Cuando Río Negro quiso ser

Redacción

Por Redacción

JORGE CASTAÑEDA (*)

Río Negro, como todos los pueblos del mundo, tiene una historia particular que debemos apreciar en el contexto de una tierra fantástica y legendaria como lo es la región patagónica. El espacio insumiso, la estepa que se diferencia del desierto por los obstáculos que impone y la rigurosidad del clima, la cosmovisión de los pueblos preexistentes y los que antes de ellos dejaron la impronta de sus manos en la oquedad de las cavernas, el viento inclemente, las nevadas recurrentes; en síntesis: la tierra que al decir de Antoine de Saint Exupéry resiste al hombre que se atreve a medirse con ella. Tierra temeraria y de exploradores febriles que la recorrieron con ojos asombrados, de frailes ansiosos por encontrar la Ciudad de los Césares, de bandoleros que se cobijaron en ella e impusieron su propia ley a punta de pistola, de buscadores de oro en el más remoto confín de los confines, de caciques que fueron verdaderos Demóstenes con vincha creando un imperio de lanzas jamás visto, de reyes autoproclamados señores de la Araucanía, de pioneros e inmigrantes, de grandes sueños y mejores esfuerzos. Y en el marco de la “década infame” los más infames aun “territorios nacionales” con ciudadanos de cuarta, olvidados en la extensión más sola parida en el mundo. Y Río Negro no escapó a ese contexto. Pobre región glosada con el ojo atento de Roberto Arlt cuando escribió sus aguafuertes patagónicas. Sin embargo algunos pioneros marcaron con su visión de futuro la conformación de un Estado pujante basado en el trabajo y la producción, sabiendo que era necesario despertar los enormes recursos dormidos para ser una tierra digna de ser vivida. Así el escritor Blasco Ibáñez funda la frustrada colonia Cervantes (en homenaje al autor del Quijote) con sus colonos valencianos, también el padre Stefenelli comienza con la siembra de alfalfa su escuela agrícola tal como lo había soñado años antes en la ciudad de Turín y el geólogo norteamericano Bailey Willis cristaliza el tendido del entonces llamado Ferrocarril del Sud. Todos inmigrantes. Y de ellos junto a otros visionarios podemos decir que de la nada hicieron todo. Porque había una voluntad férrea de ser, una necesidad visceral de construir el futuro desde el presente, de soñar para las nuevas generaciones un progreso que los trascendería holgadamente. Para ellos “crear la provincia sería crearse a sí mismos”. ¿Y la dirigencia política? Excepto dos claras excepciones, ajena al latir de los tiempos y cuando no perdida en pobres disputas de gallinero. Si miramos atentamente las gestiones que nos han precedido, debemos destacar con letras mayúsculas al ingeniero Adalberto T. Pagano, a la sazón gobernador de nuestro territorio nacional, pero que unió a su pensamiento de desarrollo la acción de un gobierno que sembró de obras casi toda la extensión de su geografía e implementó por primera vez planes a mediano y largo plazo, con una minuciosidad que sorprende digna de toda admiración. Una vez podemos decir de este hombre esclarecido que de la nada hizo casi todo. Su responsabilidad, su fuerza moral y su honestidad debieran ser tomadas como ejemplo de gobernante sin renunciamientos ni instintos rampantes de politiquería de traspatio. Años después, por primera vez un gobierno democrático accede en 1973 al poder y nuevamente la historia que es veleidosa elige a Mario Franco y un puñado de hombres que retoman aquella línea programática de desarrollo, concretando algunas obras comenzadas por el gobernador interventor general Roberto Requeijo y poniendo en marcha una gestión nunca superada por otras administraciones, siendo por ejemplo su política sanitaria una de las mejores del país por muchos años. Supo don Mario que se debía recuperar esa visión de los pioneros y armar una provincia rica y pujante en todos sus perfiles, correspondiendo a sus inmensos recursos naturales y estratégicos. Otra vez teniendo casi nada hicieron mucho, pero lamentablemente con el golpe de Estado del 76 se vulneraron las aspiraciones de convertirnos en una gran provincia porque no sólo no hubo continuidad sino que destruyó de manera deliberada lo que tanto había costado poner en marcha. Y vale redundar: de nada hicieron todo. Hoy sin embargo pareciera que teniéndolo todo nuestra dirigencia es impotente para hacer nada: lucha de facciones, idas y vueltas, cambios de gabinete, minucias desgastantes. Al decir de Abel Posse podemos acotar que “se aprecia una ineptitud para la inteligencia cotidiana, desviando hacia el vacío de una democracia sin república, no participativa. Y a una libertad sin responsabilidad cívica, sin civismo. La política se ha transformado en un carrerismo casi deportivo cuya meta es el poder (o mejor, el puesto público) sin que exista dirección moral, programática, patriótica. Y estamos acostumbrados a ver a los políticos como protagonistas de una eterna, frívola, cuadrera electoral con todas las astucias y las picardías de los pura sangre de provincias”. Es posible pensar un Río Negro distinto, como aquel que forjaron los pioneros que de la nada hicieron todo. Estamos a tiempo. Podemos encontrarnos a pesar de nuestras diferencias, porque si alguna vez Río Negro quiso ser hoy nos ofrece otra oportunidad que no debemos desperdiciar. (*) Escritor. Valcheta


JORGE CASTAÑEDA (*)

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