Dos visiones de EE. UU. que impactarán en América Latina
El avance del magnate durante las internas de su partido parece haberse frenado.
Editorial
La reciente escalada verbal, con varias metidas de pata, que ha protagonizado el candidato Donald Trump puso en alerta a los republicanos y sacó una sonrisa al comando demócrata de Hillary Clinton, que logró una luz de ventaja en las encuestas, en lo que se prevé serán las elecciones presidenciales más polarizadas de los últimos años en Estados Unidos.
El arrollador e imparable avance del magnate durante las internas de su partido parece haberse frenado en forma brusca. Como si no se hubiera enterado de que la interna se terminó, Trump mantuvo su estilo irreverente, agresivo y políticamente incorrecto para dirigirse a su electorado fiel (mayoritariamente hombres, blancos, heterosexuales y conservadores), pero que lo está distanciando de los votos que necesita convencer para lograr la presidencia. Desde su nominación en la Convención Republicana no ha cesado de provocar con polémicas salidas: la acusación al presidente Barack Obama y a Clinton de haber “creado” al grupo Estado Islámico, una teoría conspirativa muy popular entre la ultraderecha de su país, fue la última muestra. Antes, sugirió que los defensores de armas podrían “frenar” a Clinton de cualquier modo, se burló de los padres de un soldado musulmán muerto en Irak y propuso que su par ruso Vladimir Putin, cuyo estilo admira, hackeara cuentas demócratas para probar los presuntos abusos de su rival con correos electrónicos.
El estilo incendiario y mediático que tanto le redituó a Trump en la interna no surte el mismo efecto en el escenario más amplio: la brecha entre ambos candidatos se amplió de “empate técnico” , 4% a 8 y casi 10 puntos en algunos sondeos recientes, a menos de 120 días de los comicios. Claro que nadie subestima la capacidad de Trump para desafiar pronósticos: la misma desventaja tenía al comenzar las primarias republicanas y terminó ganando por paliza.
Lo cierto es que la campaña presidencial estadounidense enfrentará dos visiones de país que no serán inocuas para América Latina. De ahí que se siga con atención lo que sucede en esa campaña de la principal superpotencia mundial.
Por lo visto en los últimos días, el millonario republicano insistirá en su visión apocalíptica de estancamiento económico, decadencia nacional y “peligro, muerte y destrucción” de un mundo amenazante que se encuentra ante la “debilidad” de inoperancia de los demócratas en el poder. Su estrategia económica combina la clásica receta reaganiana liberal de recortar impuestos a las empresas, un retorno a la fuentes clásicas de energía (petróleo y carbón) sin compromisos con el cambio climático y con un duro proteccionismo comercial, especialmente con México, China y los países del sudeste asiático e incluso con Europa. Clinton buscará dar continuidad a una visión optimista, de estabilidad económica, crecimiento del empleo y esperanza de mejoras sociales que se vivieron en los ocho años de Obama. Tratará de galvanizar a las minorías y a los votantes de su rival Sanders con el fantasma del magnate, e insistirá en que a pesar de las tensiones raciales y los brotes de violencia las tasas de delincuencia e inmigración ilegal han bajado y el terrorismo internacional fue reducido al ataque de “lobos solitarios” y no representa una amenaza como la del 2001.
Buena parte de lo que ocurra dependerá en gran medida del panorama económico que enfrente EE. UU., que ha dado señales de recuperación, sobre todo del empleo, aunque con bajos salarios, y el crecimiento luce más sólido que el de sus socios europeos o China.
Es ingenuo creer que la política exterior de EE. UU. hacia América Latina experimentará cambios de 180 grados gane Trump o Clinton. En general, la estructura de frenos y contrapesos del sistema político funciona tan aceitadamente que cualquiera que gane deberá negociar con el Congreso y pasar los filtros judiciales, como bien aprendió Obama. Y América Latina ha sido desde hace décadas una preocupación de segundo orden para Washington frente a Medio Oriente, Rusia o Asia.
Pero incluso cambios sutiles, como endurecimiento hacia la inmigración mexicana, un regreso a las sanciones a Cuba, una actitud más dura con Venezuela, la desconfianza hacia el proceso de paz colombiano o un mayor proteccionismo comercial, tendrían impacto fuerte en varios países. Por eso la atención sobre si lo que se impone al final de la campaña es la visión más optimista o apocalíptica de lo que ocurre en EE. UU. y en el mundo podría representar una gran diferencia para nuestro país y la región.