Dar de nuevo
Las internas partidarias plantean a los políticos un desafío que es sumamente difícil, porque si bien los obligan a competir vigorosamente contra sus rivales no pueden olvidar que sólo se trata de una suerte de disputa familiar que será seguida por una reconciliación pública. Aunque los ex ministros Domingo Cavallo y Gustavo Beliz encabezan sus propios partidos, a su modo ocupan el mismo espacio político de forma que es natural que hayan cerrado filas frente al candidato aliancista a la jefatura del gobierno porteño, Aníbal Ibarra. Lo que no fue natural del todo, en cambio, fueron los intercambios virulentos que protagonizaron antes de decidir integrar una fórmula común encabezada por quien triunfe en una novedosa «votación electrónica» a celebrarse muy pronto. De los dos, el que más cargó las tintas para descalificar a su rival fue sin duda alguna Beliz, pero parecería que Cavallo ha sabido perdonarle sus exabruptos. Con todo, es poco probable que la ciudadanía sea tan tolerante: en vez de felicitarlos por su capacidad para reconciliarse, bien podría condenarlos por su escasa sinceridad.
En teoría, Cavallo debería poder imponerse a Beliz en esta imprevista interna. Además de liderar en todas las encuestas, es un peso pesado con una reputación internacional envidiable y es considerado un administrador eficaz, mientras que el ex titular de Interior es un joven promisorio que sencillamente no figura en la misma categoría. Sin embargo, no existe garantía alguna de que los resultados reflejen el status relativo de los contrincantes. Por el contrario, es más que posible que Beliz, ayudado por la Alianza que por razones evidentes lo preferiría como rival antes que a Cavallo, y por los menemistas que lo detestan un poco menos que al ex superministro, consiga movilizar una cantidad suficiente de votos «electrónicos» como para salir airoso. Por supuesto, Cavallo afirma que en tal caso se conformaría con ser candidato a vicejefe y es de suponer que cumpliría, pero cuesta creer que un hombre como él que tiene los ojos puestos en la presidencia de la República se resignara a competir por un cargo en gran medida decorativo.
Para los peronistas, la fórmula Cavallo-Beliz o Beliz-Cavallo constituye un dolor de cabeza, porque si bien ambos formaron parte del gobierno del presidente Carlos Menem los dos han hecho de la «lucha contra la corrupción» su bandera principal. Sin embargo, con la excepción de una minoría obstinada, los más entienden muy bien que los «traidores» y «buchones» son los únicos que podrían sorprender a la Alianza, razón por la cual la candidatura del hipermenemista Daniel Scioli les resultaría contraproducente porque sólo serviría para fortalecer al oficialismo. Para quienes han hecho del odio a Cavallo una causa irrenunciable tal detalle carecería de importancia, pero no puede sino impresionar a figuras como el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf que quisieran que lo que después de todo es su propio partido desempeñara algún papel en la Capital Federal.
De no haberse producido la ruptura malhumorada entre Cavallo y Beliz el año pasado, el equipo que acaban de reconformar tendría una buena posibilidad de triunfar en las elecciones capitalinas: Ibarra es un candidato respetable pero sin «carisma» y de todos los habitantes del país los porteños han sido los más golpeados por el «impuestazo» ordenado por el ex jefe del gobierno local. Tal como están las cosas, empero, el hombre de la Alianza lleva todas las de ganar. No hay diferencias ideológicas significantes entre Cavallo y Beliz, pero esto no quiere decir que sus respectivos electorados puedan sumarse sin problemas: si ello sucediera, las perspectivas ante la fórmula que formen serían muy buenas, pero, demás está decirlo, hoy en día todos los dirigentes serios son centristas de manera que las ideologías no tienen la misma importancia que en otras épocas. Lo que cuenta son personalidades e «imágenes», razón por la cual se dan cavallistas que serían reacios a votar por Beliz y seguidores de éste que nunca jamás apoyarían a Cavallo.