Dinámica perversa

Ruckauf teme que estallidos sociales afecten su imagen, a menos que consiga achacarlos a la Nación.



A fin de celebrar como corresponde el primer cumpleaños de la gestión del presidente Fernando de la Rúa, distintos dirigentes peronistas se han entregado a una suerte de competencia para decidir cuál de ellos logra descalificarlo de la forma más contundente. Según el ex presidente Carlos Menem y muchos otros, De la Rúa todavía no ha comenzado a gobernar, en opinión de una diputada porteña “estamos en medio del Apocalipsis”, han abundado las alusiones a lo que un operador peronista llamaba sus “defectos espantosos”, entre ellos su “lentitud” y, demás está decirlo, son muchos los que dan por muerta la Alianza radical-frepasista con la esperanza de ver definitivamente rotos los lazos entre los dos socios de la coalición gobernante. A todo político le encanta leer en los diarios sus propias palabras u oírlas por la radio y los más saben que en la actualidad la mejor manera de llamar la atención mediática consiste en hablar mal de la gestión del presidente, de manera que es probable que continúe el bombardeo verbal, lo cual, desde luego, no contribuirá del todo a mejorar el estado de ánimo de la población. Puesto que a De la Rúa aún le quedan casi tres años antes de terminar su mandato formal, el que los ataques contra su figura ya hayan cobrado tanta intensidad es sumamente preocupante.

Entre los críticos más virulentos del presidente está el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf. A su entender, “el balance en la provincia es bueno, pero nos falló la Nación”. Si bien muchos han atribuido la decisión de Ruckauf de alejarse de De la Rúa luego de haberlo tratado como un amigo dilecto a nada más que su oportunismo notorio, en el fondo los motivos tienen que ver con la lógica política. Por razones comprensibles, a todos los gobernadores, incluso a los radicales, les conviene intentar hacer pensar que si no fuera por la mezquindad y la inoperancia ya del gobierno nacional, ya de las agencias crediticias internacionales, gracias a su propias dotes administrativas su distrito sería un dechado de prosperidad y armonía social. De lo contrario, ellos mismos se verían convertidos en blancos favoritos de los convencidos de que el país está deslizándose por un precipicio.

En el caso de Ruckauf, la necesidad de contar con un chivo emisario es especialmente urgente. Aunque el déficit de su provincia es colosal, la situación social no cesa de agravarse, debido en parte a la llegada de contingentes de pobres procedentes del interior y de los países limítrofes. Asimismo, no existe indicio alguno de que la política de seguridad impulsada de Ruckauf, la cual ha ocasionado un aumento alarmante de las violaciones de los derechos humanos en las comisarías de la “maldita policía”, haya logrado hacer mella en la delincuencia. Por lo tanto, es natural que Ruckauf tema que su jurisdicción llegue a ser el escenario de “estallidos sociales” que no ayudarían a mantener pulida su imagen a menos que consiga achacarlos al gobierno nacional, reeditando así la maniobra exitosa que le permitió despegarse del problema provocado por los piqueteros politizados de La Matanza.

Por ser la Argentina en muchos sentidos un país unitario disfrazado de federación, es normal que los gobernadores provinciales se feliciten personalmente por las buenas noticias y atribuyan las malas al Poder Ejecutivo nacional. También lo es que el objetivo principal de muchos consista en obtener más dinero de la Nación para entonces repartirlo entre los organismos que conforman el aparato político propio. En otras palabras, es del interés de muchos gobernadores administrar mal, privilegiando a los amigos o aliados políticos, y criticar con vigor el desempeño del presidente de la República. Si ocurre que éste es el jefe del mismo movimiento político, las embestidas serán indirectas y ambiguas porque, al fin y al cabo, hay que pensar en las próximas elecciones y, de todos modos, es legítimo esperar recibir algunos favores particulares, pero cuando se trata de un rival de otro partido, los gobernadores pueden maniobrar con libertad casi absoluta, conforme a las circunstancias fingiendo amistad, reclamando más dinero, negándose a ajustar los gastos y a reformar el sector público local, o atacando sin piedad al ocupante de la Casa Rosada.


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