Desayuno de campeones
Un encuentro que selló la alianza de ambos a favor de la vida.
Si suman sus mochilas de edad, rasguñan los dos siglos. Él, 95; Ella, 90.
El se está marchando. No se rinde. La palabra rendición jamás figuró en su vida. Está probado en resistir. Persecusiones, tortura, palizas, desprecio… Tirarlo en un corral de cerdos. Obligarlo durante horas a que se arrastrara por el suelo, pisoteado por los berracos. Veintisiete años preso en las mazamorras del entonces régimen racista –nazi, para más exactitud– de Sudáfrica. Y él –Mandela–, no rendirse…
Y ella –Nadine Gordimer–, también tiene bajo acecho su vida. Ha leído a Borges. Entonces ha leído que “la muerte es una costumbre que suele tener la gente”. Rostro alargado. Pasa horas sentada en un sillón de estilo Windsor. Leyendo, dejando que el sol penetre por un inmenso ventanal y le dore blancura. Su muy blanca piel. Hija de un joyero judío lituano. Madre inglesa. Nacida en un pequeño pueblo minero cercano a Johannesburgo. Ahí, siendo pibita, en cada atardecer, percibió la anomalía cruel que signaba a su tierra: el racismo. Millones de seres explotados y marginados de todo derecho por una feroz minoría blanca… Y ella –desde muy piba–, fijaba y fijaba las imágenes de tanta crueldad. Y escribía y escribía. A los 15 años, su primer cuento.
Cuando se conocieron con Mandela, ella ya era Premio Nobel de Literatura. Y bajo dictado de esa ley del desarrollo que advierte que la historia suele tener piruetas, él – Mandela – era presidente de Sudáfrica.
Corrían los 90. El apartheid se había desplomado sin ahorrar sangre negra… pero desplomado al fin: los negros en plenitud de derechos con los blancos. Nada fue fácil en ese proceso. Nada es fácil aún en ese proceso.
Un viernes sonó el teléfono de Nadine Gordimer…
–El presidente quiere verla. ¿Podría venir a desayunar con el presidente del lunes? –le dijo la secretaria de Mandela y Nadine Gordimer sólo atinó a decir… “Sí, claro… sí”. Pero el domingo a la noche volvió a chillar el teléfono de la Nobel.
–Nadine, soy Mandela. Mi familia quiere saber si desayunas abundante… ¿Quieres huevos con bacon o algo más?…
Y Nadine Gordimer, de dieta magra y estómago muy plano, contaba, años después, en Chile: “Así es Mandela, natural, sencillo. Así evitó la guerra civil en Sudáfrica, con naturalidad, sin esconder nada, mirando a los ojos, con mirada sincera, preguntándole a los blancos si valía la pena seguir matándose”.
Llegó el lunes de desayuno: –¿Cómo estás Nadine? –le dijo él y a ella le crujieron sus pequeñas y cristalinas manos bajo el apretón de las manazas de ese hombre enorme. Oscuro. Y de sonrisa generosa.
–Muy bien presidente, contenta con los tiempos que se han abierto para el país, presidente…
–¡Nada de presidente! ¡Madiba! ¿Cómo estoy? Sin tiempo para leer todo lo que escribís. Todavía no pude leer “El conservador”. Durante el tiempito que pasé en la isla (la prisión en la que estuvo detenido durante 27 años), no me dejaron leerlo, claro. Y ahora, no tengo tiempo…
Luego, el palique entre ambos. Duró horas…
–¿Cómo pudiste ayudarnos tanto a los negros con tu literartura? –le preguntó él .
A Nadine Gordimer nunca le gustó ser identificada como escritora del apartheid. Lo mismo que a Coetzee, también sudafricano y también Nobel de Literatura. Una y otro prefieren ser identificados como creadores de ficción sobre la vida de su país. Nadine Gordimer le respondió a Mandela.
–Mire presidente, mi literatura es a favor de la vida, de todos, de negros y de blancos. Mi ficción habla del amor que le tengo a este país, que finalmente es de todos los que estamos aquí. Todos mis libros han tenido ese objetivo. Y si en ese camino denuncié y denuncié al apartheid, fue en favor de todos…
–Sé que desde muy chiquita los negros te llamamos la atención ¿Cómo se despertó esa curiosidad?
–Porque estaban obligados a estar aparte. Porque la Policía llegaba a cualquier hora a cualquier casa de blanco, pasó en la mía, a revisar la habitación de la persona de servicio, que por supuesto era negra. Entraban prepotentemente, los blancos callaban, dejaban hacer. Pasó en mi casa. Y también por los colores con que se vestían: color, contrastes de colores y nosotros, los blancos, siempre muy estúpidamente formales. Sí, sí, por eso también comencé curiosear a los negros.
Cuando finalizó aquel largo desayuno, Mandela le entregó un regalo a la Nobel: Una guayabera estridente de él. Color y más color. Ahora, dos van cerrando su paso por la historia.
Carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Si suman sus mochilas de edad, rasguñan los dos siglos. Él, 95; Ella, 90.
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