Desempleo y desarrollo
Tal y como sucedió en nuestro país en la década de los noventa cuando el gobierno procuraba “modernizar” la economía para que fuera más competitiva, en el sur de Europa los intentos de los gobiernos de Italia, Grecia, Portugal y, desde luego, España de “flexibilizar” el mercado laboral han chocado contra la oposición intransigente de los sindicatos y de los movimientos políticos izquierdistas que a pesar de todo lo ocurrido se aferran al statu quo. Aunque a esta altura la mayoría de los economistas atribuyen las dimensiones alarmantes alcanzadas por la desocupación, en especial de los relativamente jóvenes, en España a la extrema rigidez de legislación que, si bien beneficia a quienes ya tienen un empleo formal, perjudica a los demás, llevar a cabo las reformas necesarias para liberalizar el anquilosado mercado laboral típico de sociedades que son reacias a enfrentar las exigencias de los tiempos que corren no será del todo fácil. Por razones comprensibles, los más contrarios a la flexibilización son los sindicatos que representan a los trabajadores menos calificados que, a diferencia de quienes cuentan con un buen nivel de preparación, no están en condiciones de adaptarse con rapidez a los cambios que está impulsando el irrefrenable progreso tecnológico. Puede que la situación en España, donde la tasa de desempleo se ha acercado al 23% para la población en su conjunto y al 50% para quienes tienen menos de 25 años, con más de cinco millones de personas “activas” sin trabajo, haya servido para hacer todavía más convincentes los argumentos de quienes están a favor de la liberalización del mercado laboral, pero también ha fortalecido la voluntad de los sindicalistas de defender las “conquistas” –conseguidas cuando las circunstancias eran muy diferentes– que el nuevo gobierno de Mariano Rajoy está resuelto a eliminar. Rajoy, que cuenta con el respaldo decidido de la virtual jefa de la Eurozona, la canciller alemana Angela Merkel, se ha comprometido a “acelerar el ritmo de las reformas” que tiene en mente, con la esperanza de que no se concreten los vaticinios pesimistas de quienes prevén que “el paro” siga aumentando por mucho tiempo más. En nuestro país el panorama parece menos lúgubre que en España y otros países de la periferia sureña de la Eurozona, aunque sólo sea porque una proporción sustancial de los trabajadores se ha acostumbrado a percibir salarios que conforme a las pautas del Viejo Continente son sumamente bajos, pero ello no quiere decir que nos sea ajeno el drama socioeconómico español. Según se informa, más de la mitad de los casi tres millones de empleos que se han ido desde hacerse sentir la crisis financiera mundial estaban en el sector de la construcción, afectando sobre todo a trabajadores con calificaciones rudimentarias. Asimismo, en las regiones más desarrolladas de España, como el País Vasco y Cataluña, la tasa de desocupación es llamativamente inferior a la de Andalucía, en donde se ubica por encima del 30%, y Extremadura. Así pues, al igual que en otras partes del mundo, por ahora cuando menos el desempleo masivo afecta principalmente a quienes carecen de la preparación necesaria para que puedan desempeñar tareas que exigen algo más que esfuerzo físico. Que éste sea el caso debería preocuparnos. Como es notorio, en la Argentina el sistema educativo deja muchísimo que desear y abundan los jóvenes que ni trabajan ni estudian. Aunque el atraso económico ha beneficiado a los muchos que de vivir en Europa o América del Norte tendrían graves dificultades para encontrar un empleo digno, para que el crecimiento macroeconómico vigoroso de los años últimos resulte sostenible será preciso que se base en algo más que los precios elevados de la soja, el maíz y otros productos agrícolas. En España, los desafíos planteados por la “economía del conocimiento” han resultado ser mucho más duros de lo que la mayoría había previsto y sorprendería que lo mismo no sucediera aquí en los años próximos. Si bien nuestra condición privilegiada de país agroexportador nos ha permitido aprovechar una coyuntura excepcionalmente favorable –una que merced a la participación de países tan poblados como China y la India parece destinada a perpetuarse–, de por sí no será suficiente como para posibilitar un salto cualitativo del nivel de vida.
Tal y como sucedió en nuestro país en la década de los noventa cuando el gobierno procuraba “modernizar” la economía para que fuera más competitiva, en el sur de Europa los intentos de los gobiernos de Italia, Grecia, Portugal y, desde luego, España de “flexibilizar” el mercado laboral han chocado contra la oposición intransigente de los sindicatos y de los movimientos políticos izquierdistas que a pesar de todo lo ocurrido se aferran al statu quo. Aunque a esta altura la mayoría de los economistas atribuyen las dimensiones alarmantes alcanzadas por la desocupación, en especial de los relativamente jóvenes, en España a la extrema rigidez de legislación que, si bien beneficia a quienes ya tienen un empleo formal, perjudica a los demás, llevar a cabo las reformas necesarias para liberalizar el anquilosado mercado laboral típico de sociedades que son reacias a enfrentar las exigencias de los tiempos que corren no será del todo fácil. Por razones comprensibles, los más contrarios a la flexibilización son los sindicatos que representan a los trabajadores menos calificados que, a diferencia de quienes cuentan con un buen nivel de preparación, no están en condiciones de adaptarse con rapidez a los cambios que está impulsando el irrefrenable progreso tecnológico. Puede que la situación en España, donde la tasa de desempleo se ha acercado al 23% para la población en su conjunto y al 50% para quienes tienen menos de 25 años, con más de cinco millones de personas “activas” sin trabajo, haya servido para hacer todavía más convincentes los argumentos de quienes están a favor de la liberalización del mercado laboral, pero también ha fortalecido la voluntad de los sindicalistas de defender las “conquistas” –conseguidas cuando las circunstancias eran muy diferentes– que el nuevo gobierno de Mariano Rajoy está resuelto a eliminar. Rajoy, que cuenta con el respaldo decidido de la virtual jefa de la Eurozona, la canciller alemana Angela Merkel, se ha comprometido a “acelerar el ritmo de las reformas” que tiene en mente, con la esperanza de que no se concreten los vaticinios pesimistas de quienes prevén que “el paro” siga aumentando por mucho tiempo más. En nuestro país el panorama parece menos lúgubre que en España y otros países de la periferia sureña de la Eurozona, aunque sólo sea porque una proporción sustancial de los trabajadores se ha acostumbrado a percibir salarios que conforme a las pautas del Viejo Continente son sumamente bajos, pero ello no quiere decir que nos sea ajeno el drama socioeconómico español. Según se informa, más de la mitad de los casi tres millones de empleos que se han ido desde hacerse sentir la crisis financiera mundial estaban en el sector de la construcción, afectando sobre todo a trabajadores con calificaciones rudimentarias. Asimismo, en las regiones más desarrolladas de España, como el País Vasco y Cataluña, la tasa de desocupación es llamativamente inferior a la de Andalucía, en donde se ubica por encima del 30%, y Extremadura. Así pues, al igual que en otras partes del mundo, por ahora cuando menos el desempleo masivo afecta principalmente a quienes carecen de la preparación necesaria para que puedan desempeñar tareas que exigen algo más que esfuerzo físico. Que éste sea el caso debería preocuparnos. Como es notorio, en la Argentina el sistema educativo deja muchísimo que desear y abundan los jóvenes que ni trabajan ni estudian. Aunque el atraso económico ha beneficiado a los muchos que de vivir en Europa o América del Norte tendrían graves dificultades para encontrar un empleo digno, para que el crecimiento macroeconómico vigoroso de los años últimos resulte sostenible será preciso que se base en algo más que los precios elevados de la soja, el maíz y otros productos agrícolas. En España, los desafíos planteados por la “economía del conocimiento” han resultado ser mucho más duros de lo que la mayoría había previsto y sorprendería que lo mismo no sucediera aquí en los años próximos. Si bien nuestra condición privilegiada de país agroexportador nos ha permitido aprovechar una coyuntura excepcionalmente favorable –una que merced a la participación de países tan poblados como China y la India parece destinada a perpetuarse–, de por sí no será suficiente como para posibilitar un salto cualitativo del nivel de vida.
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