pirámide. No quiere Macri diluirse en las fuerzas tradicionales, inmersas en sus propias crisis. Tampoco hacer borrón y cuenta nueva, reeditando la antinomia blanco o negro. No le será fácil encontrar la llave para ingresar a una etapa más plural y tolerante, cuando tantos se empeñan en retener el poder.

Arnaldo Paganetti arnaldopaganetti@rionegro.com.ar


Los macristas se encuadran como modernistas y superadores de las antinomias de los 80 y los 90.

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