Conflictos que se agravarán
A los economistas les gusta señalar que, si bien para una persona determinada consumir lo mínimo imprescindible podría ser muy beneficioso, sería desastroso para el país si todos sus habitantes optaran por reducir drásticamente los gastos superfluos, ya que una decisión colectiva en tal sentido no podría sino provocar una recesión. Del mismo modo, es con toda seguridad racional que algunos líderes sindicales aprovechen su poder para que el valor de los ingresos de sus afiliados no se vea mermado por la inflación, pero si todos lo hacen, el costo de vida, impulsado por las alzas salariales, aumentaría a un ritmo todavía mayor. Como decía Juan Domingo Perón, si los salarios suben por la escalera, los precios lo harán por el ascensor. Lo entienden aquellos dirigentes que, aun cuando se afirman convencidos de que los aumentos salariales no tienen ningún impacto inflacionario, con frecuencia aluden a su propia moderación, pero por razones comprensibles escasean hoy en día los dispuestos a conformarse con incrementos que sean inferiores al 30% anual. Temen ser acusados por rivales internos, en especial los vinculados con agrupaciones de izquierda, de cohonestar un ajuste “neoliberal”. Es de prever, pues, que en los meses próximos se intensifique mucho la conflictividad laboral. El panorama sería menos alarmante si los dirigentes sindicales confiaran en la capacidad profesional y la buena voluntad de los encargados de manejar la economía nacional pero, es innecesario decirlo, a esta altura la mayoría se siente más impresionada por la ineptitud atribuida a Axel Kicillof y su equipo de colaboradores procedentes de La Cámpora. En este ámbito por lo menos, los sindicalistas comparten las opiniones nada favorables de los economistas ortodoxos y heterodoxos, liberales y progresistas, que los tratan como aficionados inexpertos que nunca hubieran llegado a su eminencia actual sin el apoyo decidido de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Desde luego, la imagen nada favorable de “los pibes” que, gracias a Cristina y Kicillof, han conseguido colonizar el Ministerio de Economía, la Cancillería y otras reparticiones gubernamentales, no los ayuda en un momento en que la falta de confianza está ocasionando tantos problemas. Por el contrario, sólo asegura que las dificultades, agravadas por el estilo soberbio que a juicio de muchos los caracteriza, sigan multiplicándose. Puede que ya sea demasiado tarde para que el reemplazo del equipo económico actual por otro más prestigioso sirviera para eliminar el riesgo de que la crisis que se ha desatado culminara en un colapso generalizado comparable con los que tantos estragos provocaron al acercarse a su fin proyectos voluntaristas anteriores. Dadas las circunstancias, se trataría de la alternativa menos mala, pero por motivos que nadie desconoce, para que un peso pesado aceptara un cargo en el gobierno exigiría poderes equiparables con los otorgados a Domingo Cavallo en las semanas finales de la gestión del presidente Fernando de la Rúa, lo que, huelga decirlo, significaría la marginación definitiva de Cristina. Asimismo, parecería que quienes conforman el arco opositor han llegado a la conclusión de que les convendría más que la presidenta siguiera desempeñándose como una suerte de ministra de Economía virtual, tomando todas las decisiones importantes, de ahí la negativa a formular propuestas concretas. Es que saben muy bien que aumentar el gasto público hasta niveles sin precedentes, combatir la desocupación creando un sinnúmero de puestos de trabajo estatales y repartir subsidios es a un tiempo muy fácil y políticamente rentable, pero que desmantelar el sistema resultante porque es imposible continuar financiándolo no lo será en absoluto, y no les atrae la idea de figurar entre los responsables de políticas que motivarían la reacción furibunda de los perjudicados. De éstos, los más peligrosos serán los muchos que deben el ingreso al que se han acostumbrado a su militancia política y que se sentirán traicionados por sus padrinos kirchneristas que, por su parte, tratarán de defenderse culpando a sus adversarios por lo que ya está sucediendo en distintas jurisdicciones, de tal manera envenenando aún más el clima ya tóxico que se ha difundido por el país.
A los economistas les gusta señalar que, si bien para una persona determinada consumir lo mínimo imprescindible podría ser muy beneficioso, sería desastroso para el país si todos sus habitantes optaran por reducir drásticamente los gastos superfluos, ya que una decisión colectiva en tal sentido no podría sino provocar una recesión. Del mismo modo, es con toda seguridad racional que algunos líderes sindicales aprovechen su poder para que el valor de los ingresos de sus afiliados no se vea mermado por la inflación, pero si todos lo hacen, el costo de vida, impulsado por las alzas salariales, aumentaría a un ritmo todavía mayor. Como decía Juan Domingo Perón, si los salarios suben por la escalera, los precios lo harán por el ascensor. Lo entienden aquellos dirigentes que, aun cuando se afirman convencidos de que los aumentos salariales no tienen ningún impacto inflacionario, con frecuencia aluden a su propia moderación, pero por razones comprensibles escasean hoy en día los dispuestos a conformarse con incrementos que sean inferiores al 30% anual. Temen ser acusados por rivales internos, en especial los vinculados con agrupaciones de izquierda, de cohonestar un ajuste “neoliberal”. Es de prever, pues, que en los meses próximos se intensifique mucho la conflictividad laboral. El panorama sería menos alarmante si los dirigentes sindicales confiaran en la capacidad profesional y la buena voluntad de los encargados de manejar la economía nacional pero, es innecesario decirlo, a esta altura la mayoría se siente más impresionada por la ineptitud atribuida a Axel Kicillof y su equipo de colaboradores procedentes de La Cámpora. En este ámbito por lo menos, los sindicalistas comparten las opiniones nada favorables de los economistas ortodoxos y heterodoxos, liberales y progresistas, que los tratan como aficionados inexpertos que nunca hubieran llegado a su eminencia actual sin el apoyo decidido de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Desde luego, la imagen nada favorable de “los pibes” que, gracias a Cristina y Kicillof, han conseguido colonizar el Ministerio de Economía, la Cancillería y otras reparticiones gubernamentales, no los ayuda en un momento en que la falta de confianza está ocasionando tantos problemas. Por el contrario, sólo asegura que las dificultades, agravadas por el estilo soberbio que a juicio de muchos los caracteriza, sigan multiplicándose. Puede que ya sea demasiado tarde para que el reemplazo del equipo económico actual por otro más prestigioso sirviera para eliminar el riesgo de que la crisis que se ha desatado culminara en un colapso generalizado comparable con los que tantos estragos provocaron al acercarse a su fin proyectos voluntaristas anteriores. Dadas las circunstancias, se trataría de la alternativa menos mala, pero por motivos que nadie desconoce, para que un peso pesado aceptara un cargo en el gobierno exigiría poderes equiparables con los otorgados a Domingo Cavallo en las semanas finales de la gestión del presidente Fernando de la Rúa, lo que, huelga decirlo, significaría la marginación definitiva de Cristina. Asimismo, parecería que quienes conforman el arco opositor han llegado a la conclusión de que les convendría más que la presidenta siguiera desempeñándose como una suerte de ministra de Economía virtual, tomando todas las decisiones importantes, de ahí la negativa a formular propuestas concretas. Es que saben muy bien que aumentar el gasto público hasta niveles sin precedentes, combatir la desocupación creando un sinnúmero de puestos de trabajo estatales y repartir subsidios es a un tiempo muy fácil y políticamente rentable, pero que desmantelar el sistema resultante porque es imposible continuar financiándolo no lo será en absoluto, y no les atrae la idea de figurar entre los responsables de políticas que motivarían la reacción furibunda de los perjudicados. De éstos, los más peligrosos serán los muchos que deben el ingreso al que se han acostumbrado a su militancia política y que se sentirán traicionados por sus padrinos kirchneristas que, por su parte, tratarán de defenderse culpando a sus adversarios por lo que ya está sucediendo en distintas jurisdicciones, de tal manera envenenando aún más el clima ya tóxico que se ha difundido por el país.
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