Denuncias vanas
Si bien a nadie se le ocurriría tomar a Sergio Schoklender, uno de los asesinos más famosos del país, por un testigo confiable, la mayoría encontrará verosímil su afirmación de que la Fundación Madres de Plaza de Mayo aportó un millón y medio de pesos a la campaña electoral del kirchnerismo y que tiene, a nombre de Hebe de Bonafini, cuentas bancarias multimillonarias en Europa. Después de todo, es tan notoria la desprolijidad oficial cuando del financiamiento de sus actividades proselitistas se trata que no sería sorprendente en absoluto que una parte menor del dinero cuantioso que el gobierno enviaba a la Fundación fuera devuelta para cubrir gastos de campaña; aquí es normal que los beneficiados por su relación con políticos poderosos retribuyan así los favores concedidos, ya que para hacer política se necesita mucho dinero. Tampoco sería sorprendente que integrantes de la Asociación de las Madres decidieran abrir más cuentas bancarias en el exterior que la de apenas 100.000 euros que, según un vocero, tuvieron en España entre 1996 y el 2006. Si bien en algunos países denuncias como las formuladas por el ex apoderado de la agrupación tendrían una repercusión muy fuerte, en la Argentina actual su impacto político será con toda seguridad escaso. Por cierto, sería asombroso que incidieran en la campaña electoral que está en marcha, ya que a esta altura todos los interesados en tales temas saben que el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como tantos otros anteriores, se ha acostumbrado a apropiarse de recursos del Estado para hacer política y que las Madres lo apoyan con fervor nada común. Por lo demás, en el transcurso de los años últimos la presidenta se ha visto acusada de recibir aportes para las campañas electorales de su “amigo”, el venezolano Hugo Chávez, como los traídos en aquella valija que fue incautada en Aeroparque, y de individuos vinculados con el narcotráfico, sin que tales denuncias le hayan supuesto costos políticos importantes, razón por la que no tendrá que preocuparse por lo que diga Schoklender en los días próximos. En cuanto al dinero que las Madres supuestamente depositaron en el exterior, la mayoría da por descontado que cualquiera que esté en condiciones de poner su dinero a salvo, fuera del alcance de las autoridades locales, lo hará sin preocuparse demasiado por los eventuales detalles legales, de suerte que pocos se sentirían indignados si resultara que Schoklender tiene razón cuando dice que hubo más de dos millones de euros en las cuentas abiertas por Bonafini, aseveración que, por supuesto, la Madre emblemática niega con su contundencia habitual, atribuyéndola a la malignidad de “un estafador y traidor”. La indiferencia de tantos hacia la corrupción se debe en parte a la convicción difundida de que, por ser en el fondo todos los políticos y funcionarios igualmente venales, sería injusto discriminar entre ellos y en parte a la resignación producida por la conciencia de que el sistema judicial obra con lentitud exasperante cuando le toca investigar la conducta de funcionarios de un gobierno que podría permanecer en el poder por varios años más. El que el juez responsable de este caso sea Norberto Oyarbide no ha estimulado el optimismo de quienes quisieran verlo aclarado antes de la elecciones. Asimismo, aunque muchos entienden que la corrupción perjudica enormemente al conjunto, la mayoría teme que un esfuerzo genuino por eliminarla tenga consecuencias políticas nefastas, de suerte que sería mejor tolerarla con la esperanza de que andando el tiempo baje a niveles menos escandalosos. Puede que los casos protagonizados por personajes vinculados con el gobierno kirchnerista hayan incidido en la intención de voto de una minoría reducida pero, a pesar de haberse visto calificado como “el más corrupto de la historia”, el encabezado por la presidenta Cristina acaba de anotarse un triunfo rotundo en las elecciones primarias y todo hacer prever que lo repetirá en octubre. Así las cosas, los kirchneristas pueden limitarse a sonreír compasivamente mientras miran el intento, que supondrán será inútil, de Schoklender de asegurar que no será el único que pague por las irregularidades que según parece han sido rutinarias en la insólita empresa constructora de las ya ancianas Madres de Plaza de Mayo.