Cuesta abajo
La estrategia política gubernamental se basa en el presupuesto de que la imagen de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es, por un margen muy amplio, más atractiva que la de cualquier otro político, pero a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión que se han difundido, mucho ha cambiado desde octubre del año pasado cuando consiguió el 54% de los votos y, por algunas semanas, tuvo un índice de aprobación superior al 60%. Según los sondeos más recientes, Cristina, con apenas el 30% de imagen positiva, se ve aventajada en este ámbito tan significante no sólo por el gobernador bonaerense Daniel Scioli, como casi siempre ha sido el caso, sino también por el intendente de Tigre, Sergio Massa, y el socialista santafesino Hermes Binner, mientras que le pisan los talones el radical Ricardo Alfonsín y el gobernador cordobés José Manuel de la Sota. Puede que sólo sea cuestión de un repliegue pasajero y que, merced menos a sus propios méritos que a las deficiencias de los dirigentes opositores, la presidenta pronto recupere el terreno perdido, pero así y todo la caída de su imagen debería ser motivo de viva preocupación para un gobierno que “va por todo” y que se ha acostumbrado a actuar como si contara con el apoyo entusiasta de la mayoría abrumadora de la población del país. En las semanas que siguieron a las elecciones presidenciales, tal actitud pudo considerarse realista; en la actualidad, no lo es en absoluto. De ser la Argentina un país de instituciones fuertes, la pérdida de popularidad de la mandataria no presagiaría una crisis, ya que el gobierno, consciente de la necesidad de modificar su conducta, se adaptaría sin demasiadas dificultades a las nuevas circunstancias, además de resignarse a la posibilidad de que sea derrotado en las próximas elecciones legislativas, percance éste que es normal en todos los países democráticos. Sin embargo, resulta evidente que a los kirchneristas no les gusta para nada la idea de que les convendría intentar congraciarse con quienes les están dando la espalda. Lejos de mostrarse dispuestos a procurar aliarse con aquellas agrupaciones opositoras que, en términos generales, comparten sus preferencias ideológicas, han optado por asumir posturas cada vez más sectarias y combativas, de ahí las embestidas contra Scioli, De la Sota y, desde luego, el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri. Al darse cuenta de que resultaban contraproducentes los intentos de desestabilizar a tales rivales en potencia de Cristina, privándolos de los fondos que según las reglas supuestamente vigentes les correspondían, los kirchneristas decidieron declarar una especie de tregua unilateral, pero ya habían dejado sentado que estaban más interesados en destruir a sus adversarios que en tratar de solucionar los problemas de sus respectivos distritos. Puesto que últimamente tales problemas se han agravado, tarde o temprano el gobierno tendrá que pagar los costos políticos que le ha supuesto su agresividad excesiva. No cabe duda de que ha contribuido mucho al deterioro muy rápido de la imagen de Cristina la impresión difundida de que el gobierno que encabeza, el que está en vías de ser colonizado por una horda de “militantes” que son más notables por su fervor proselitista y su oportunismo que por su eventual capacidad administrativa, se ha habituado a subordinar todo a “la política”, ya que son otras las prioridades del grueso de la ciudadanía. Por razones comprensibles, a la mayoría le importan mucho más la inseguridad, la inflación, la falta creciente de bienes de consumo importados, el inicio de una recesión que parece destinada a prolongarse y a profundizarse en los meses próximos, el aumento gradual pero ominoso del desempleo y la sensación de que el país ya ha entrado en una fase regresiva de la que le será sumamente difícil salir, que las intrigas internas o las disquisiciones en torno al “relato” que tanto fascinan a los “soldados” de la presidenta y, según parece, a la presidenta misma. Por lo demás, los esfuerzos de Cristina por comunicarse directamente con la gente, apropiándose con frecuencia creciente de la cadena nacional de radio y televisión con el propósito de mantenernos informados acerca de sus gustos y su estado de ánimo, sólo han servido para llamar la atención a la brecha que la separa del resto de la población y que, según parece, continuará ampliándose.