Domar la inflación



Los índices de precios volvieron a prender las alarmas sobre el estado de la economía nacional, que más allá de la reactivación en determinados sectores volvió a demostrar que la elevada inflación sigue lastrando el desarrollo del país.

La inflación nacional alcanzó el 2,3% en marzo y la Patagonia registró el pico más alto: 3,1%. Pero quizás lo más preocupante no fue este número estacional, sino que se aceleró lo que se denomina “inflación núcleo” (un 2,6%), la mayor desde el inicio de la medición actual, impulsada por el reciente salto del dólar y el ajuste tarifario definido por el gobierno. Ello provocará, según la mayoría de los expertos, un efecto arrastre, y ya se pronostica que para el primer semestre se habrá alcanzado el 80% de la meta anual, lo que la tornará imposible de cumplir.

La clase dirigente de nuestro país parece seguir sin entender lo pernicioso que han sido para todo el sistema productivo casi 70 años de elevada inflación sostenida, con escasos y cortos períodos de estabilidad insuficientes para romper con una cultura que parece haberla asumido como un dato más de la realidad. No ha sido así en el resto del continente. Excepto Venezuela, casi todos los países vecinos, tengan gobiernos de centroizquierda o conservadores, mantienen desde hace al menos una década planes de contención de precios que les han permitido obtener tasas de inflación razonables, menores al 7% anual.

El origen de la inflación argentina es siempre el mismo: la tendencia de los gobiernos a aumentar el gasto público y financiarlo emitiendo dinero, siempre pensando que en un futuro impreciso “las cosas se acomodarán” y se volverá al virtuosismo fiscal sin pagar costos políticos. El economista Ramiro Castiñeira resumió en un reciente trabajo las tres principales estrategias históricas que han asumido gobiernos de distintas tendencias ante la inflación. La primera consiste en “pisar el dólar, tarifas y demás precios de la economía, sin frenar la maquinita”, realizada en gobiernos populistas. La segunda, en administraciones más liberales, “precios libres, tipo de cambio unificado y tasa de interés como nuevo ancla” también sin dejar de emitir dinero. La tercera, usada por ambos sectores políticos, consiste en “recurrir al endeudamiento externo para frenar la monetización del déficit, sin reducirlo”. La persistencia histórica del fenómeno ha generado una verdadera cultura inflacionaria en los argentinos, que se activa apenas recrudece el fenómeno: refugio en el dólar, remarcaciones “preventivas” a todo nivel, bicicletas financieras aprovechando los cambios de tasas y el tipo de cambio, acumulación de stocks y especulación entre productores e industriales y puja distributiva, entre otras.

Sin embargo, eso no quita que la población vea la inflación como el gran problema económico. Según varias encuestas recientes, el alza de precios es visto como el principal problema del país, superando la inseguridad, la pobreza y la corrupción. Lo peor es la creciente pérdida de confianza de la población en la efectividad de las medidas. Desde otra postura, los inversores españoles que se reunieron con el presidente Mauricio Macri también lo señalaron. “Nos preocupa la inflación, es el principal problema para invertir” deslizaron, en medio de los elogios.

Por último, mantener altas tasas de inflación complica la meta del gobierno de reducir los índices de pobreza. Según un estudio de Idesa, sólo para reducir del 26% actual a 20% el nivel de pobreza, el gobierno debiera lograr bajar la inflación al 5% anual, meta irrealizable en el corto plazo.

Buena parte de la credibilidad del gobierno se juega en la lucha para domar la inflación. Sin un esfuerzo sostenido por bajar el gasto público ordenando las cuentas estatales, eliminando programas que se superponen en los niveles nacionales, provinciales y municipales; dejando de financiar las estructuras políticas y clientelares con dinero público y con una reforma integral del sistema previsional e impositivo parece imposible alcanzar la meta de inflación a niveles normales que genere un sistema económico sano, sin las nefastas distorsiones inflacionarias.


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