Desventuras de la “reina de la casa”

Redacción

Por Redacción

Por Ingrid Beck | Especial para “Río Negro”

Ingrid Beck (@soyingridbeck) – Periodista. Directora de la revista “Barcelona”

Son las 11.15. Llama el celular, silenciado por razones obvias. Número desconocido. No atiendo, por razones obvias. Vuelve a llamar. Sigo sin atender. Claro, estoy al aire. No puedo atender el celular. Mando mensaje de texto al número desconocido: “¿Quién sos?”. Silencio del otro lado. Sigo al aire, nerviosa, temo lo peor. 11.30. Suena el top que indica el momento del informativo. Salgo del estudio, poseída. Marco el número desconocido. Y ocurre lo más temido, la profecía autocumplida: me atiende el conmutador del colegio de mis hijos. ¡Me llamaron del colegio! Tengo taquicardia. Si me llamaron mientras estoy al aire debe ser algo grave, seguro. Espero, ansiosa. Le pido a la operadora que me comunique con Secretaría. Me ponen en espera. Mientras tanto, los escasos minutos que faltan para volver al aire pasan más rápido. Atienden. Les digo que soy la mamá de Miguel, de primer grado, que recibí dos llamados, que no pude atender, que estaba al aire, que qué pasa con el nene. “Ah, no te preocupes, ya hablamos con el papá. A Miguel no le gustaba la comida que trajo en la vianda y estaba un poco angustiado”. Recibo la respuesta con una mezcla de alivio, perplejidad y culpa. Lo último en un setenta por ciento. “Ya lo autorizó el papá a comer en el comedor”. Ajá, bueno, gracias, me alegro, perdón que no pude atender, estaba al aire… (Pobrecito, Miguel, le mandé comida que no le gustó. Claro, era una tarta pascualina que me dio mi mamá. Seguro que tenía mucha pimienta y poca sal. En un momento dudé en mandársela. Porque no la probé. Debía estar angustiado. Bueno, en fin, me concentro en el trabajo.) Ya sin taquicardia, aparecen algunos pensamientos no tan aliviadores. 1) Si sabían que estaba al aire y el papá del nene no, ¿por qué insistieron conmigo? ¿Por qué en cuestiones escolares -que van desde el contenido de la vianda hasta la reunión con la directora- siempre la madre es la primera opción? 2) ¿Por qué me da tanta culpa que no le haya gustado la comida que le mandé? ¿Por qué me exijo que todos los días lleve una comida diferente, balanceada, casera? 3) ¿Por qué después de preparar las viandas y saludarlo cuando se va a la escuela, me baño, me preocupo por combinar vestuario con zapatos y cartera, me plancho el pelo, me maquillo, leo los diarios y me voy a trabajar? ¿Por qué tengo la sensación de que si no miro el grupo de WhatsApp de mamis de la escuela me pierdo información importante? ¿Por qué no hay grupo de WhatsApp de papis? 4) Y ¿por qué, pese a todos los esfuerzos que hago, mi profesionalismo y mi trayectoria, gano bastante menos que algunos de mis colegas varones? Todos estos interrogantes, producto de una mente colapsada por el multitasking que nos exige la vida moderna, tienen respuesta en números. Es que, según datos de la Organización Internacional del Trabajo, las mujeres argentinas ganamos un promedio de 27,2% menos que los hombres. Esta desventaja salarial se explica, según el organismo, en gran parte por “el machismo, el sexismo, prejuicios, factores culturales, dinámicas laborales que excluyen a las mujeres y los derechos inequitativos”.

“Ya no alcanza con ser una buena ama de casa, una buena madre y una buena esposa. Ahora también debemos ser buenas profesionales y, diría mi abuelo, buenas mozas”

Y acá viene lo mejor: en la Argentina, de acuerdo con el Indec, las mujeres destinamos casi el doble de tiempo que los varones a las tareas domésticas no remuneradas. A la vez, casi el 90% de las mujeres realizan esta labor mientras que la participación masculina representa apenas poco más del 50%. Es decir que las mujeres compartimos el tiempo de trabajo remunerado pero en casa, para la escuela o, inclusive, para otras “mamis”; no hay redistribución equitativa de las tareas domésticas. Nosotras siempre somos las principales responsables de la ropa limpia, la cena lista, la vianda balanceada, la tarea completada, el disfraz adecuado para la fiesta escolar, la presencia del papel higiénico en el baño y podría seguir ad infinitum. La idea se entiende, sospecho. Claro que se ha progresado mucho en relación con los derechos de la mujer, con la igualdad de oportunidades en el mercado del trabajo y en la vida en común. Pero algunas somos más iguales que otros: en tanto las mujeres avanzamos en las políticas de género, nos sentimos más exigidas. Ya no alcanza con ser una buena ama de casa, una buena madre y una buena esposa. Ahora también debemos ser buenas profesionales y, diría mi abuelo, buenas mozas. A menos que decreten que los días tengan más de 24 horas, habrá que reelaborar la idea de lo doméstico, concientizar a los varones y a la sociedad en general de que no se trata de colaborar con las obligaciones familiares, sino de compartirlas, y, desde el Estado, modificar las leyes laborales, ampliar las licencias por maternidad y paternidad o instalar lactarios y guarderías en los lugares de trabajo, sólo por mencionar algunas cuestiones básicas que hacen a la igualdad de derechos. Ah, una cosa más: permitirnos silenciar los grupitos de mamis en WhatsApp con la esperanza puesta en que también los papás pueden ocuparse de juntar la plata para el regalo del Día del Maestro. Y, quién dice, comprarlo.

Datos

“Ya no alcanza con ser una buena ama de casa, una buena madre y una buena esposa. Ahora también debemos ser buenas profesionales y, diría mi abuelo, buenas mozas”


Por Ingrid Beck | Especial para “Río Negro”

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