Del gorro frigio al teléfono celular

Por Redacción

Hasta ahora, al menos, el gorro frigio era el símbolo clásico de la libertad. Aquel que en la vieja Roma usaban los esclavos que de pronto recibían el regalo de la libertad y podían gozar en plenitud la dignidad que caracteriza al ser humano, en una nueva vida. Pero las cosas cambian y tengo la sensación de que hoy debiéramos pensar en reemplazar al gorro frigio por un instrumento moderno de enorme simbolismo cuando de vivir en libertad se trata. Me refiero al teléfono celular, responsable directo de la caída de los más variados regímenes totalitarios o autoritarios. Con él se propaga aceleradamente el ideario de la libertad; se transmite la ansiedad por vivir sin la opresión totalitaria o autoritaria; se organizan resistencias y protestas; y se procura eludir la acción represiva de quienes cercenan la libertad. Así sucedió en la Europa del Este. También, más recientemente, en el norte de África, donde los celulares alimentaron e hicieron posible la primavera árabe. Y está también sucediendo ahora en la propia Cuba, pese a los esfuerzos del régimen comunista que restringe el acceso a la internet pero que no puede controlar los teléfonos celulares, especialmente aquellos que reciben prepagos desde el exterior. Lo mismo parece estar sucediendo en otro país aislado. En Corea del Norte. No sólo en las zonas de fronteras, donde la población utiliza teléfonos celulares contrabandeados desde China. También en la propia Pyongyang y en el puerto de Nampo, donde una operadora egipcia, Orascom, tiene ya un millón de clientes en un país de apenas 24 millones de aislados habitantes. En el 2010, ayer entonces, eran apenas unos 300.000. De este modo el flujo de información acerca de lo que sucede en Corea del Norte se ha ampliado. Pero también el que describe a los norcoreanos lo que sucede en el resto del mundo, que ya no está escondido ni vedado para los ciudadanos del país ermitaño. A pesar de que las radios de onda corta sigan siendo ilegales. Y de que las llamadas al exterior desde los teléfonos públicos estén restringidas. Por esto, cuando el reciente fracaso del lanzamiento del misil de largo alcance, las autoridades locales no intentaron, como era la regla en el pasado, engañar a la población local. Temiendo seguramente que a través de los teléfonos celulares se filtrara la verdad y las dejara descolocadas, con la verdad totalmente al descubierto. Por esto, seguramente, tardaron apenas unos minutos y debieron revelar el desastre técnico que impidiera que el misil presuntamente intercontinental fuera capaz de encender su segunda sección, cayendo vergonzosamente al mar, absolutamente desintegrado, tras menos de un par de minutos de vuelo. Nada. Ocurre que mentir ya no es fácil. Pero cuando se suprime o restringe seriamente la libertad de expresión e información, mentir no es del todo imposible. A pesar de los celulares. Una única voz justifica y esconde los errores. Los disimula y hasta termina por hacerlos desaparecer del imaginario colectivo, reemplazándolos por otros “ruidos” o episodios que los ocultan. Por esto los teléfonos celulares son, a mi entender, un nuevo símbolo de la libertad. Una herramienta pequeña que, no obstante, es capaz de demoler, paso a paso, los regímenes que procuran restringirla o simplemente la cercenan. (*) Analista Internacional del Grupo Agenda Internacional

GUSTAVO CHOPITEA (*)