Crisis y tradición armaron un gran jaleo
Desde que los Beatles irrumpieron en la vida del planeta, junto con los pelos largos creció la loca fantasía de tener una orquesta propia. Los garajes se trasformaron en salas de ensayos y los vecinos, en furibundos enemigos del arte de entrecasa: de guitarras destempladas, pianos aporreados, baterías ensordecedoras. O de esos mismos instrumentos bien ejecutados e igualmente desprestigiados -medianera mediante- con el destructivo mote de «ruidos molestos».
El acné, la urgente necesidad de pertenencia a un grupo, las gemelas bulimia y anorexia, los dolores de amor, la incomunicación, la rebeldía y la furia de las hormonas en pleamar, suelen llegar todos juntos y en un mismo paquete.
En ese atado, también aparece el descubrimiento de una viola (para sacarse de encima los sube y baja del que adolece), del teclado (que jamás se arrojaría al aire como el gran Charly), de un parche (donde descargar energías y subyugar con pases mágicos). Descubrimiento que hoy se extiende al saxo dorado y casi inalcanzable. Joya que otorga estatus, seducción y «enganche».
En la Argentina ganadera-europeizada, por tradición, por formación cultural, por mayor difusión, se aspiró desde la Colonia, a tener una nena pianista y un varoncito guitarrero y cantor. Balance histórico: roperos atiborrados con violas y un tendal de aspirantes a pianistas frustradas en el camino del pentagrama.
Faltan cupos solamente en piano y guitarra, sectorizado puntualmente de 13/14 años en más. Esto armó gran jaleo el martes pasado. La escuela superior de Música de Neuquén se transformó en noticia. La oferta para estudiar estos instrumentos quedó cortísima. Muchos durmieron en la vereda desde la noche anterior a la entrega de números para inscribirse. Otros formaron nutrida cola y soportaron una inútil espera. Todos se quejaron por falta de oportunidades, mayor presupuesto, ampliación del tope de ingresantes. Otras «presas» ansiadas son: bajo eléctrico y batería, pero ya cerraron listas de aspirantes.
La directora Alba Challú se cansó de explicar -convertida como nunca en el blanco más preciado de los micrófonos- que faltaban «vacantes con un sentido lógico». Sobre todo, que aquéllos que aprueban el primer año, puedan contar con un banco en el nivel superior. Sería beneficioso, dijo, que las demandas «puntuales» se canalizaran con «anexos» de esta escuela en los barrios o localidades vecinas.
La modalidad de inscripción es llamar cada día, por un instrumento diferente. Podría predecirse que se repetirán las colas próximamente, para saxo y percusión.
Pero la escuela oferta mucho más que eso. Los que tienen cierto «perfil bajo» para las bandas y en la tradición local son: oboe, violín, flauta traversa, sikus, quena, contrabajo, trompeta, bandoneón. Y hay más: magisterio elemental de música para adolescentes y adultos, curso de música para pibes de 8 a 12 años, profesorado de educación musical. Para todos ellos no hay colas.
A una edad en que se bucea en lo artístico, buscando descubrir o nutrir una vocación, es fácil intentar virar a lo más conocido o con «salida laboral» rápida. Cuerdas, teclado, percusión y saxo, significan recitales en pubs, bailantas o municipios, tocatas callejeras con pase de gorra…Formarse para una sinfónica es casi una utopía. Otro tipo de agrupaciones son poco conocidas, no alentadas ni solventadas.
Es cierto, hay una necesidad: cientos de chicos se quedan sin estudiar piano y guitarra. Una verdad: presupuesto escaso. Una respuesta comprensible: «faltan vacantes con sentido lógico» ante una demanda nacida de la tradición y de la crisis. Y una realidad: «no sólo de pan vive el hombre».
Beatriz Sciutto
Desde que los Beatles irrumpieron en la vida del planeta, junto con los pelos largos creció la loca fantasía de tener una orquesta propia. Los garajes se trasformaron en salas de ensayos y los vecinos, en furibundos enemigos del arte de entrecasa: de guitarras destempladas, pianos aporreados, baterías ensordecedoras. O de esos mismos instrumentos bien ejecutados e igualmente desprestigiados -medianera mediante- con el destructivo mote de "ruidos molestos".
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