Criados a leña
Columna semanal
LA PEÑA
Quienes pasamos parte de nuestras vidas en una parte del país donde las temperaturas son tan altas como insoportables, tuvimos que adaptarnos bastante cuando nos mudamos a la Patagonia. Las cosas por acá eran mucho más duras, pero con una gran ventaja en las estaciones más duras del año. Por un lado un imponente río en verano y por el otro gas natural en invierno.
En el norte los ríos son caudalosos de vez en cuando, o cuando se le ocurre a la lluvia descargar con todo en la alta montaña. Ahí hay que tenerle mucho respeto al río porque se lleva lo que encuentre a su paso. Caudales no tan imponentes como el Negro, por ejemplo, eran igualmente respetados por la fuerza con que el agua baja de la montaña, tanta que en muchas ocasiones se llevó pueblos enteros o vehículos repletos de gente.
No permiten nadar, no sirve de nada en esos casos, porque están dominados por las piedras y los obstáculos que impiden cualquier desempeño. Y cuando bajan con furia la gente lo sabe sobre la marcha, porque eso puede suceder en cuestión de minutos.
La contracara en la Patagonia son ríos enormes cargados de agua transparente y hasta de cierto romanticismo, donde los buenos nadadores se lucen y donde los riesgos son un poco más previsibles. Que el río crezca o no, la gente lo sabe, se entera.
Pero el gran cambio para quienes nos criamos a leña, se dio con el gas natural. Ese sí que es un privilegio. No obliga jamás a andar buscando garrafas por cualquier lado ni a buscar leña los domingos para que en invierno alcance para el mes, o para la semana, según fuera la necesidad de cada uno.
Uno aprende a medir el confort cuando conoce las dos cosas. Nunca nos pareció extraño ni complejo lo de vivir a leña, porque formaba parte de nuestro escenario, de nuestra rutina diaria. Pero claro, cuando mudados a la patagonia descubrimos que el gas era el verdadero confort, entendimos que aquello era un enorme sacrificio.
Y volví varios inviernos a mi pueblo. Sentí la sensación de que las cosas se habían quedado en el tiempo, que la gente seguía viviendo a leña porque no tenía más alternativa. Entendí que el gas era un privilegio para pocos, y sobre todo para los que se enfrentaban cada día al rigor de la Patagonia más dura. Sería inimaginable vivir sin gas en esta parte del país. Sin embargo, acá también hay gente que vive sin gas natural, pero con más dureza que en el norte.
Nos criamos con el gas como un lujo, porque en casa sólo se permitía su utilización para cocinar y eso no incluía comidas al horno, porque como solía decir mi madre, cocinando al horno las garrafas se vuelan. Y sí, literalmente se volaban porque el gas duraba un abrir y cerrar de ojos.
La leña era la calefacción para el invierno en el norte, y cada vez que alguien se quería bañar había que prender fuego en el calefón porque no había más opciones, y eran infaltables los braseros debajo de las mesas porque una cena podría implicar que termináramos con los pies congelados.
Ir a la ducha y toda la ceremonia, implicaba también estar dispuestos a poner el pecho al frío. La solución parcial, que apenas calentaba un par de metros cuadrados, era un viejo plato de chapa enlozado que permitía encender un poco de alcohol de quemar. Así eran los inviernos en el norte, de trabajo y crudeza, aunque fueran más cortos y menos rigurosos.
Porque la leña se la conseguía cada uno, porque había que hachar como cualquiera y porque aún así el corto invierno mostraba su cara más dura. Braseros y ventanas abiertas también era una solución parcial, tan parcial que cuando nos íbamos a la cama cada uno tenía al menos tres frazadas que pesaban tanto como nosotros. El rigor se mide desde el clima, pero también desde las herramientas para enfrentarlo.
Jorge Vergara – jvergara@rionegro.com.ar
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