Demasiado tarde
La terca negativa de Alfonsín a evolucionar en una época de cambios vertiginosos contribuyó a la debacle.
La decisión sorpresiva del ex presidente Raúl Alfonsín de renunciar a su banca en el Senado ha sembrado mucha confusión en las filas radicales porque, si bien todos suponen que se habrá tratado de otra maniobra genial de un caudillo célebre por su propensión a provocar cambios inesperados, virtualmente nadie parece entender muy bien lo que tiene en mente. A juzgar por la carta de despedida que ha difundido, Alfonsín cree que debido al «oportunismo con mi persona» de ciertos políticos no nombrados sus actividades como senador le han impedido defender con la contundencia suficiente «las ideas por las que he luchado y me he jugado toda la vida», es decir, que supone que su influencia será mayor si se dedica por completo a librar «la batalla cultural» que, confesó, «estamos perdiendo». Si Alfonsín piensa así, se ha equivocado por completo. Mal que le pese al ex presidente, desde hace muchos años su influencia, que ha sido notable, en la vida nacional se ha debido casi exclusivamente a su manejo de un sector mayoritario de la UCR, mientras que su aporte a la «batalla cultural» ha sido muy escaso. Como pensador político, Alfonsín es sin duda alguna una figura menor; en cambio, su trayectoria como hombre público ha sido destacada. Huelga decir que su voluntad de erigirse en paladín de cierto conjunto de ideas, negándose tercamente a evolucionar con los tiempos en una época caracterizada por transformaciones vertiginosas, ha contribuido mucho a la debacle del país.
Asimismo, en las democracias consolidadas es habitual que los jefes asuman la plena responsabilidad por las derrotas. Por eso, tanto el socialista francés Lionel Jospin como el conservador británico William Hague, dirigentes partidarios que no se creen filósofos políticos imprescindibles sino hombres prácticos, reaccionaron ante sus reveses electorales recientes dando un paso al costado para que otros pudieran tomar su lugar, facilitando de este modo la renovación no sólo del liderazgo, sino también de las ideas y de la plataforma de sus partidos respectivos. Es lo que la UCR debió haber hecho en varias ocasiones a partir del inicio del hundimiento del gobierno encabezado por Alfonsín, pero la presencia a menudo hegemónica en la cúpula de un caudillo al parecer vitalicio que, como es lógico, se sentía obligado a defender su propia gestión, hizo imposible un proceso que es rutinario en sociedades más acostumbradas a la democracia que la nuestra. No extraña, pues, que debido en buena medida a la presunta convicción de Alfonsín de que le había tocado concentrarse en luchar por algunas ideas determinadas de vigencia permanente, el radicalismo haya quedado atrapado en un pasado cada vez más remoto, ni que el electorado, que tanto aquí como en el resto del mundo suele interesarse menos por la reivindicación de experiencias históricas que por lo que los distintos partidos se proponen hacer en el caso de que lleguen al poder, lo ha abandonado a su suerte. En efecto, es más que posible que la prolongada negativa «principista» de la UCR a adaptarse a las circunstancias concretas imperantes lo haya llevado a la extinción. De ser así, Alfonsín habrá sido el máximo responsable de la autodestrucción del movimiento que durante muchos años encarnó mejor que ningún otro la democracia argentina.
Para el presidente de transición Eduardo Duhalde, la renuncia a su banca en el Senado -o maniobra todavía inexplicable- de su aliado más fiel, Alfonsín, difícilmente pudo haberse producido en un peor momento. Su incapacidad confesa para formular una política económica coherente o para congraciarse con el FMI y el gobierno estadounidense lo ha debilitado mucho, mientras que la muerte de dos piqueteros en choques con la policía en Puente Pueyrredón, una vía de acceso a la Capital Federal, amenaza con inaugurar una etapa signada por más violencia política. Es de prever que muchos radicales aprovechen la oportunidad que les ha brindado la decisión de Alfonsín para romper con un gobierno que, si bien parece inspirarse en ideas muy similares a las impulsadas por los alfonsinistas, no ha logrado los resultados previstos por los teóricos populistas, de suerte que en adelante la relación del Poder Ejecutivo con el Legislativo será aún más tensa de lo que ha sido hasta ahora.
La decisión sorpresiva del ex presidente Raúl Alfonsín de renunciar a su banca en el Senado ha sembrado mucha confusión en las filas radicales porque, si bien todos suponen que se habrá tratado de otra maniobra genial de un caudillo célebre por su propensión a provocar cambios inesperados, virtualmente nadie parece entender muy bien lo que tiene en mente. A juzgar por la carta de despedida que ha difundido, Alfonsín cree que debido al "oportunismo con mi persona" de ciertos políticos no nombrados sus actividades como senador le han impedido defender con la contundencia suficiente "las ideas por las que he luchado y me he jugado toda la vida", es decir, que supone que su influencia será mayor si se dedica por completo a librar "la batalla cultural" que, confesó, "estamos perdiendo". Si Alfonsín piensa así, se ha equivocado por completo. Mal que le pese al ex presidente, desde hace muchos años su influencia, que ha sido notable, en la vida nacional se ha debido casi exclusivamente a su manejo de un sector mayoritario de la UCR, mientras que su aporte a la "batalla cultural" ha sido muy escaso. Como pensador político, Alfonsín es sin duda alguna una figura menor; en cambio, su trayectoria como hombre público ha sido destacada. Huelga decir que su voluntad de erigirse en paladín de cierto conjunto de ideas, negándose tercamente a evolucionar con los tiempos en una época caracterizada por transformaciones vertiginosas, ha contribuido mucho a la debacle del país.
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