Crónica de una obsesión literaria
“El abrigo de Proust” narra la historia de Jacques Guérin y su búsqueda de los objetos del escritor francés
Una rara historia de familia define la escritora italiana Lorenza Foschini a “El abrigo de Proust”, un libro donde describe la “obsesión literaria” de Jacques Guérin, un magnate parisino de los perfumes en su tarea de rescatar los efectos personales del autor de “En busca del tiempo perdido”, incluso su viejo abrigo de piel de nutria. “Y allí, delante de mí, está el abrigo. Acomodado al fondo de la caja, apoyado delicadamente encima de una gran hoja de papel como sobre un sudario, rígido por el relleno; (…) No puedo resistirme y acaricio suavemente la lana color gris tórtola, descosida y raída en los dobladillos”, escribe la autora sobre esa prenda que dispara una crónica verdadera, recién publicada por Impedimenta. “Mientras reconstruía los pasajes, leía las cartas y conocía más de cerca a las personas que habían participado en esta historia, descubrí la importancia que revisten los detalles mínimos: los objetos sin valor, los muebles de gusto dudoso, hasta los viejos abrigos descosidos. Las cosas más comunes, de hecho, pueden revelar escenarios de inusitada pasión”, advierte Foschini al lector. Y cuenta como surgió la idea del libro –traducido por Hugo Beccacece e ilustrado con fotografías de Proust y su familia– a partir de una entrevista que le realizó a Piero Tosi, el célebre diseñador de vestuario que trabajo para Luchino Visconti, quien a principios de los años 70 le había pedido de viajar a París para preparar una adaptación al cine de “En busca del tiempo perdido”. Aunque el proyecto terminó por ser abandonado, Tosi logró contactarse con un coleccionista de manuscritos de Proust, que resultó ser Jacques Guérin y a su vez éste -a raíz de un ataque de apendicitis– fue operado por el hermano del escritor, Robert Proust. Y así tomó contacto con los manuscritos de Marcel. Con los años, Guérin totalmente obsesionado por los objetos que pertenecieron al escritor encontró y fue adquiriendo los muebles de la habitación –donadas al Museo Carnavalet- y el famoso abrigo “que solía servirle de manta cuando escribía de noche en su cama”. En el relato, se entremezclan historias secundarias como la fascinación que sobre Violette Leduc ejerció Guérin, cuya homosexualidad no fue razón para convertirse en el amor imposible de la escritora francesa, y cómo alternó el oficio de perfumista con su verdadera pasión por coleccionar manuscritos antiguos. En el caso de Guérin, a los dieciocho años hizo su primera compra: una rara edición original de “L`heresiasque”, de Guillaume Apollinaire, y otros manuscritos por apenas cien francos de la época. Y también tenía del poeta un retrato que Picasso le había hecho en el frente italiano, durante la Primera Guerra. De casualidad en una librería, un día de 1935, Guérin se enteró de que acababan de dejar unas pruebas corregidas a mano y unas cartas de Marcel Proust escritas de puño y letra. Será la punta del ovillo de donde surgirán varios hallazgos: entre ellos la biblioteca y el escritorio de monsieur Proust. En simultáneo a la búsqueda, el coleccionista fue descubriendo secretos familiares por medio de los objetos, una historia de desencuentros entre los hermanos, el encono y el rencor de la mujer de Robert Proust (Marthe Dubois- Amiot) con su marido y con el escritor. A través de monsieur Werner, el que dejó los manuscritos de Proust en la librería, el coleccionista fue de a poco obteniendo más cosas. De una vieja sombrerera, cual caja de Pandora Guérin extrajo cartas de Jean Cocteau, de Gide, de Robert de Montesquiou, de Reynaldo Hahn (su gran amor y luego amigo íntimo), de Anne de Noailles, fotografías, borradores y unos pocos libros. Como persona de confianza de Marthe, Werner lo llevó finalmente a Guérin a su depósito y allí estaban la cama de latón de Proust, los accesorios de tocador en ébano, la alfombra del dormitorio, su alfiler de corbata en coral y la medalla de la Legión de Honor del “que se sentía tan orgulloso”, acota Foschini. (Télam).
El abrigo que recuperó el millonario está en el Museo Carnavalet.