Continuidad en Colombia
El presidente colombiano Juan Manuel Santos acaba de ser reelegido, con el 50,9% de los votos contra el 45% conseguido por su rival Oscar Iván Zuluaga, merced en buena medida a su promesa de continuar las negociaciones de paz con las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que están realizándose en Cuba e iniciar “diálogos exploratorios” con el Ejército de Liberación Nacional (ELN). La actitud conciliatoria que adoptó le aseguró el respaldo de los partidos de izquierda, que le aportaron al menos dos millones de votos. Si bien hasta ahora no han brindado los frutos esperados los esfuerzos por convencer a las FARC –una agrupación anacrónica de retórica marxista leninista que desde hace medio siglo está luchando, a veces con la ayuda de bandas de narcotraficantes, por instalar en su país un régimen totalitario– de que ha llegado la hora de poner fin a sus actividades destructivas a cambio de una amnistía parcial, por lo menos han servido para brindar la impresión de que la paz es posible. Se estima que, a través de cinco décadas, la violencia política ha dejado más de 200.000 muertos y ha desplazado a millones de campesinos. Zuluaga, lo mismo que su padrino, el expresidente Álvaro Uribe, quería intensificar la ofensiva militar contra los guerrilleros sin hacer concesiones, o sea, que haya “paz sin impunidad”, luego de una victoria definitiva; conforme a los resultados del balotaje que se celebró el domingo pasado, una proporción sustancial del electorado desconfía de las negociaciones que están en marcha. Asimismo, en las elecciones del 2010, Santos, que fue ministro de Defensa en el gobierno de Uribe, triunfó porque la mayoría lo consideraba tan duro como su jefe, pero una vez en el poder no tardó en asumir una postura mucho menos combativa. Si bien el diálogo con los líderes guerrilleros en La Habana, que ya ha durado dos años, aún no ha producido muchos resultados concretos y, de todos modos, las FARC y sus aliados no han dejado de cometer crímenes de lesa humanidad, la mayoría de los colombianos parece convencida de que sería mejor seguir conversando con ellos con la esperanza de que terminen aceptando que nunca lograrán derrotar al Estado. Las diferencias en torno a la mejor forma de pacificar un país tradicionalmente muy violento aparte, Santos, Zuluaga y Uribe tienen mucho en común, puesto que los tres son “derechistas” que están a favor de la libre empresa y por lo tanto de una relación estrecha con Estados Unidos. A pesar de, o a causa de, la militancia ultraizquierdista de los guerrilleros, Colombia parece inmunizada contra las tentaciones populistas que tantos perjuicios han ocasionado en Venezuela y la Argentina, países en que los gobiernos dan la impresión de creer que asfixiar el sector privado los ayudaría a mejorar el estándar de vida de la mayoría. En el ámbito económico, la gestión de Santos, como la de su antecesor Uribe, ha sido muy exitosa: el año pasado, el producto bruto interno de Colombia creció el 4,3% y, según algunos analistas, llegó a superar el argentino, mientras que la tasa de inflación –anual, no mensual– fue del 1,9%, aunque, claro está, muchos colombianos siguen hundidos en la pobreza extrema. Con todo, en comparación con otros países latinoamericanos, en especial con Venezuela, Colombia está progresando a un ritmo muy satisfactorio, sin que haya crisis económicas graves a la vista, adquiriendo así los medios que, bien manejados, podrían permitirle dejar atrás el subdesarrollo. Además de continuar intentando convencer a los guerrilleros de que sería de su interés deponer las armas y tratar de participar de manera pacífica en el proceso político, Santos tendrá que hacer lo posible por solucionar o, por lo menos, atenuar problemas que su país comparte con todos sus vecinos. Si bien los mundialmente célebres cárteles de narcotraficantes han perdido poder en los años últimos, aún están en condiciones de provocar estragos. A juzgar por los resultados de las pruebas internacionales, el sistema educativo colombiano es inferior al promedio regional, apenas equiparable al argentino, lo que, como resulta natural, es motivo de preocupación entre los conscientes de que el futuro de su país dependerá cada vez más del nivel alcanzado por las generaciones próximas.
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