Cristina se pelea con Obama

Redacción

Por Redacción

Parecería que el gobierno norteamericano no se siente demasiado preocupado por el “riesgo” que, según el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, corre la relación diplomática con la Argentina a causa de la presunta presencia en el estado de Florida del exespía de la ex-SIDE, Antonio “Jaime” Stiuso, un personaje que se ha visto convertido en el malo más siniestro de la película kirchnerista. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acusa a la superpotencia de brindar protección al hombre que, durante años, fue uno de los operadores principales de Néstor Kirchner y ella misma, pero que cayó en desgracia luego de la muerte del fiscal Alberto Nisman, las autoridades estadounidenses se han mostrado reacias a tomar el asunto en serio. Tampoco les ha conmovido la voluntad de Cristina de comparar aquel memorándum de entendimiento con el régimen teocrático iraní, que en opinión a Nisman y muchos otros sólo serviría para “encubrir” a los eventuales autores intelectuales del atentado contra la sede de la AMIA, con los esfuerzos de su homólogo norteamericano, Barack Obama, por alcanzar un acuerdo con Teherán en materia nuclear; además de insinuar nuevamente, en el discurso que pronunció ante la Asamblea General de la ONU, que Washington estaría detrás del Estado Islámico y dejar saber que le motivaba sospechas el “despliegue casi cinematográfico” de las “escenas espantosas” protagonizadas por los yihadistas. No es la primera vez que Cristina ha tratado así al gobierno norteamericano en foros internacionales sin provocar ninguna reacción oficial por parte de la Casa Blanca, pero debería preocuparle que, en Estados Unidos, los únicos que encuentran creíbles sus teorías conspirativas acerca de los hipotéticos vínculos de Obama con el fundamentalismo islámico sean militantes de la ultraderecha convencidos de que el presidente de su país es en verdad un yihadista musulmán. No es ningún secreto que la actitud del candidato presidencial oficialista, Daniel Scioli, frente a Estados Unidos difícilmente podría ser más diferente que la reivindicada por Cristina. Por razones pragmáticas y también porque nunca ha comulgado con el “relato” setentista, el gobernador bonaerense se afirma resuelto a mejorar enseguida la relación con Washington e incluso da a entender que estaría dispuesto a negociar con los fondos buitre para que el país por fin acceda a los mercados de capitales internacionales. Desde el punto de vista de Scioli, es sin duda una suerte que los funcionarios norteamericanos hayan optado por pasar por alto la hostilidad manifiesta de Cristina hacia su país, pero no le sería fácil mantener su postura en el caso de que la señora le pidiera hacer del antinorteamericanismo uno de los temas principales de su campaña proselitista. Un motivo, uno de muchos, por el que Scioli se niega a participar de debates públicos con los otros candidatos presidenciales es que no le gustaría para nada sentirse constreñido a defender el acercamiento del gobierno actual a los de Venezuela, Cuba y hasta Irán, y el alejamiento resultante de Estados Unidos y los miembros más importantes de la Unión Europea. Tanto Scioli como Mauricio Macri y Sergio Massa parecen convencidos de que los líderes políticos de los países occidentales pronto olvidarán las arengas apasionadas pronunciadas por Cristina en la ONU y otros foros. Sin embargo, aun cuando las atribuyan a características personales que su sucesor con toda seguridad no compartirá, no podrán sino entender que la Argentina seguirá siendo un país en el que sectores amplios serán proclives a interpretar de la misma manera los acontecimientos mundiales más impactantes. Por cierto, sería un error culpar sólo a Cristina por las excentricidades costosas de nuestra política exterior reciente. Aunque es de prever que el gobierno próximo procure “normalizarla” con el propósito de reparar las relaciones con los países que, al fin y al cabo, continuarán dominando por mucho tiempo más las estructuras financieras y económicas internacionales, el temor a que en cualquier momento un gobierno en apuros recaería en la tentación tradicionalmente fuerte de adoptar una actitud desafiante hacia Estados Unidos y Europa seguirá incidiendo en la imagen nada positiva de la Argentina como un país crónicamente difícil, y por tal razón poco confiable.


Parecería que el gobierno norteamericano no se siente demasiado preocupado por el “riesgo” que, según el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, corre la relación diplomática con la Argentina a causa de la presunta presencia en el estado de Florida del exespía de la ex-SIDE, Antonio “Jaime” Stiuso, un personaje que se ha visto convertido en el malo más siniestro de la película kirchnerista. Aunque la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acusa a la superpotencia de brindar protección al hombre que, durante años, fue uno de los operadores principales de Néstor Kirchner y ella misma, pero que cayó en desgracia luego de la muerte del fiscal Alberto Nisman, las autoridades estadounidenses se han mostrado reacias a tomar el asunto en serio. Tampoco les ha conmovido la voluntad de Cristina de comparar aquel memorándum de entendimiento con el régimen teocrático iraní, que en opinión a Nisman y muchos otros sólo serviría para “encubrir” a los eventuales autores intelectuales del atentado contra la sede de la AMIA, con los esfuerzos de su homólogo norteamericano, Barack Obama, por alcanzar un acuerdo con Teherán en materia nuclear; además de insinuar nuevamente, en el discurso que pronunció ante la Asamblea General de la ONU, que Washington estaría detrás del Estado Islámico y dejar saber que le motivaba sospechas el “despliegue casi cinematográfico” de las “escenas espantosas” protagonizadas por los yihadistas. No es la primera vez que Cristina ha tratado así al gobierno norteamericano en foros internacionales sin provocar ninguna reacción oficial por parte de la Casa Blanca, pero debería preocuparle que, en Estados Unidos, los únicos que encuentran creíbles sus teorías conspirativas acerca de los hipotéticos vínculos de Obama con el fundamentalismo islámico sean militantes de la ultraderecha convencidos de que el presidente de su país es en verdad un yihadista musulmán. No es ningún secreto que la actitud del candidato presidencial oficialista, Daniel Scioli, frente a Estados Unidos difícilmente podría ser más diferente que la reivindicada por Cristina. Por razones pragmáticas y también porque nunca ha comulgado con el “relato” setentista, el gobernador bonaerense se afirma resuelto a mejorar enseguida la relación con Washington e incluso da a entender que estaría dispuesto a negociar con los fondos buitre para que el país por fin acceda a los mercados de capitales internacionales. Desde el punto de vista de Scioli, es sin duda una suerte que los funcionarios norteamericanos hayan optado por pasar por alto la hostilidad manifiesta de Cristina hacia su país, pero no le sería fácil mantener su postura en el caso de que la señora le pidiera hacer del antinorteamericanismo uno de los temas principales de su campaña proselitista. Un motivo, uno de muchos, por el que Scioli se niega a participar de debates públicos con los otros candidatos presidenciales es que no le gustaría para nada sentirse constreñido a defender el acercamiento del gobierno actual a los de Venezuela, Cuba y hasta Irán, y el alejamiento resultante de Estados Unidos y los miembros más importantes de la Unión Europea. Tanto Scioli como Mauricio Macri y Sergio Massa parecen convencidos de que los líderes políticos de los países occidentales pronto olvidarán las arengas apasionadas pronunciadas por Cristina en la ONU y otros foros. Sin embargo, aun cuando las atribuyan a características personales que su sucesor con toda seguridad no compartirá, no podrán sino entender que la Argentina seguirá siendo un país en el que sectores amplios serán proclives a interpretar de la misma manera los acontecimientos mundiales más impactantes. Por cierto, sería un error culpar sólo a Cristina por las excentricidades costosas de nuestra política exterior reciente. Aunque es de prever que el gobierno próximo procure “normalizarla” con el propósito de reparar las relaciones con los países que, al fin y al cabo, continuarán dominando por mucho tiempo más las estructuras financieras y económicas internacionales, el temor a que en cualquier momento un gobierno en apuros recaería en la tentación tradicionalmente fuerte de adoptar una actitud desafiante hacia Estados Unidos y Europa seguirá incidiendo en la imagen nada positiva de la Argentina como un país crónicamente difícil, y por tal razón poco confiable.

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