Con ustedes Nicolay, el gigante
Es el hombre más alto del mundo. Trabaja en un circo en Ecuador
Aquí no hay señoras barbadas o enanos. Tampoco gemelos siameses, hombres de tres piernas o que detienen cuchillos con la boca. Bajo una carpa grande, se abriga un circo que recorre varias ciudades de Sudamérica y cuya principal atracción es un gigante llamado Nicolay, el hombre más alto del mundo. Levantándose debajo de una lona azul, oculta detrás del circo, Nicolay estira sus brazos, su quijada grande cae para un bostezo largo. Es un día gris y con llovizna. Algunos mendigos colombianos vagan en las afueras del circo, en un sector industrial de Medellín.
En unos momentos, Nicolay avanzará pesadamente para una presentación de 15 minutos ante un auditorio semivacio. Se acerca sigilosamente hasta una joven espectadora para hacerla gritar sorpresivamente. Después le toca la cabeza a un hombre de baja estatura arrullándolo con un «awwwwww» en voz baja y cavernosa, como si hubiera encontrado una nueva mascota. El pequeño grupo de espectadores se reirá de Nicolay y se tomará algunas fotos con él. Pero también lo tocan, tiran de sus ropas y hacen comentarios acerca de su tamaño. «¡Desde Rusia, con una altura de 2,39 metros, el hombre más alto del mundo, Nicolay!», grita el locutor del circo. No siempre era así. De hecho, Nicolay, el ruso gigante, ni siquiera existía hace ocho meses. Su verdadero nombre es Viktor Zabolotny y es ucraniano, no ruso. Parece un malo de la clásica película de James Bond, el hombre que ríe cuando 007 tira sus mejores golpes y su rival ni siquiera se inmuta. Capitalizando su tamaño extremo, una vez jugó para el mejor equipo del baloncesto de la Unión Soviética. Su departamento, auto y dinero eran abundantes para el Estado comunista anterior. Pero eso era hace una década y la vida de Zabolotny dio un giro con el derrumbe de la Unión Soviética. El baloncesto ucraniano quebró y el hombre de 33 años estaba sobreviviendo de donaciones particulares, hasta que su teléfono sonó el año pasado. «Encontré este trabajo por accidente. Un hombre de Ecuador llamó y dijo, «venga a Ecuador, nosotros tenemos trabajo para usted»», recordó Zabolotny en una entrevista en Medellín, la más reciente escala de una gira a través de una cadena de ciudades andinas violentas y pobres.
«Mi esposa dijo: ¿por qué demonios tienes que ir?» recordó sonriendo con tristeza. «Fue así como terminé en el circo». Zabolotny consigue un cheque de unos 2.500 dólares por mes y para reclamar su sueldo dice que se llama Nicolay y que es de Rusia. Habla lentamente y solamente en ucraniano. «Estoy acostumbrándome a mi identidad en el circo. La gente ríe y si es una risa saludable está bien, pero hay otros que comienzan a gritar como un grupo de borrachos y a mi no me gusta», relató. «O a veces tratan de agarrar mi hombro o me toman medidas por detrás», agregó. El circo fabrica la ropa de Zabolotny, sobre todo buzos deportivos de gran tamaño, con el nombre «Nicolay» estampado en la parte posterior y en los lados de sus pantalones.
Un récord que no está en el Guinness
Nicolay realiza dos presentaciones en días laborables y tres los sábados y domingos. El circo se ubica cerca a una pista de aterrizaje de Medellín, y el acto de Zabolotny es ahogado a menudo por el rugido de los motores de los jets que aterrizan o despegan. Nicolay es el mayor atractivo del pequeño circo, que también hace alarde de su show canino y una mujer rolliza que contorsiona docenas de hoola-hoops.
Dentro de la carga circense, él es tratado como una celebridad, con asistentes y su propio camerino improvisado detrás del circo. La seguridad es fuerte. Cuatro hombres, vestidos de negro, con rifles y perros de ataque con collar, hacen guardia de día y de noche y patrullan los alrededores del circo en medio de la violencia de la atribulada Medellín. Todavía Zabolotny dice que se siente bien así. Se compara con un comediante tratando de arrancar risas en su público. Además, le gusta los «tiernos» momentos de su rutina, como alzar a los niños para que puedan encestar un balón de baloncesto.
Sin embargo, incluso en el circo la vida de Zabolotny es muy solitaria. Los equilibristas, los entrenadores de animales y los acróbatas no le hablan; de hecho, se mofan de él. «Algunas veces bromeamos con él. Le decimos cosas como: «¿Cómo haces el amor así?», pero él sólo se va», dice el gimnasta Antonio Daza, quien vive con su familia en una casa móvil aparcada detrás del circo. Los otros artistas ganan la cuarta parte del salario de Zabolotny y aseguran que ellos y Nicolay, a quien tildan de espectáculo humano, tienen poco en común. Mencionan que él no es ni siquiera reconocido por ser el hombre más grande en el Guinness Records, pues el título le pertenece al tunesino Radhouane Charbib. Pero Zabolotny sostiene que Charbib es tres centímetros más bajo que él. (Reuters)
Aquí no hay señoras barbadas o enanos. Tampoco gemelos siameses, hombres de tres piernas o que detienen cuchillos con la boca. Bajo una carpa grande, se abriga un circo que recorre varias ciudades de Sudamérica y cuya principal atracción es un gigante llamado Nicolay, el hombre más alto del mundo. Levantándose debajo de una lona azul, oculta detrás del circo, Nicolay estira sus brazos, su quijada grande cae para un bostezo largo. Es un día gris y con llovizna. Algunos mendigos colombianos vagan en las afueras del circo, en un sector industrial de Medellín.
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