De todos los tiempos

Redacción

Por Redacción

La Peña

Jorge Vergara jvergara@rionegro.com.ar

Las manos de mi madre parecen pájaros en el aire, historias de cocina entre sus alas heridas de hambre. Las manos de mi madre saben qué ocurre por las mañanas cuando amasa la vida horno de barro, pan de esperanza. Las manos de mi madre llegan al patio desde temprano. Todo se vuelve fiesta cuando ellas vuelan junto a otros pájaros. Junto a los pájaros que aman la vida y la construyen con el trabajo, arde la leña, harina y barro, lo cotidiano se vuelve mágico, se vuelve mágico. Las manos de mi madre me representan un cielo abierto y un recuerdo añorado trapos calientes en los inviernos. Ellas se brindan cálidas, nobles, sinceras, limpias de todo. ¿Cómo serán las manos del que las mueve gracias al odio? Eso dice la maravillosa letra del tema de Peteco Carabajal, que describe con magia, con una sabiduría enorme a su mamá, porque el tema está inspirado en su mamá y surgió a partir de una llegada a su casa un amanecer después de una noche de canto y guitarra. Según el relato, Peteco volvió de madrugada, cuando ya estaba dando pasos agigantados en su carrera. Lo esperaba su mamá en la puerta, con la misma preocupación que tendría si el que llegaba tarde era un niño o un adolescente. Pero Peteco ya era un hombre. Esa madrugada Peteco empezó a escribir uno de los mejores temas de su repertorio, reproducido por cientos de intérpretes a lo largo del país y del mundo. La descripción perfecta. Vista desde estos tiempos de madres profesionales, de tecnología que abruma, de madres fuera de la casa, de madres en la política, en la economía, en mil lugares distintos, parece superada por los años. Pero el país conserva esas mismas madres del pan, del trabajo, del patio de tierra regado por las mañanas, de madrugadas de desvelo por hijos que salen o están enfermos. Conserva esas madres que trabajan a la par en el campo, en la cosecha y además en la casa. Esas madres a las que no les llegó la tecnología existen, aunque parezca increíble y son miles, millones diría. Alcanza con salir a los barrios en cualquier ciudad, alcanza con mirar el interior, alcanza con tener la vista amplia para darse cuenta que ellas, en generaciones nuevas y reproducidas, existen y son las portadoras de mil luchas cotidiana que nadie escribe, que nadie ve, pero que son fruto sólo de su entrega. Quería recordar este tema a propósito de este Día de la Madre para poner a la par a las madres modernas, empresarias, políticas, universitarias, conductoras, a las que manejan lo que hace algunas décadas parecía imposible, con aquellas que a pesar del tiempo están en muchos hogares, más de los que uno se imagine, como si los años no hubieran pasado. Son las que hacen pan, las que cocinan, las que le pusieron aroma a las palabras y al amor, las que abundan en cualquier pueblo, las que hacen magia con el dinero para que alcance, las que más allá de todo están cada día. El tiempo logró que convivieran generaciones muy diferentes, madres muy diferentes, el tiempo hizo que unas con mucha tecnología y otras con nada de eso, mostraran las mismas virtudes en ese rol de madre que está más allá de las épocas. A mí me tocó una de otro tiempo, pero también de este presente. Docente, cocinera, lavandera, planchadora y cuanta cosa más le quiera agregar en las tareas cotidianas. Pero una pila de años después, esta revolución tecnológica que abruma, no logró modificar su rol, no logró que una máquina la reemplazara, no logró que los hijos se criaran solos ni que las cosas se hicieran solas. Ésas, las de antes, las de hoy, las de siempre, tienen ese aroma a mamá que nada podrá cambiar, ni siquiera la revolución tecnológica.


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