Decisiones

Por Redacción

Trabaja en una ciudad que no le encanta y en la que cumplió un ciclo, pero en la que amuebló su carrera al punto de quedar a las puertas de un nuevo desafío. No sabe qué sucederá si da el paso: ¿salto al vacío o un acierto? Es sábado. Se despierta después de una noche en la que dormitó más de lo que durmió. Arrastrando los pies, sale de su habitación y camina hasta la ventana. Mira siete pisos hacia abajo. Nadie anda por la vereda. Ni siquiera hay autos circulando. El aire está espeso, húmedo. El cielo recién empieza a aclarar. Enciende un cigarrillo. La calle está quieta y silenciosa. En su cabeza repiquetean voces. Especula. Imagina. Da la última pitada, tira la colilla en un macetero. Prende una hornalla debajo de la cafetera. Deambula por el living. Se sirve café. Busca una hoja de papel. Traza una línea vertical. En la primera columna, lo positivo frente a la oportunidad: más dinero, salto profesional, puedo hacerlo, formar parte de una camada que –dice mi jefe– será histórica, conocer otras personas y otra cultura… Lo negativo: ir a unos de los países más conflictivos del mundo, escenario hostil, el trabajo será durísimo, dejar a los amigos que hice en los últimos dos años, empezar de cero otra vez, perder la comodidad… Suelta el bolígrafo. Enciende otro cigarrillo. Termina el café. “Perder la comodidad”, murmura. Se sube a una banqueta y se para sobre la mesa. Casi toca el techo con su cabeza. Las cosas tienen otra apariencia desde ahí arriba. En los muebles descansa un polvo que nunca ve desde el piso. El humo se estanca en lo alto, donde el aire está más caliente. Se vuelve a sentar. “Salir de la zona de confort es lo que me puede hacer crecer”, ensaya, sin estar segura de si es una convicción o una manera de convencerse, de darse ánimo para saltar: “Uno se construye por lo que decide pero –sigue escribiendo– también nos marca lo que no decidimos, ¿cómo hago para elegir? Sé que si salgo en ese avión, lo imprevisible será demasiado, hasta el punto del horror”. En los últimos días, ella fue compartiendo el asunto con su entorno. Entre tantas cosas, un amigo le preguntó cuál era lo primera respuesta que le salía cuando pensaba en cambiar. “Que me quiero ir”, replicó ella, sin dudarlo. Esa tarde también repasaron los pros y los contras, y él le propuso: “Intentá mirar las cosas en perspectiva. Las dudas siempre nos acompañan y está bueno que eso pase. Pero hoy debés estar convencida de que en tu vida fuiste tomando las mejores decisiones para llegar hasta este momento, lo que también incluye los errores”. Otra amiga la apuró con su pregunta favorita: ¿Cuál es tu sueño? “Ir a donde están pasando las cosas. Hice mi carrera para estar en medio de problemas y conflictos, y hacer todo para resolverlos”. En esa charla concluyeron que las oportunidades, muchas veces, suelen ser insondables hasta que no se da el salto y, además, que se presentan de una manera cifrada especialmente para cada uno. Ahora, en el silencio del living, soltera, a pocos días de cumplir 30 años, se sirve otro café. Y vuelve a ensayar sobre un papel: “¿Qué siento? Una voz me dice que me anime. Tendría que pegar el salto, el piso siempre aparece. En un tiempo, me voy a acordar de este momento congelado que parece simple pero que puede desencadenar grandes cambios”.

Juan Ignacio Pereyra


Exit mobile version