DSK, el regreso
Hace poco más de tres meses, el entonces director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, era considerado uno de los hombres más poderosos del mundo, casi a la par del presidente norteamericano Barack Obama, y el probable sucesor de Nicolas Sarkozy como presidente de Francia. A mediados de mayo pasado, empero, todo cambió de manera dramática. De la noche a la mañana y sobre la base del testimonio de una mujer de antecedentes desconocidos, una de las estrellas máximas del firmamento político y económico mundial se vio transformada en un símbolo de la arrogancia del poder, del elitismo más impúdico, del machismo europeo; en resumen, de la decadencia occidental. Pero si bien parecía que la carrera pública de DSK, como suelen llamarlo sus compatriotas, había terminado de modo ignominioso luego de su detención –momentos antes de tomar vuelo el avión en que estaba sentado– bajo acusación de haber violado a una mucama guineana, su humillación pública a manos de la policía neoyorquina y su renuncia forzada a su cargo en el FMI, en Francia muchos siguieron creyendo que aún podría desempeñar un papel político importante en su país. Ahora, se sienten reivindicados. Desde el punto de vista de los simpatizantes de Strauss-Kahn, la decisión del fiscal neoyorquino de abandonar el caso penal en su contra, porque no le sería dado probar la veracidad de las acusaciones de la mucama africana, significa que siempre fue víctima ya de una maniobra política urdida por sus enemigos, ya de un sistema judicial perverso en que los acusados son tratados como si ya hubieran sido condenados. Entre otras cosas, el caso Strauss-Kahn sirvió para llamar la atención sobre la diferencia enorme que se da entre la cultura política norteamericana y la gala. Si bien en Estados Unidos la difusión de detalles levemente escabrosos acerca de la conducta sexual de un aspirante a la presidencia sería más que suficiente como para hundirlo por completo, como en efecto ha sucedido en muchas oportunidades, en Francia las actitudes son muy distintas. Según un sondeo reciente, el 42% de los consultados opina que, a pesar de todo lo ocurrido en Nueva York y las denuncias formuladas últimamente por mujeres francesas que juran haber sido víctimas de las atenciones no deseadas de DSK, el ex mandamás del FMI podría participar en la carrera presidencial. Para algunos, se trata de una diferencia cultural que es atribuible a las tradiciones puritanas de los norteamericanos por un lado y la amplitud de miras y el respeto de la privacidad de los franceses por el otro, pero aquellos insisten en que es poco realista suponer que la conducta privada de una persona no incidirá en su desempeño en una función pública, mientras que éstos niegan que haya una relación directa. De todos modos, en este ámbito por lo menos, parecería que nuestro país se asemeja mucho más a Francia que a Estados Unidos, ya que sería poco probable que la divulgación de pormenores acerca de las costumbres sexuales de un político destacado le ocasionara demasiadas dificultades. Puede que a esta altura Strauss-Kahn haya perdido la posibilidad de alcanzar la presidencia de Francia, lo que con toda seguridad sería motivo de alivio para los norteamericanos, pero a juzgar por sus declaraciones muchos socialistas franceses están resueltos a asegurar que siga cumpliendo un rol influyente en la política de su país. Aunque el propio DSK sea reacio a hacerlo, por entender que en adelante a sus adversarios les será fácil mofarse de sus pretensiones, ya que además de su desgraciado encuentro con una mucama guineana que, felizmente para él, resultó ser una mentirosa habitual es desde hace mucho tiempo notorio por su agresividad sexual, sus correligionarios parecen decididos a usarlo para atacar lo que consideran la hipocresía norteamericana. Por lo demás, con razón o sin ella, entienden que en circunstancias como las actuales no sólo Francia sino también toda Europa necesita contar con un economista talentoso de las características de DSK, que en el transcurso de su gestión truncada como jefe del FMI no había vacilado en criticar la forma en que el gobierno norteamericano manejaba la economía nacional más importante del mundo, y que por lo tanto sería un grave error prescindir de sus servicios sólo porque a menudo su conducta personal deja muchísimo que desear.
Hace poco más de tres meses, el entonces director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, era considerado uno de los hombres más poderosos del mundo, casi a la par del presidente norteamericano Barack Obama, y el probable sucesor de Nicolas Sarkozy como presidente de Francia. A mediados de mayo pasado, empero, todo cambió de manera dramática. De la noche a la mañana y sobre la base del testimonio de una mujer de antecedentes desconocidos, una de las estrellas máximas del firmamento político y económico mundial se vio transformada en un símbolo de la arrogancia del poder, del elitismo más impúdico, del machismo europeo; en resumen, de la decadencia occidental. Pero si bien parecía que la carrera pública de DSK, como suelen llamarlo sus compatriotas, había terminado de modo ignominioso luego de su detención –momentos antes de tomar vuelo el avión en que estaba sentado– bajo acusación de haber violado a una mucama guineana, su humillación pública a manos de la policía neoyorquina y su renuncia forzada a su cargo en el FMI, en Francia muchos siguieron creyendo que aún podría desempeñar un papel político importante en su país. Ahora, se sienten reivindicados. Desde el punto de vista de los simpatizantes de Strauss-Kahn, la decisión del fiscal neoyorquino de abandonar el caso penal en su contra, porque no le sería dado probar la veracidad de las acusaciones de la mucama africana, significa que siempre fue víctima ya de una maniobra política urdida por sus enemigos, ya de un sistema judicial perverso en que los acusados son tratados como si ya hubieran sido condenados. Entre otras cosas, el caso Strauss-Kahn sirvió para llamar la atención sobre la diferencia enorme que se da entre la cultura política norteamericana y la gala. Si bien en Estados Unidos la difusión de detalles levemente escabrosos acerca de la conducta sexual de un aspirante a la presidencia sería más que suficiente como para hundirlo por completo, como en efecto ha sucedido en muchas oportunidades, en Francia las actitudes son muy distintas. Según un sondeo reciente, el 42% de los consultados opina que, a pesar de todo lo ocurrido en Nueva York y las denuncias formuladas últimamente por mujeres francesas que juran haber sido víctimas de las atenciones no deseadas de DSK, el ex mandamás del FMI podría participar en la carrera presidencial. Para algunos, se trata de una diferencia cultural que es atribuible a las tradiciones puritanas de los norteamericanos por un lado y la amplitud de miras y el respeto de la privacidad de los franceses por el otro, pero aquellos insisten en que es poco realista suponer que la conducta privada de una persona no incidirá en su desempeño en una función pública, mientras que éstos niegan que haya una relación directa. De todos modos, en este ámbito por lo menos, parecería que nuestro país se asemeja mucho más a Francia que a Estados Unidos, ya que sería poco probable que la divulgación de pormenores acerca de las costumbres sexuales de un político destacado le ocasionara demasiadas dificultades. Puede que a esta altura Strauss-Kahn haya perdido la posibilidad de alcanzar la presidencia de Francia, lo que con toda seguridad sería motivo de alivio para los norteamericanos, pero a juzgar por sus declaraciones muchos socialistas franceses están resueltos a asegurar que siga cumpliendo un rol influyente en la política de su país. Aunque el propio DSK sea reacio a hacerlo, por entender que en adelante a sus adversarios les será fácil mofarse de sus pretensiones, ya que además de su desgraciado encuentro con una mucama guineana que, felizmente para él, resultó ser una mentirosa habitual es desde hace mucho tiempo notorio por su agresividad sexual, sus correligionarios parecen decididos a usarlo para atacar lo que consideran la hipocresía norteamericana. Por lo demás, con razón o sin ella, entienden que en circunstancias como las actuales no sólo Francia sino también toda Europa necesita contar con un economista talentoso de las características de DSK, que en el transcurso de su gestión truncada como jefe del FMI no había vacilado en criticar la forma en que el gobierno norteamericano manejaba la economía nacional más importante del mundo, y que por lo tanto sería un grave error prescindir de sus servicios sólo porque a menudo su conducta personal deja muchísimo que desear.
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