Controversias económicas
ERNESTO BILDER (*)
En las décadas del cincuenta y sesenta se desarrolló un debate entre reconocidos economistas sobre las objeciones neoliberales al tradicional criterio de intervención estatal en el funcionamiento macroeconómico en renovada vigencia desde 1945. Las posiciones a favor o en contra del activismo gubernamental regulando mercados llevaban dos referencias: John Maynard Keynes (1883-1946) y Milton Friedman (1912-2006). La visión keynesiana estaba centrada en la crítica a la economía clásica y su defensa de la necesidad de una política pública para evitar los ciclos recesivos y el desempleo. Si bien es cierto que sus reflexiones estaban formuladas desde Inglaterra a partir de la crisis de 1930 y expresadas en términos de una economía nacional con poca relación con el resto del mundo, sus conclusiones se adoptaron en el centro y la periferia. El profesor Keynes demostró en su tiempo la falacia de bajar los salarios con el objetivo de aumentar el empleo, siendo por el contrario lo relevante el crecimiento del consumo y la inversión privada y/o pública. Su posición era de modificar lo necesario para resguardar el sistema capitalista, separando los elementos nocivos como el ahorro excesivo o los altos tipos de interés que beneficiaban a especuladores financieros. En su momento también señaló la desigual distribución de la riqueza como un componente negativo del sistema. La aceptación del denominado Estado de bienestar que ayuda a madres solteras, a los mayores y desempleados, es sin duda una herencia del keynesianismo. Los oponentes al Estado activo se agruparon siguiendo las enseñanzas de Milton Friedman y su escuela en la Universidad de Chicago. El Premio Nobel otorgado en 1976 al profesor Friedman le dieron mayor relevancia. Los discípulos conocidos como los “Chicago Boys” defenderán a ultranza el libre mercado y sostendrán que la inflación es en principio un aumento de la cantidad de dinero avalada y/o creada por el Estado. Friedman, entre sus trabajos, analizó la gran crisis de 1930 y concluyó que uno de sus errores fue dejar caer bancos importantes que llevaron al pánico y agudizaron la depresión, enseñanza que ha repercutido en la actual coyuntura, como lo demuestra el auxilio al sistema financiero español. Las ideas defensoras del mercado tuvieron en la década de los setenta su laboratorio en América Latina con el dictador Augusto Pinochet, quien gobernó Chile con mano de hierro entre 1973 y 1990. Su política era la opuesta a la intentada por el derrocado presidente Salvador Allende, de conducir democráticamente al país trasandino hacia formas socialistas. El agotamiento que parecía evidenciar la llamada “estrategia de crecimiento por sustitución de importaciones” que consistía en apoyar la producción nacional de los bienes que antes se importaban, dieron espacio para los defensores del mercado. Aproximadamente en los setenta se reavivó la discusión sobre la distribución de ingresos y el modelo de crecimiento de nuestras economías. En la perspectiva de los llamados “estructuralistas”, una parte significativa del avance de la sociedad se había hecho con marginación y pobreza de núcleos importantes de la población. Lo que crecía era el denominado sector “moderno” radicado en las ciudades, que consumía bienes duraderos al estilo del Primer Mundo. Para el resto quedaba la subsistencia y/o el trabajo informal. Modificar la distribución incorporando a los subempleados y desocupados era la condición previa para desarrollarse. Nuevamente el Estado debía comandar el proceso y obviamente los defensores de la economía de precios y mercados, los “monetaristas”, sostendrían que este tipo de políticas concluye por agravar los problemas. En la década del noventa las propuestas neoliberales se impusieron en nuestras tierras, pero la crisis de fin de siglo que generaron condujo nuevamente a fortalecer los roles y presencia del Estado. Desde el 2007 el mundo desarrollado entró en turbulencias de las que no ha logrado salir. En Europa, millones de desocupados atestiguan el fracaso de la moneda única y el sobreendeudamiento. En el entrante siglo XXI se ha renovado el debate con otras dicotomías. Quizás la más importante sea crecimiento versus austeridad, como lo indicara el profesor Moisés Nain. Las recientes elecciones presidenciales en Francia, con el triunfo de Francois Holland proveniente de la tradicional centroizquierda, derrotando a Sarkozy, incluyen en su programa el énfasis en propugnar el crecimiento como alternativa al tradicional ajuste. Las cruciales elecciones de Grecia por segunda vuelta en este mes, con la opción de que se imponga Alexis Tsipras, hombre de una nueva izquierda opuesta a toda austeridad, está haciendo temblar a Europa. Sin embargo, no es fácil dividir con claridad las dos posiciones, ya que la Alemania de Angela Merkel ha hecho ajustes de sus cuentas, tiene equilibrio presupuestario y una tasa de crecimiento positiva desde hace tiempo, siendo en la actualidad la denominada locomotora del continente y el mayor sostén a la supervivencia del euro. La contienda electoral en Estados Unidos entre el demócrata y más intervencionista Barack Obama frente al probable candidato republicano Mitt Romney, defensor tradicional de los mercados y la no reglamentación, se asemeja a la pugna de keynesianos y fridmanianos. Las discusiones continuarán sin duda dado que la economía no constituye una ciencia exacta y por lo contrario es social y política, pero hay un cierto consenso en algunos temas, como sostener que: a) la equitativa distribución de ingresos es un objetivo de justicia y crecimiento; b) cierto tipo de mercados como los financieros deben ser reglamentados; c) los oligopolios pueden acumular poder que es peligroso para la sociedad y d) el cuidado de los equilibrios de las cuentas públicas en el tiempo resulta conveniente. Siguiendo la filosofía del utilitarismo, diremos que la meta de la política económica es y será lograr el bienestar del mayor número posible de ciudadanos. (*) Economista. Neuquén