Democracia a medias

Si se repitiera, la violencia no ayudará al Perú a salir del pantano en el que está atrapado.





Si el presidente peruano Alberto Fujimori realmente fuera tan dictatorial como dicen sus muchos enemigos, el inicio de su tercer período consecutivo se hubiera celebrado, con toda probabilidad, en medio de un clima de tranquilidad rencorosa similar a aquel que imperaba aquí cuando el general Roberto Viola recibió los símbolos del poder de las manos del general Jorge Rafael Videla. Pero si bien Fujimori no se parece demasiado al tirano latinoamericano tradicional, tampoco es un demócrata porque, además de haberse mostrado dispuesto a manipular la Constitución a su antojo – un vicio muy común en estas latitudes -, a juicio de todos los observadores independientes también falsificó los resultados de las elecciones de abril, en las cuales supuestamente consiguió el 49 por ciento de los votos contra el 37 por ciento de su rival, el populista Alejandro Toledo. Es un híbrido, un semi demócrata de un tipo que según parece está comenzando a proliferar en los países más atribulados de la región en el que se combinan algunos rasgos propios de los demócratas con hábitos netamente autoritarios.

Así las cosas, es de prever que las protestas violentas desatadas por los adversarios de Fujimori el día del comienzo de su gestión actual se repitan en los próximos meses, lo cual no ayudará en absoluto al Perú a salir del pantano en el que está atrapado. Como la Alianza que encabeza Fernando de la Rúa ya ha descubierto, un movimiento que por necesidad hace de la hostilidad hacia un presidente «hegemónico» su principal razón de ser puede encontrarse un día en el poder sin haberse preparado para ejercerlo. Además de continuar luchando contra Fujimori, los dirigentes opositores tendrán que plasmar un programa de gobierno apropiado para los años siguientes: de lo contrario, podrían llegar al poder sin más equipaje que el supuesto por una colección de consignas facilistas.

Desgraciadamente para los peruanos, Fujimori sigue contando con el respaldo de amplios sectores, de suerte que su poder se basa en algo más que el fraude: en cierto modo, su situación es comparable con la del PRI mexicano antes de las elecciones de hace poco más de un mes. Sin embargo, a diferencia de los prohombres del PRI Fujimori no gobierna un país que esté tan acostumbrado a su hegemonía que pueda resignarse a una estafa electoral más con la seguridad de que tarde o temprano la verdad se impondrá. Por lo tanto, para sobrevivir hasta que termine su período formal en el 2005 tendrá que convertirse en un dictador indisimulado a menos que la oposición se harte de protestar y que de algún modo la economía evolucione de manera tan favorable que no quepa duda de que ha recuperado el apoyo de la mayoría de sus compatriotas. Incluso para las dictaduras la carencia de legitimidad política, aunque sólo se tratara de la derivada de la sensación de que la oposición no está en condiciones de formar un gobierno viable, suele resultar sumamente debilitante; para un gobierno civil que tendrá que tomar medidas antipáticas, será a la larga fatal.

Sea como fuere, pocos creerían que la «solución» para el Perú consistiría en una decisión por parte de Fujimori de celebrar nuevas elecciones, en esta ocasión más transparentes que las últimas, seguidas ya por el reemplazo de «el chino» por Toledo, ya por un tercer período debidamente legitimado. Lo mismo que tantos otros países latinoamericanos, con la posible excepción de los que conforman el Cono Sur, Perú corre peligro de deslizarse hacia el caos a causa de la brecha amplísima que separa a una pequeña élite de la mayoría paupérrima y de la incapacidad de una clase política sistemáticamente corrupta para hacer frente a los muchos problemas así planteados. Por deficiente que haya resultado ser la gestión de diez años de Fujimori, por lo menos ha servido para poner fin a la inflación antes crónica, para permitir que la economía creciera de manera modesta pero regular, y para hacer frente aparentemente con éxito a la amenaza pesadillesca planteada por Sendero Luminoso. No ha sido mucho, es verdad, pero aún no existen demasiados motivos para creer que un gobierno formado por los líderes opositores sería mucho mejor.


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