Deuda eterna
Durante varios años, muchos políticos y sindicalistas hablaban como si realmente creyeran que al país le sería posible «repudiar» la deuda pública o, cuando menos, reducirla drásticamente eliminando aquellas partes que a su juicio podrían considerarse «ilegítimas», de este modo mejorando de forma espectacular las finanzas nacionales. Huelga decir que se trataba de una fantasía basada en la ilusión voluntarista de que nos debería sernos factible cambiar la realidad de un día para otro. Sin embargo, por extraño que les parezca a quienes imaginaban que al país le resultaría fácil apropiarse así de decenas de miles de millones de dólares para gastar -según ellos- en clínicas y escuelas, a pesar de la declaración jubilosa del default por parte del entonces presidente Adolfo Rodríguez Saá, la deuda no sólo sigue existiendo sino que los acreedores están comenzando a mostrar señales de impaciencia, razón por la cual el secretario de Finanzas, Guillermo Nielsen, se sintió constreñido a emprender una gira por Europa con el propósito de convencerlos de que en última instancia no les convendría del todo intentar recuperar su dinero por la vía judicial. Según el gobierno del presidente Néstor Kirchner, desde el punto de vista de los acreedores, personas que por lo común no entienden las tesis ideológicas, éticas y hasta teológicas que suelen formular los resueltos a tratar la deuda como un arma esgrimida por los enemigos del país, sería mejor esperar a que la economía creciera lo bastante como para permitirle el lujo de reanudar los pagos, planteo que si bien tiene su lógica también supone una paradoja: cuánto más crezca la economía en los años próximos, más difícil le será al gobierno insistir en una quita sobre el capital.
No se equivoca el presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, que dice que para conseguir una quita debimos haber negociado en serio con los acreedores hace más de un año cuando el país parecía estar al borde de un colapso total, informándoles que a menos que aceptaran perder una proporción muy grande de su dinero no recibirían nada, pero puesto que en aquel entonces tanto el gobierno de Eduardo Duhalde como sus simpatizantes no querían brindar la impresión de estar dispuestos a ceder ante los financistas nativos o foráneos, cualquier intento de firmar un acuerdo hubiera sido denunciado con vehemencia por los partidarios del default. Sin embargo, desde aquellos días mucho ha cambiado. Algunos especialistas se afirman convencidos de que la economía ya está creciendo a un ritmo tan impresionante que podría llegar al diez por ciento anual. Desgraciadamente para los tentados por la idea de que por motivos principistas la Argentina no debería satisfacer a los acreedores, economistas en el exterior e incluso los técnicos del Fondo Monetario Internacional comparten el optimismo así supuesto, razón por la que ya no se habla de una quita del 70% o más, sino de una inferior al 50%. Sin embargo, de confirmarse las previsiones de quienes creen que por fin la Argentina se ve en los comienzos de una etapa de crecimiento a un tiempo rápido y sostenible, esta última cifra no tardará en parecer excesivamente ambiciosa, lo que plantea una posibilidad que menos de un año atrás hubiera sido considerada surrealista, la de que no haya quita alguna sino un acuerdo destinado a estirar los plazos.
Es que en el fondo el problema de la deuda tiene menos que ver con sus dimensiones globales, que con el movimiento de los capitales. Si bien no cabe duda de que es demasiado grande para nuestra economía, en circunstancias «normales» hubiera resultado ser manejable. En efecto, de no haberse producido la corrida masiva que según los cálculos de una consultora bonaerense en los meses que siguieron a junio del 2001 acarreó la salida de más de 30.000 millones de dólares, el país pudo haberse ahorrado la tragedia supuesta por el mayor default soberano de la historia. Con todo, al volver la confianza en la Argentina de los argentinos mismos, resultado éste de la conciencia de que los responsables de administrar la economía no procurarán confeccionar un «modelo» anticapitalista radicalmente nuevo, y al modificarse el panorama financiero internacional, el dinero propende a regresar, creando una situación que es radicalmente distinta de la enfrentada en los meses finales del 2001 y que, entre otras cosas, hace que la deuda parece menos monstruosa que antes.