Cuando la sangre goteaba del techo
La Tercera Brigada de Comandos de Infantería de Marina de Gran Bretaña al mando del general Julian Thompson fue la punta de lanza del desembarco inglés en San Carlos durante la Guerra de Malvinas. Junto con la Quinta Brigada de Paracaidistas formaron la fuerza terrestre de 7.000 efectivos con que Inglaterra luchó en suelo isleño. Concluido el fiero combate de Prado del Ganso, ambas brigadas convergieron sobre Puerto Argentino. El avance fue duro. Cuando la batalla orillaba las dos semanas de duración, Thompson recibió la orden de arremeter a todo o nada sobre la capital isleña. Pero el 14 de junio, en el mayor acto de sensatez que tuvo el mando argentino a lo largo de esa estúpida guerra, llegó la rendición. Thompson y sus fatigados infantes entraron al poblado. Desorden. Tensión. Precaución. “La guerra es caos y en ella triunfan los que mejor manejan el caos”, le dijo en una oportunidad el general inglés a la periodista argentina María Laura Avignolo. En medio de ese escenario, Thompson contacta con el Comando 42, unidad perteneciente a su brigada y que tuvo un papel descollante en la contienda. Llegaban desde el interior de las islas. En su libro “No picnic” el general británico cuenta: “Les dije que siguieran hasta el extremo oeste del pueblo. Se instalaron en el viejo hangar de los hidroaviones y una gran construcción frente a él. El hangar destinado a la Compañía L tenía todo el aspecto de un matadero, tras haber sido usado por los argentinos como hospital de campaña y depósito de cadáveres. Los miembros amputados habían sido arrojados al techo de un pequeño tinglado en un rincón del hangar, cosa que descubrieron los hombres de la Compañía L cuando los charcos de sangre congelada empezaron a fundirse y a gotear sobre ellos tan pronto encendieron los braseros para darse algún calor. El soldado argentino muerto que descansaba sobre una camilla rodante fue llevado fácilmente lejos de allí”.
La Tercera Brigada de Comandos de Infantería de Marina de Gran Bretaña al mando del general Julian Thompson fue la punta de lanza del desembarco inglés en San Carlos durante la Guerra de Malvinas. Junto con la Quinta Brigada de Paracaidistas formaron la fuerza terrestre de 7.000 efectivos con que Inglaterra luchó en suelo isleño. Concluido el fiero combate de Prado del Ganso, ambas brigadas convergieron sobre Puerto Argentino. El avance fue duro. Cuando la batalla orillaba las dos semanas de duración, Thompson recibió la orden de arremeter a todo o nada sobre la capital isleña. Pero el 14 de junio, en el mayor acto de sensatez que tuvo el mando argentino a lo largo de esa estúpida guerra, llegó la rendición. Thompson y sus fatigados infantes entraron al poblado. Desorden. Tensión. Precaución. “La guerra es caos y en ella triunfan los que mejor manejan el caos”, le dijo en una oportunidad el general inglés a la periodista argentina María Laura Avignolo. En medio de ese escenario, Thompson contacta con el Comando 42, unidad perteneciente a su brigada y que tuvo un papel descollante en la contienda. Llegaban desde el interior de las islas. En su libro “No picnic” el general británico cuenta: “Les dije que siguieran hasta el extremo oeste del pueblo. Se instalaron en el viejo hangar de los hidroaviones y una gran construcción frente a él. El hangar destinado a la Compañía L tenía todo el aspecto de un matadero, tras haber sido usado por los argentinos como hospital de campaña y depósito de cadáveres. Los miembros amputados habían sido arrojados al techo de un pequeño tinglado en un rincón del hangar, cosa que descubrieron los hombres de la Compañía L cuando los charcos de sangre congelada empezaron a fundirse y a gotear sobre ellos tan pronto encendieron los braseros para darse algún calor. El soldado argentino muerto que descansaba sobre una camilla rodante fue llevado fácilmente lejos de allí”.
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