Cristina desencadenada
Ser Cristina tiene sus privilegios. El más grato es que puede hacer cuanto se le antoje. Dueña de una mayoría parlamentaria robótica, le es dado comportarse como un monarca absoluto. De habérsele ocurrido a Cristina romper por completo con Irán, sus seguidores lo hubieran celebrado con el mismo entusiasmo que acaban de manifestar por la decisión de pactar con la maligna teocracia que se ha apoderado de dicho país. No les importan un bledo los detalles: dos atentados sanguinarios en el centro de Buenos Aires, las protestas de la comunidad judía que tiene motivos de sobra para temer que el virus antisemita se propague nuevamente en la Argentina, lo peligrosa que podría resultar para el país la adopción de una postura claramente antioccidental justo cuando Estados Unidos y Europa están tratando de aislar a Irán. Si Cristina les ordena apoyar algo, lo harán. Puesto que ningún funcionario ha intentado dar una explicación coherente de la razón por la que la presidenta ha cambiado la política exterior de manera tan espectacular, abundan las conjeturas. ¿Aspira a desempeñar un papel clave en el gran drama del Oriente Medio? Es posible. También lo es que se vea como jefa de la abigarrada izquierda populista latinoamericana, ya que el amigo Hugo Chávez no está en condiciones de seguir liderando la campaña mayormente retórica en contra del imperio yanqui y los hermanos Castro son tan viejos como el Papa Emérito. ¿O es que, como Juan Domingo Perón en su momento, Cristina se ha convencido de que están por hundirse las democracias liberales y que le convendría aprovechar la oportunidad para adelantarse a la historia aliándose con las potencias de mañana? Nadie sabe la respuesta a tales interrogantes, pero el mero hecho de que, para encontrarla, sería necesario internarse en la mente de una sola persona que, a pesar de su locuacidad, es reacia a contestar preguntas nos dice mucho sobre el estado actual de la Argentina. Gracias a un conjunto de políticos supinos que, como sus equivalentes en lugares como Cuba, Corea del Norte y la difunta Unión Soviética, entienden muy bien que su propio futuro depende de su “lealtad” hacia el líder máximo, Cristina se siente tan libre como cualquier emperador romano. ¿La oposición? Una manga de inútiles miserables. ¿La Constitución? Un bodrio liberal, de suerte que hay que pisotearla. ¿La Justicia? Como acaba de informarnos la procuradora general de la Nación nombrada por Cristina, carece de legitimidad por estar bajo la férula de corporaciones no kirchneristas. Antes de comenzar su gestión como presidenta, Cristina dio a entender que se esforzaría por mejorar las instituciones, alinearse con demócratas estadounidenses como Hillary Clinton y procurar hacer de la Argentina un país parecido a la Alemania de Angela Merkel, pero pronto descubrió que aquellos objetivos loables eran incompatibles con sus propios intereses políticos y personales. De funcionar como es debido las instituciones, Cristina tendría que rendir cuentas por asuntos tan engorrosos como la llegada desde Venezuela de valijas atiborradas de dólares o el destino aún misterioso de los fondos de Santa Cruz. Los progres norteamericanos, entre ellos Barack Obama, la han ninguneado. En cuanto a su presunto deseo de que la Argentina se asemejara más a Alemania, fue a lo sumo una fantasía pasajera; en el exigente mundillo teutón no hay lugar para populistas despilfarradores, mientras que cuando se trata de la indisciplina fiscal de los gobernantes de países latinos, Angela Merkel suele ser más dura que los odiados técnicos del mismísimo Fondo Monetario Internacional. Aunque Cristina fuera una estadista extraordinariamente previsora, una capaz de navegar con astucia descomunal en las aguas tumultuosas de la geopolítica en una época de cambios radicales, dejar todo en sus manos sería muy pero muy riesgoso. Las decisiones que tome sobre la base de las teorías que le atraen tendrán consecuencias concretas. Durante la Segunda Guerra Mundial y en la posguerra, la voluntad de Perón y otros de probar suerte con una “tercera posición”, alejándose de Estados Unidos y Europa occidental por suponer que no tardaría en estallar un nuevo conflicto apocalíptico que beneficiaría a la Argentina, impidió que el país participara de las décadas de prosperidad creciente, “los treinta años gloriosos” que los franceses, entre otros, recuerdan con nostalgia. Con la viva aprobación de buena parte de la clase política y de un coro griego de intelectuales supuestamente progresistas, el país optó por el fracaso colectivo. Los costos humanos de aquel error estratégico resultarían ser inmensos; siguen pagándolos muchos millones de pobres e indigentes. Es verdad que Estados Unidos se enfrenta con problemas económicos muy graves y que el gobierno de Obama quiere distanciarse de las zonas más conflictivas, comenzando con el Oriente Medio, y que la situación en que se encuentra la Unión Europea es aún peor. Así y todo, sería cuando menos prematuro suponer que haya llegado a su fin “el siglo norteamericano” o que Europa esté por hacer mutis, dejando vacío el escenario para que países como Irán puedan asumir papeles protagónicos. Estados Unidos está experimentando una revolución energética tan vigorosa que se prevé que dentro de muy poco pueda prescindir de importaciones de crudo procedentes del Oriente Medio o Venezuela. Su supremacía tecnológica es evidente. Por su parte, los europeos poseen los recursos intelectuales precisos para recuperarse del bajón actual. Sea como fuere, aun cuando las perspectivas ante los países líderes de Occidente luzcan relativamente grises, son mucho más promisorias que las enfrentadas por el mundo musulmán que sí está hundiéndose con rapidez desconcertante, de ahí la reacción feroz, pero desesperada, de los tradicionalistas. Además de desgarrarse en guerras sectarias –la que está destruyendo Siria es por ahora la más horrenda–, varios países de la región, como Egipto, apenas pueden alimentarse y no tienen posibilidad alguna de desarrollar economías “competitivas”. En el caso de Irán, la incapacidad económica se ve acompañada por una caída demográfica que, según los especialistas en la materia, es la más pronunciada jamás registrada en tiempos de paz. Por lo demás, el futuro del régimen teocrático es incierto: parecería que la mayoría de los iraníes de pie quiere más a los norteamericanos e israelíes que a los ayatolás. Así, pues, las ventajas de elegirlo como socio serían mínimas pero las desventajas podrían ser muy grandes.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Ser Cristina tiene sus privilegios. El más grato es que puede hacer cuanto se le antoje. Dueña de una mayoría parlamentaria robótica, le es dado comportarse como un monarca absoluto. De habérsele ocurrido a Cristina romper por completo con Irán, sus seguidores lo hubieran celebrado con el mismo entusiasmo que acaban de manifestar por la decisión de pactar con la maligna teocracia que se ha apoderado de dicho país. No les importan un bledo los detalles: dos atentados sanguinarios en el centro de Buenos Aires, las protestas de la comunidad judía que tiene motivos de sobra para temer que el virus antisemita se propague nuevamente en la Argentina, lo peligrosa que podría resultar para el país la adopción de una postura claramente antioccidental justo cuando Estados Unidos y Europa están tratando de aislar a Irán. Si Cristina les ordena apoyar algo, lo harán. Puesto que ningún funcionario ha intentado dar una explicación coherente de la razón por la que la presidenta ha cambiado la política exterior de manera tan espectacular, abundan las conjeturas. ¿Aspira a desempeñar un papel clave en el gran drama del Oriente Medio? Es posible. También lo es que se vea como jefa de la abigarrada izquierda populista latinoamericana, ya que el amigo Hugo Chávez no está en condiciones de seguir liderando la campaña mayormente retórica en contra del imperio yanqui y los hermanos Castro son tan viejos como el Papa Emérito. ¿O es que, como Juan Domingo Perón en su momento, Cristina se ha convencido de que están por hundirse las democracias liberales y que le convendría aprovechar la oportunidad para adelantarse a la historia aliándose con las potencias de mañana? Nadie sabe la respuesta a tales interrogantes, pero el mero hecho de que, para encontrarla, sería necesario internarse en la mente de una sola persona que, a pesar de su locuacidad, es reacia a contestar preguntas nos dice mucho sobre el estado actual de la Argentina. Gracias a un conjunto de políticos supinos que, como sus equivalentes en lugares como Cuba, Corea del Norte y la difunta Unión Soviética, entienden muy bien que su propio futuro depende de su “lealtad” hacia el líder máximo, Cristina se siente tan libre como cualquier emperador romano. ¿La oposición? Una manga de inútiles miserables. ¿La Constitución? Un bodrio liberal, de suerte que hay que pisotearla. ¿La Justicia? Como acaba de informarnos la procuradora general de la Nación nombrada por Cristina, carece de legitimidad por estar bajo la férula de corporaciones no kirchneristas. Antes de comenzar su gestión como presidenta, Cristina dio a entender que se esforzaría por mejorar las instituciones, alinearse con demócratas estadounidenses como Hillary Clinton y procurar hacer de la Argentina un país parecido a la Alemania de Angela Merkel, pero pronto descubrió que aquellos objetivos loables eran incompatibles con sus propios intereses políticos y personales. De funcionar como es debido las instituciones, Cristina tendría que rendir cuentas por asuntos tan engorrosos como la llegada desde Venezuela de valijas atiborradas de dólares o el destino aún misterioso de los fondos de Santa Cruz. Los progres norteamericanos, entre ellos Barack Obama, la han ninguneado. En cuanto a su presunto deseo de que la Argentina se asemejara más a Alemania, fue a lo sumo una fantasía pasajera; en el exigente mundillo teutón no hay lugar para populistas despilfarradores, mientras que cuando se trata de la indisciplina fiscal de los gobernantes de países latinos, Angela Merkel suele ser más dura que los odiados técnicos del mismísimo Fondo Monetario Internacional. Aunque Cristina fuera una estadista extraordinariamente previsora, una capaz de navegar con astucia descomunal en las aguas tumultuosas de la geopolítica en una época de cambios radicales, dejar todo en sus manos sería muy pero muy riesgoso. Las decisiones que tome sobre la base de las teorías que le atraen tendrán consecuencias concretas. Durante la Segunda Guerra Mundial y en la posguerra, la voluntad de Perón y otros de probar suerte con una “tercera posición”, alejándose de Estados Unidos y Europa occidental por suponer que no tardaría en estallar un nuevo conflicto apocalíptico que beneficiaría a la Argentina, impidió que el país participara de las décadas de prosperidad creciente, “los treinta años gloriosos” que los franceses, entre otros, recuerdan con nostalgia. Con la viva aprobación de buena parte de la clase política y de un coro griego de intelectuales supuestamente progresistas, el país optó por el fracaso colectivo. Los costos humanos de aquel error estratégico resultarían ser inmensos; siguen pagándolos muchos millones de pobres e indigentes. Es verdad que Estados Unidos se enfrenta con problemas económicos muy graves y que el gobierno de Obama quiere distanciarse de las zonas más conflictivas, comenzando con el Oriente Medio, y que la situación en que se encuentra la Unión Europea es aún peor. Así y todo, sería cuando menos prematuro suponer que haya llegado a su fin “el siglo norteamericano” o que Europa esté por hacer mutis, dejando vacío el escenario para que países como Irán puedan asumir papeles protagónicos. Estados Unidos está experimentando una revolución energética tan vigorosa que se prevé que dentro de muy poco pueda prescindir de importaciones de crudo procedentes del Oriente Medio o Venezuela. Su supremacía tecnológica es evidente. Por su parte, los europeos poseen los recursos intelectuales precisos para recuperarse del bajón actual. Sea como fuere, aun cuando las perspectivas ante los países líderes de Occidente luzcan relativamente grises, son mucho más promisorias que las enfrentadas por el mundo musulmán que sí está hundiéndose con rapidez desconcertante, de ahí la reacción feroz, pero desesperada, de los tradicionalistas. Además de desgarrarse en guerras sectarias –la que está destruyendo Siria es por ahora la más horrenda–, varios países de la región, como Egipto, apenas pueden alimentarse y no tienen posibilidad alguna de desarrollar economías “competitivas”. En el caso de Irán, la incapacidad económica se ve acompañada por una caída demográfica que, según los especialistas en la materia, es la más pronunciada jamás registrada en tiempos de paz. Por lo demás, el futuro del régimen teocrático es incierto: parecería que la mayoría de los iraníes de pie quiere más a los norteamericanos e israelíes que a los ayatolás. Así, pues, las ventajas de elegirlo como socio serían mínimas pero las desventajas podrían ser muy grandes.
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