Cristina y sus gurús
Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, “es una locura calificar a la deuda de la Argentina, con la voluntad y capacidad de pago que hemos demostrado, como más riesgosa que la deuda española”. ¿Lo es? Si sólo fuera cuestión de las estadísticas oficiales actuales, la extrañeza manifestada por la presidenta podría justificarse, pero mal que le pese, a los acreedores y a quienes procuran medir los riesgos enfrentados por los inversores en distintos países, les importan menos las instantáneas que cómo a su juicio seguirá la película. Con razón o sin ella, se ha difundido el consenso de que el futuro económico de la Argentina dista de ser tan promisorio como parecen creer Cristina y, si bien se limitó a desearnos “suerte”, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, el que hace un par de días visitó nuevamente Buenos Aires para hablar, flanqueado por la presidenta, acerca de “políticas para superar la crisis de endeudamiento soberano”, en que se ensañó con los dirigentes de la Unión Europea. Stiglitz, acompañado por otro economista laureado por los académicos suecos, Paul Krugman, está librando una batalla ideológica furiosa contra la austeridad preconizada por el gobierno alemán y a favor de medidas keynesianas en escala planetaria. Aunque hay economistas igualmente ilustres que opinan de modo diferente, por motivos comprensibles los “indignados” por la crisis que está asolando la mayoría de los países ricos, entre ellos Cristina, prefieren los puntos de vista de estrellas internacionales que se afirman contrarias a los ajustes. Bien que mal, hasta ahora la prédica en tal sentido de Stiglitz y Krugman no ha prosperado debido a la resistencia de la mayoría de los alemanes a encargarse de las deudas de los países del “Club Mediterráneo”. Es verdad que, como señala Stiglitz, en la actualidad lucen sombrías las perspectivas inmediatas ante España, el país que Cristina ha elegido como el símbolo máximo de la ineptitud “neoliberal” y que cree merecedor de sus dardos más hirientes. Sin embargo, convendría recordar que los españoles están luchando para conservar un nivel de vida que, en términos del poder adquisitivo per cápita, sigue siendo más de dos veces más alto que el nuestro y que no disfrutan de la libertad de acción que les supondría contar con una moneda propia. Con todo, esto no quiere decir que sean más brillantes las perspectivas ante la Argentina. Si bien puede tomarse por una ventaja el hecho de que el grueso de la población se haya acostumbrado a ingresos que son llamativamente inferiores a los considerados tolerables en Europa, y también a servicios públicos que son notoriamente deficientes, parecería que en su conjunto el empresariado local comparte el pesimismo de las denostadas agencias calificadoras de deuda porque, en los meses últimos, la tasa de inversión se ha desplomado de manera estrepitosa. Para que se recupere, Cristina tendría que restaurar confianza en la capacidad de su gobierno para solucionar una serie de problemas muy graves, lo que, por desgracia, requeriría algo más que diatribas contra el “capitalismo de casino” o lo perversos que a su entender son los banqueros. Como saben muy bien Stiglitz, Krugman y otros que en ocasiones aprovechan el crecimiento macroeconómico de la Argentina en los años que siguieron al default para denunciar los errores que a su juicio están cometiendo los europeos, estamos jugando en otra liga. Por ser la Argentina un país relativamente pobre conforme a las pautas del mundo desarrollado, la ciudadanía es menos exigente que la española, portuguesa, italiana o griega. Por lo demás, a diferencia de países que dependen casi por completo de la productividad de la industria y la calidad de los servicios, aquí abundan los recursos naturales. En los años últimos el campo, sobre todo la parte supuesta por el complejo sojero, ha aportado una cantidad enorme de dinero gracias a la suba espectacular de los precios de los commodities. Si los países del sur de Europa tuvieran la misma suerte geológica, no les sería del todo difícil salir de la trampa en que se han precipitado pero, claro está, no disponen de dicha alternativa, razón por la que se ven obligados a elegir entre abandonar la Eurozona y procurar igualar la productividad de sus vecinos del norte, desafío éste que, por fortuna, la Argentina no ha tenido que enfrentar.
Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, “es una locura calificar a la deuda de la Argentina, con la voluntad y capacidad de pago que hemos demostrado, como más riesgosa que la deuda española”. ¿Lo es? Si sólo fuera cuestión de las estadísticas oficiales actuales, la extrañeza manifestada por la presidenta podría justificarse, pero mal que le pese, a los acreedores y a quienes procuran medir los riesgos enfrentados por los inversores en distintos países, les importan menos las instantáneas que cómo a su juicio seguirá la película. Con razón o sin ella, se ha difundido el consenso de que el futuro económico de la Argentina dista de ser tan promisorio como parecen creer Cristina y, si bien se limitó a desearnos “suerte”, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, el que hace un par de días visitó nuevamente Buenos Aires para hablar, flanqueado por la presidenta, acerca de “políticas para superar la crisis de endeudamiento soberano”, en que se ensañó con los dirigentes de la Unión Europea. Stiglitz, acompañado por otro economista laureado por los académicos suecos, Paul Krugman, está librando una batalla ideológica furiosa contra la austeridad preconizada por el gobierno alemán y a favor de medidas keynesianas en escala planetaria. Aunque hay economistas igualmente ilustres que opinan de modo diferente, por motivos comprensibles los “indignados” por la crisis que está asolando la mayoría de los países ricos, entre ellos Cristina, prefieren los puntos de vista de estrellas internacionales que se afirman contrarias a los ajustes. Bien que mal, hasta ahora la prédica en tal sentido de Stiglitz y Krugman no ha prosperado debido a la resistencia de la mayoría de los alemanes a encargarse de las deudas de los países del “Club Mediterráneo”. Es verdad que, como señala Stiglitz, en la actualidad lucen sombrías las perspectivas inmediatas ante España, el país que Cristina ha elegido como el símbolo máximo de la ineptitud “neoliberal” y que cree merecedor de sus dardos más hirientes. Sin embargo, convendría recordar que los españoles están luchando para conservar un nivel de vida que, en términos del poder adquisitivo per cápita, sigue siendo más de dos veces más alto que el nuestro y que no disfrutan de la libertad de acción que les supondría contar con una moneda propia. Con todo, esto no quiere decir que sean más brillantes las perspectivas ante la Argentina. Si bien puede tomarse por una ventaja el hecho de que el grueso de la población se haya acostumbrado a ingresos que son llamativamente inferiores a los considerados tolerables en Europa, y también a servicios públicos que son notoriamente deficientes, parecería que en su conjunto el empresariado local comparte el pesimismo de las denostadas agencias calificadoras de deuda porque, en los meses últimos, la tasa de inversión se ha desplomado de manera estrepitosa. Para que se recupere, Cristina tendría que restaurar confianza en la capacidad de su gobierno para solucionar una serie de problemas muy graves, lo que, por desgracia, requeriría algo más que diatribas contra el “capitalismo de casino” o lo perversos que a su entender son los banqueros. Como saben muy bien Stiglitz, Krugman y otros que en ocasiones aprovechan el crecimiento macroeconómico de la Argentina en los años que siguieron al default para denunciar los errores que a su juicio están cometiendo los europeos, estamos jugando en otra liga. Por ser la Argentina un país relativamente pobre conforme a las pautas del mundo desarrollado, la ciudadanía es menos exigente que la española, portuguesa, italiana o griega. Por lo demás, a diferencia de países que dependen casi por completo de la productividad de la industria y la calidad de los servicios, aquí abundan los recursos naturales. En los años últimos el campo, sobre todo la parte supuesta por el complejo sojero, ha aportado una cantidad enorme de dinero gracias a la suba espectacular de los precios de los commodities. Si los países del sur de Europa tuvieran la misma suerte geológica, no les sería del todo difícil salir de la trampa en que se han precipitado pero, claro está, no disponen de dicha alternativa, razón por la que se ven obligados a elegir entre abandonar la Eurozona y procurar igualar la productividad de sus vecinos del norte, desafío éste que, por fortuna, la Argentina no ha tenido que enfrentar.
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