Cuando el frío se olvida

Por Redacción

La nieve cae lenta. Invoca el silencio en el bosque de pehuenes. Y cuando es tanta se desprende de una rama. Hojas triangulares, coriáceas. La nieve desliza. Miles de años de evolución, en cada hoja y cada rama, para que la nieve se desprenda y cada rama vuelva a su lugar. La nieve cae lenta. La búsqueda. Sobrevivir. El frío. La belleza helada, de un resplandor inmutable, transforma el bosque en una fotografía en blanco y negro. El bosque de incontables inviernos. Una memoria desde el pasado, cuando los habitantes de los pehuenales los recorrían con sus maullos, construidos con cañas y tientos de cuero. No había fronteras, solo el bosque y las montañas. La nieve escondiendo todo en el blanco. La nieve cae lenta. Caminar. Ver. Evocar esa búsqueda… ¿alimento, abrigo, descubrir? En las áreas nevadas de nuestro planeta, o en las regiones circunpolares, sus habitantes no resistieron la pulsión de descubrir. No, no sólo es la búsqueda de alimento. La pulsión empuja fuera, a la nieve. A lo desconocido. Y dejar el cómodo calor del refugio detrás. La nieve, la nieve como una pluma, cae lenta. Cristales de geometría perfecta. Los ojos por segundo también lo son. Es la emoción de la belleza perfecta. Los ojos brillan. Vuelve a suceder. Se olvida el frío. Se olvida el refugio. La única atención esta en lo que vemos. El bosque. Silencio. Sólo nos empuja la pulsión renovada de descubrir.

María Alejandra Mazza amuleikuref@gmail.com