Después de la lluvia, florece la vulnerabilidad en los barrios

La mayorías de las calles quedaron destruidas y en algunos casos los padres desisten de enviar a sus hijos a la escuela por la gran cantidad de barro.

Redacción

Por Redacción

Los vecinos de humilde condición que ocupan los barrios sureños de esta capital sintieron en los últimos días las tormentas en su parte más vulnerable. La mayoría de sus calles quedaron destruidas con las lluvias y se nota el olvido cuando en el medio hay zanjas abiertas y llenas de barro por una obra de gas.

Casi todos los conductores de vehículos y motos, incluyendo los colectivos del servicio regular de autotransporte de pasajeros y proveedores, deben aprender a desenvolverse en medios de arterias anegadas y obstruidas en la que se hacen malabares para sortear lagunas y el barro para evitar el atascamiento.

El ingreso a los barrios Mi Bandera, Lavalle, 30 de marzo, complejo habitacional 22 de Abril pone en dificultades hasta en el normal desarrollo del servicio educativo en virtud de que los padres de alumnos de escuelas de la zona desisten de enviar a sus hijos a las escuelas ante la imposibilidad de transitar por allí.

“Acá en el barrio, lo único que se ve son cagadas y nadie hace nada”, afirma a DeViedma Roberto Antonio González, un poblador del Lavalle paralizado por la impotencia, y que además dice desconocer que en algún momento hayan aparecido camiones transportando macadam como para tapar la greda que abunda en las calles.

En la esquina de su vivienda, ubicada en las calles 25 y 4, los operarios de una contratista dejaron una pequeña trinchera en la obra de cordón cuneta, y encima taparon con una plancha de cemento la boca de tormenta y en consecuencia, el agua no escurre. Una de esas arterias es utilizada por distintas líneas de colectivos que cada media hora, sus choferes, se ven obligados a atravesar un pequeño río.

Salvo en el complejo habitacional 22 de Abril, se notan una verdadera colección de madera y cartón que cubren parten del asentamiento y paredes humedecidas.

Mientras la mayoría de sus habitantes suelen deambular entre los vehículos chapoteando en el barro de las calles –en forma peligrosa- ante la inexistencia de veredas, los proveedores de alimentos hacen lo imposible para no desabastecer a las despensas barriales.

“Nosotros también hacemos patria cuando venimos por acá porque entramos como podemos a los barrios que están bastante descuidados”, afirma Miguel Angel Mazziotti con voz de rematador de hacienda que levanta un pedido en un santiamén, y antes de subir a una potente camioneta que le permite surcar estos sectores anegados.

En las inmediaciones de estos núcleos habitacionales se ubica la reciente Toma de un centenar de lotes en la cancha de fútbol del club Santo, y según Juan Millaguán –último presidente-, también “los corrió la lluvia”. Por lo menos hasta ayer, era total la ausencia.

En cuanto a las ausencias escolares, la almacenera Teresa Ferreyra expresa su resignación frente al estado de las calles donde no se nota la presencia del Estado municipal. Apunta desde la reja de ingreso al negocio que “nos arreglamos como podemos hace dos días que no mando los chicos a la escuela porque van a tres establecimientos distintos y hay mucho barro”.

En ese sentido, Vivina Sorgue y Valeria Echecura –responsables de la Escuela Infantil Nazareth- coinciden en la preocupación familiar, y por caso, en ese establecimiento que depende del Obispado, de 90 chicos, el presentismo de la matrícula se remite a 25 en estos días.


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