Costumbre arraigada: Invisibilizar la violencia que sufre la infancia

Por Redacción

COLUMNISTAS

Recordar una vez al año a la infancia víctima de la violencia es rememorar sólo una pincelada de un cuadro que refleja el horror de la condición humana, ya que violencia es sinónimo de poder que arrasa la subjetividad de un “otro” que dejó de ser persona para quien violenta.

No hay víctimas más vulnerables que los niños y niñas maltratados y abusados sexualmente en el ámbito familiar, por la total indefensión a la que están sometidos de parte de las personas que deben proporcionarles los cuidados básicos para su crecimiento y desarrollo.

Niños, niñas y adolescentes silenciados en su padecimiento son personas sufrientes que sobreviven a situaciones de horror que muchos adultos no están dispuestos a “ver” y menos a “comprender”. La experiencia de escuchar a madres que reclaman un proceso judicial con celeridad para sus hijos, de docentes que hacen la denuncia y luego son amenazados por el agresor o de familiares que se movilizan para lograr la condena efectiva del ofensor, nos permiten aseverar sobre la existencia de una costumbre arraigada socialmente: invisibilizar el maltrato y abuso a la infancia. Sin pretender ahondar en los alcances del significado de “costumbre” diremos que ésta tiene un sustrato de creencias, valores e ideologías que están vigentes en la cultura, en un determinado momento histórico. Por ello, en la invisibilización de la violencia hacia la infancia estamos todos compelidos a evitar que persista la invisibilización.

Existen ciertos actores con poder de decisión que están viendo un cuadro diferente, donde no hay sufrimiento ni horror, no hay traumatismo psíquico en los niños/as y, por si ello fuera poco, todo el proceso judicial -que se asienta en el testimonio de las víctimas- debe ser puesto en análisis y discusión evaluando si los/las niños/as no fabulan, no se contradicen o están siendo “preparados” por personas que buscan sacar un beneficio. El Síndrome de Alienación Parental (SAP) puesto en vigencia por el Dr. Richard Gardner, una teoría sin basamento científico, viene a desviar las miradas del cuadro siniestro que reflejan los dibujos, relatos o síntomas conductuales de los niños maltratados o abusados sexualmente.

Gardner se desempeñó como perito de parte en la defensa de agresores sexuales de niños y niñas en Estados Unidos. Según refiere el Dr. Juan Carlos Volnovich (médico, psicoanalista argentino de niños y adolescentes), el desempeño científico previo de Gardner fue la especialización en técnicas de desprogramación, ya que como capitán y médico del Ejército de Estados Unidos, asistió a soldados que habían sido prisioneros durante la guerra de Corea del Norte. Su experiencia en el uso de estas técnicas lo lleva a hipotetizar acerca de la existencia de madres “alienadoras” que programan o hacen un “lavado de cerebro” de sus hijos para que mientan acerca de sus progenitores sobre el hecho abusivo, especialmente en situaciones de divorcios contradictorios y/o en juicios de tenencia. Por ello, la teoría de Gardner afirma que lo que existen mayormente son “las falsas denuncias” y en un mínimo porcentaje los abusos sexuales. En cuanto a los profesionales encargados de diagnosticar el abuso sexual de niños y adolescentes, Gardner asevera que éstos son llevados a cabo por peritos psicólogos inexpertos que no se han formado dentro del esquema referencial del SAP y/o han pasado en su historia personal por experiencias que los llevan a confirmar abusos inexistentes.

El SAP facilita fundamentos para negar lo siniestro del maltrato y el abuso sexual, brindando respuestas sencillas a una problemática tan compleja como aun no conocida lo suficiente, por los operadores del campo psicosocial y jurídico. Se argumenta con la mitad de una verdad -falsas denuncias entre los cónyuges en las separaciones conflictivas- que los niños mienten. Ellos no pueden fabular historias relacionadas con el abuso. Sus conductas y sus cuerpos “hablan” del hecho abusivo.

Se insiste en la revinculación del agresor con su hijo/a en una confusión imperdonable de querer restituir un vínculo nocivo que impactó con crueldad en la subjetividad de la niña o el niño. En realidad, se buscan explicaciones que en la práctica contribuyen a mantener el poder del más fuerte, desconociéndose “el interés superior del niño”. Al momento de las revinculaciones lo que se está priorizando son los derechos del agresor, que en su permanente juego de doble fachada intentará seguir seduciendo a la hija o hijo de que es un padre bueno y no escatimará esfuerzos en aprovechar ese espacio para mostrar su rol de buen padre, ya sea dándole regalos o prometiéndolos.

En el caso de la provincia de Río Negro, la ley 3040D de Violencia Familiar, en su artículo 4, inciso F expresa: “Los/las agentes, profesionales o técnicos/as, funcionarios/as y magistrados/as no pueden incurrir en actos que constituyan victimización institucional”. No obstante la existencia de esta normativa, sabemos que la revictimización existe toda vez que el niño es descreído en su relato o llevado a cámara Gesell sin la debida preparación, o cuando no se comprende la negación a hablar o el desdecirse de lo que ha contado como efecto del abuso (síndrome de acomodación) y se afirma técnicamente que el hecho abusivo no existió. El paso siguiente será el archivo del expediente judicial.

La realidad social nos muestra una mayor frecuencia de movilizaciones en el espacio público, para reclamar por los derechos de los niños, niñas y adolescentes víctimas de maltrato y abuso sexual. Pero si como comunidad estamos anclados en la premisa que instaló la cultura posmoderna y de vínculos light, esto es, detenernos en el acto de “ver” y no avanzar en comprender la complejidad del hecho violento, estaremos poniendo en serio riesgo el futuro de toda una sociedad. No se puede pensar en la construcción de lazos sociales estables si quienes tienen la potestad de proteger a la infancia-adolescencia, vulnerada en sus derechos, no asumen dicha responsabilidad.

MARÍA ELISA LAZZARETTI

Magíster. Lic. en Servicio Social, integrante de la mesa directiva de la Federación Latinoamericana Contra las Violencias y el Abuso (FLACVA)

Presidenta Asociación Civil Centro Artémides

MARÍA ELISA LAZZARETTI