Slim, un Midas contemporáneo

Datos poco conocidos sobre el magnate que entró a YPF y sus tácticas para hacer fortuna.

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Hace unos días se publicaron datos sobre una compra efectuada por Carlos Slim de acciones de YPF que estaban en poder de bancos acreedores del grupo Eskenazi por un monto de 330 millones de dólares. La propia presidenta manifestó en el exterior su complacencia por lo que interpretó como el ingreso del magnate mexicano en la empresa petrolera nacional. Se hizo trascender que fuentes propias del adquirente habían señalado su confianza en la Argentina y su satisfacción por “una inversión de largo plazo en una de las empresas más relevantes del sector en América Latina”. Los diarios se hicieron eco generoso de la novedad y la complementaron con datos presentados intencionadamente en algunos, como el de que el padre del ministro Abal Medina, que está radicado en México, es el principal asesor de Slim para América Latina, que esto viene cocinado desde tiempo y que los depósitos de shale gas de Neuquén (lo del “largo plazo”) no son ajenos a la movida. Como para que el asunto se parezca a un gato negro en una pieza oscura, hubo después una desmentida de un hijo de Slim acerca de que se haya tratado de una real inversión en YPF ni de un ingreso formal en la empresa. Vayamos a nuestro tema, que es el personaje. Se trata de un potentado que con sus 74.000 millones de dólares ha llegado al puesto más alto en el ranking de los multimillonarios del mundo y que es titular de un currículum con varios aspectos extraordinarios. Uno de ellos es que el Midas contemporáneo no es un estadounidense sino un mexicano. Otro es la velocidad con que en ocasiones creció su fortuna; por ejemplo, en un solo año, el 2010, su capital aumentó en 20.000 millones de dólares. Semejantes maravillas despertaron olas desde el principio. Por un lado, críticas y repulsa de sus adversarios ideológicos y políticos de su país que lo acusan, entre otras lindezas, de cómplice del expresidente Salinas y corruptor endémico. Por otro lado, una masiva publicidad laudatoria sobre sus conquistas y méritos de filántropo en biografías escritas por profesionales de la pluma y expertos en publicidad. Todas estas cosas, las de acá y las de allá, son sólo referenciales, ajenas a nuestro interés. A nosotros nos interesan, en particular porque son lo menos conocido y lo menos vidrioso para una consideración responsable, solamente las opiniones que reflejan la curiosidad de los medios norteamericanos, quizá un poco molestos por un mexicano que supera a sus monstruos financieros. Veamos algunas. En la revista “Forbes” se publicó hace un tiempo una nota que informaba de controversias sobre la fortuna de Slim, “ya que ha logrado amasarla en un país donde el ingreso por cabeza es de 6.800 dólares en el año y donde la mitad de su población vive en la pobreza”. En la muy seria “The New Yorker”, Lawrence Wright, un ganador del Pulitzer en el 2007, citó la reflexión de un prominente banquero que decía que en su país había dos formas de ver al potentado. Una, como brillante hombre de negocios; otra, como un intimidador que había hecho mucho daño a México. Otro juicio sobre el personaje expresaba que Slim era “un producto del sistema hasta un día en que el sistema se convirtió en producto de él”. En un libro de Acemoglu & Robinson que nos ocupó hace poco hay un título (“Making a Billion or Two”) seguramente elaborado por su coautor James A. Robinson, Professor of Government en Harvard y especializado en América Latina, y un análisis sobre la trayectoria de Carlos Slim a propósito de los contrastes que halla entre las instituciones de Estados Unidos y las de México y su relación con las suertes empresariales suyas y las de Bill Gates. Recuerda que este último, fundador de una de las más innovativas empresas tecnológicas, no pudo parar al US Department of Justice en sus acciones contra Microsoft Corporation en mayo de 1998 por abuso de poder monopólico, particularmente cuando había ligado su navegador Internet Explorer a su sistema operativo Windows. Tan pronto como en 1991, la Federal Trade Commission lanzó una investigación sobre si Microsoft estaba abusando de monopolio en sistemas operativos de PC. Hacia noviembre del 2001 a la poderosa Microsoft le cortaron las alas en el juicio y le impusieron la condigna multa. En México, Carlos Slim no hizo su plata con innovación. Ganó en la bolsa y en comprar empresas en crisis. Su golpe más grande fue la adquisición de Telmex, el monopolio mexicano de telecomunicaciones que fue privatizado por el presidente Salinas en 1990. Se anunció la intención de venta del 51% de las acciones con voto en septiembre 1989 y se recibieron ofertas meses después. Aunque Slim no hizo la más alta, su Grupo Corso ganó el concurso y, en lugar de pagar enseguida, Slim se manejó en postergar la efectivización usando los dividendos de la misma Telmex para pagar por el stock. Lo que era un monopolio público pasó a ser un monopolio privado. Las instituciones económicas que hicieron a Slim tienen barreras de entrada casi insuperables para negocios lucrativos a no ser que se disponga de amigos que alejen competidores. La diferencia entre esos dos escenarios está dada, por supuesto, por el hecho de a quién usted conoce y sobre quién puede influir. Carlos Slim, dice el texto, que es un hombre talentoso y ambicioso, proveniente de un relativamente modesto background de inmigrantes libaneses, ha sido un maestro en obtener contratos exclusivos; se las ha ingeniado para monopolizar el lucrativo mercado de telecomunicaciones en México y extender después su alcance al resto de América Latina. El monopolio de Telmex tuvo planteos de autoridades regulatorias que se explican en el trabajo pero que aquí –“brevitatis causa”– no referimos. Importa saber que siempre los difirió apelando al “recurso de amparo”, una argucia legislativa que viene de la Constitución de 1857 y que, en manos de Slim, se convirtió en una herramienta formidable para cementar poderes monopólicos. En los últimos párrafos de “Making a Billion or Two” se insiste en que el financista ha hecho su dinero en la economía mexicana en gran parte gracias a sus conexiones políticas. Cuando su Grupo incursionó en Estados Unidos en el negocio informático, casi inmediatamente violó, a fin de lograr el monopolio, el contrato firmado con una empresa americana. Pero ésta lo acusó judicialmente y, como no hay “amparos” en Dallas, se le aplicó una multa de 454 millones de dólares. Concluye: “Cuando Slim estuvo sujeto a las instituciones de Estados Unidos, sus tácticas usuales de hacer dinero no funcionaron”. (*) Doctor en Filosofía


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