Desastres previsibles

Por Redacción

Como suele suceder al producirse un nuevo accidente luctuoso, la primera reacción de muchos funcionarios frente al choque terrible entre un colectivo y dos trenes del Ferrocarril Sarmiento en el barrio de Flores de la Capital Federal, que provocó la muerte de once personas y dejó heridas a más de doscientas, consistió en culpar a otros de lo ocurrido. Parecería que desde su punto de vista lo más importante era ahorrarse los eventuales costos políticos de un desastre que podría atribuirse a su propia negligencia. Así, pues, según el jefe del gobierno porteño, Mauricio Macri, el accidente de Flores se debió a que el Poder Ejecutivo nacional se limita a anunciar obras de infraestructura para después olvidarlas porque prefiere usar el dinero que le aportan los contribuyentes para “el despilfarro” y “el clientelismo”, afirmación que le mereció la réplica del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, que con su elegancia habitual lo calificó de “un tilingo que lo único que sabe hacer es tilinguerías, en vez de ayudar y colaborar con el rescate de las víctimas”. Huelga decir que los intercambios pueriles de este tipo sólo sirven para difundir la impresión nada arbitraria de que los dirigentes políticos más destacados del país están más interesados en sacar provecho de las consecuencias nefastas de su propia inoperancia que en colaborar para que en sus jurisdicciones el tránsito sea menos peligroso. Aunque el responsable principal del pavoroso accidente ferroviario del martes pasado, el peor que ha sufrido la Capital Federal desde junio de 1962 cuando en uno murieron 33 personas, la mayoría niños, fue el colectivero que, como a menudo ocurre, cruzaba un paso a nivel sin prestar atención a las luces de alarma o la barrera que bajaba mal, es de suponer con la intención de ahorrarse una espera molesta, tanto su manifestación de imprudencia como el hecho de que en muchos lugares sea considerado normal que nadie se dé el trabajo de reparar desperfectos, como los supuestos por barreras que no funcionan debidamente durante meses, cuando no años, reflejan la indiferencia generalizada por la seguridad ajena que predomina en buena parte del país. Por desgracia, la clase política nacional comparte plenamente la cultura de la desidia así supuesta. Con escasas excepciones, sus integrantes están tan obsesionados con sus interminables peleas internas, con sus alianzas coyunturales con quienes pronto serán sus rivales y con las declaraciones cuidadosamente preparadas que, con la ayuda de sus asesores de imagen, se proponen formular con la esperanza de seducir a los votantes, que raramente se dignan a atender los humildes asuntos prácticos. Es por esta razón que en las últimas décadas se ha deteriorado tanto la infraestructura ferroviaria, vial y energética, además de multiplicarse en las grandes ciudades asentamientos precarios que no cuentan con servicios básicos. Aquí la política se ha transformado en una actividad autónoma desvinculada de la vida diaria de los habitantes del país. Sobran los anuncios rimbombantes que no se ven seguidos por nada, los planes ambiciosos que no se concretan nunca y las exhortaciones ideológicas, mientras que faltan las obras que, de llevarse a cabo, contribuirían enormemente a mejorar el estándar de vida de la comunidad. Modificar este lamentable estado de cosas no será fácil en absoluto. La solución tendría que provenir desde la ciudadanía, ya que hasta que los dirigentes políticos tengan buenos motivos para entender que, a menos que aseguren que las obras, muchas de ellas imprescindibles, por las que son responsables se terminen a tiempo, les será inútil postularse nuevamente para puestos electivos, no tendrán por qué preocuparse por los engorrosos detalles administrativos que tanto los aburren. Para que ello ocurriera los votantes tendrían que adquirir nuevamente la costumbre anticuada de premiar a los eficaces en base a lo que efectivamente hacen y castigar a quienes no lo son, pero a juzgar por la evolución reciente de las preferencias políticas, demasiadas personas se niegan a dejarse influir por temas relacionados con la capacidad de gestión de los diversos candidatos. Privilegian la imagen, como si a su juicio se tratara de algo incomparablemente más importante que cualquier logro concreto.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 18 de septiembre de 2011


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