Demasiado sensibles

Por no poseer un proyecto coherente, el gobierno no aprovecha la ventaja de que falte mucho para las elecciones.

Redacción

Por Redacción

Para aquellos gobiernos que tienen una idea muy clara de lo que se proponen hacer, el estado de la opinión pública en un momento determinado es de importancia muy relativa: entienden que andando el tiempo su gestión brindará los frutos deseados y que el electorado, debidamente agradecido, les dará su recompensa a través de las urnas. Sin embargo, en la actualidad pocos gobiernos creen lo bastante en sus «proyectos» como para permitirse privilegiar el mediano plazo. Los más, entre ellos el encabezado por el presidente Fernando de la Rúa, se limitan a esperar no cometer demasiados errores y no ser golpeados por alguna que otra crisis de origen extranjero, y muchos llegan a obsesionarse tanto por las encuestas, que incluso una leve modificación pasajera puede incidir en lo que efectivamente hacen.

Así las cosas, es natural que los delarruístas se hayan sentido preocupados últimamente. No es que crean haber obrado tan mal que tanto ellos mismos como el país en su conjunto tengan que pagar un precio muy alto por sus equivocaciones. Es que según las encuestas, sólo una minoría opina que están desempeñando bien sus funciones, con los demás afirmando que lo están haciendo mal o, a lo mejor, de forma mediocre. En un intento por revertir las tendencias, los diversos ministros, presionados por el presidente, están tratando de producir una cuota adecuada de «buenas noticias», aunque hasta ahora sus esfuerzos no han resultado muy exitosos. Por el contrario, al darse cuenta la ciudadanía de que sus gobernantes están concentrándose en complacerla, propende a asumir una actitud todavía más crítica que antes.

No es malo que los políticos se mantengan al tanto de la evolución de su imagen o que procuren identificar los temas que más agitan a «la gente». En cambio, sí lo es que tomen la opinión pública tal como la registran las empresas sondeadoras por un gobierno auténtico que les sea necesario apaciguar todos los días. Después de todo, buena parte del trabajo de los gobernantes tiene que ver con asuntos sumamente complicados que la mayoría sencillamente no está en condiciones de entender, de modo que sería tan absurdo dejarse influir por la opinión sobre la marcha de la política económica de los habitantes del conurbano bonaerense, digamos, como lo sería pedirles que juzguen los méritos de una teoría científica novedosa. Es más: en vista de la trayectoria catastrófica en lo relacionado con el manejo de la economía de todos los gobiernos «populares» antes de 1989, el que la mayoría afirme no sentirse satisfecha por lo que ha hecho el gobierno dominado por economistas profesionales de la Alianza podría considerarse un motivo de orgullo: por lo menos significa que se ha resistido a caer en las tentaciones que arruinaron al país.

Puesto que se celebran elecciones libres a intervalos regulares, en última instancia todos los gobiernos tienen que someterse al juicio de los votantes. Siempre y cuando un ministro del Interior más interesado en el poder que en la salud institucional del país no se las arregle para que los comicios se sucedan con tanta frecuencia que la política termine asemejándose a una liga de fútbol, los intervalos son lo suficientemente prolongados como para dar a los gobernantes el tiempo que necesitan para cumplir su trabajo sin tener que preocuparse por el corto plazo. Sin embargo, por no poseer un «proyecto» coherente, el gobierno actual no parece tener la intención de aprovechar la ventaja así supuesta. En vez de trabajar con los ojos puestos en el año que viene o en la segunda mitad del 2003, es proclive a actuar como si las elecciones fueran un acontecimiento casi diario. Demás está decir que si lo fueran, el país sería ingobernable, pero si bien a esta altura los delarruístas deberían haberse acostumbrado a manifestar cierta indiferencia frente a las variaciones constantes de las encuestas de opinión, es evidente que algunos miembros del gobierno, incluyendo al propio presidente, suelen exagerar su significancia, razón por la cual su defensa de las medidas que las circunstancias los han obligado a tomar ha sido extrañamente tibia, lo cual sólo ha servido para que sean desdeñadas por los consultados por los incansables sondeadores.


Para aquellos gobiernos que tienen una idea muy clara de lo que se proponen hacer, el estado de la opinión pública en un momento determinado es de importancia muy relativa: entienden que andando el tiempo su gestión brindará los frutos deseados y que el electorado, debidamente agradecido, les dará su recompensa a través de las urnas. Sin embargo, en la actualidad pocos gobiernos creen lo bastante en sus "proyectos" como para permitirse privilegiar el mediano plazo. Los más, entre ellos el encabezado por el presidente Fernando de la Rúa, se limitan a esperar no cometer demasiados errores y no ser golpeados por alguna que otra crisis de origen extranjero, y muchos llegan a obsesionarse tanto por las encuestas, que incluso una leve modificación pasajera puede incidir en lo que efectivamente hacen.

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