Debates que no son nuevos: el panorama global

Por Redacción

En 1994, diversas ONG se convocaron en Bangkok en el Primen Encuentro de Comunicación y género, instancia fundamental para que luego se incluyera el tema de la representación de la mujer en los medios en la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer realizada en Beijing al año siguiente. Allí se logró la incorporación al documento final de la “Sección J”, donde se estableció a la comunicación como un área prioritaria para el desarrollo de las mujeres y se establecieron dos objetivos estratégicos: “Aumentar el acceso de la mujer y su participación en la expresión de sus ideas y la adopción de decisiones en los medios de difusión y por conducto de ellos, así como en las nuevas tecnologías de comunicación” y “fomentar una imagen equilibrada y no estereotipada de la mujer en los medios de difusión”. Aunque la plataforma reconoció a la comunicación como una de las 12 áreas de interés para el avance de las mujeres, lo que implicó un hecho casi sin precedentes, diez años más tarde fue ignorada por las agencias de la ONU que asistieron a la evaluación de los objetivos de Beijing, así como por los gobiernos y por una parte de la sociedad que focalizó su preocupación en los temas tradicionales como violencia o salud. Para la investigadora chilena María Elena Hermosilla, quien plasmó los debates en torno al cumplimiento de la plataforma en un artículo titulado ¿Qué pasó con la letra J?, la desregulación de los servicios de comunicación y su monopolización en el marco de la irrupción del neoliberalismo a nivel mundial generaron un terreno de resistencias para avanzar en estos temas. Hermosilla señaló que el asunto de las “violaciones a la libertad de expresión”, que ya aparecía en el articulado de la Sección J, fue en realidad utilizado como argumento para resguardar los “intereses económicos de los grupos mediáticos concentrados”. Gisela Grunin, integrante de Red PAR y miembro de la Fundación para el Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM), remarca que las revisiones de las metas de la plataforma de Beijing que se realizaron cada 5 años “evidenciaron que no hemos avanzado lo suficiente en este aspecto, en cambio la presencia de medios tradicionales y nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana se reafirma con cada vez más fuerza, con sus consecuentes impactos negativos y positivos también”. En su opinión, en lo que se lograron más avances fue en la inclusión de más mujeres trabajando en los medios –a la par de lo que ocurre en otras profesiones–, pero a pesar de todo “existen pocos mecanismos para evaluar y orientar los contenidos sexistas, que son el principal problema”.