Duro trucho

Por Redacción

El gobernador bonaerense Carlos Ruckauf supo aprovechar el episodio realmente extraordinario que protagonizó el ex carapintada Aldo Rico cuando éste insultó de forma soez a un grupo de periodistas. En lugar de intentar minimizar el incidente, retó con severidad a su ministro de Seguridad, el cual, fiel a la obediencia debida militar, aceptó mansamente la amonestación formulada por su superior. Sin embargo, luego de haber brindado lo que habría tomado por una manifestación contundente de sus dotes de conductor, Ruckauf no ha vacilado en ratificar en su cargo a su subordinado locuaz, actitud que hace pensar que sencillamente no entiende el significado real de lo ocurrido.

El que a Rico no le gusten para nada los periodistas puede entenderse: dista de ser el único político con motivos para odiarlos. Incluso su afición personal por el lenguaje de los bajos fondos podría considerarse un dato “anecdótico”. En cuanto a su trayectoria de golpista frustrado, son tantos los ex autoritarios presuntamente reciclados en demócratas que sería más sensato celebrar su conversión de lo que lo sería mofarse de ella. Pero no sólo es cuestión de su opinión sobre la “jauría mediática”, de su cultura rudimentaria o de su prontuario predemocrático sino de su incapacidad evidente para controlarse. Mientras que otros individuos de características comparables están en condiciones de desempeñar funciones importantes porque saben reprimir la parte menos civilizada de su personalidad, Rico no lo está. Bajo presión, el hombre estalla, lo cual es una costumbre peligrosa por tratarse del encargado de manejar la fuerza policial más poderosa del país, una fuerza que, como es notorio, sigue incluyendo en sus filas a una cantidad llamativa de torturadores, corruptos y ladrones.

Ruckauf eligió a Rico porque a su juicio era el símbolo más impresionante de la “dureza” del que dispone la provincia, pero sucede que el ex militar es claramente una persona débil, propenso a entregarse al pánico en momentos para él difíciles. Es de suponer que los comisarios bonaerenses, oficiales que son duchos en el arte de detectar las flaquezas ajenas, ya han tomado nota de que si bien su nuevo mandamás grita mucho, es sólo porque le falta la fortaleza anímica necesaria para conservar la serenidad. Asimismo, en vista de su actuación durante su breve encontronazo con la prensa en Pinamar, es legítimo preguntarse cómo reaccionaría Rico frente a una crisis mucho más exigente que la supuesta por la presencia no deseada de un puñado de fotógrafos y reporteros: un motín policial, digamos, o la aparición de grupos de piqueteros o, tal vez, una serie de crímenes horrendos. Aunque al ministro de Seguridad bonaerense le cueste comprenderlo, en tales circunstancias ni la histeria ni la prepotencia verbal destinada a enmascarar los titubeos propios servirían para mucho.

Por supuesto, es natural que Rico se haya sentido bastante incómodo durante sus primeras semanas como funcionario jerárquico del gobierno de una provincia de dimensiones físicas y demográficas que son superiores a las de la mayoría de los países. Puesto que aún no entiende nada de los problemas que es su deber resolver, espera que su imagen castrense desvíe la atención de sus deficiencias más patentes. Pero ya es tarde para que ello ocurra. El alarde de estupidez que protagonizó en Pinamar, más la amonestación por parte de Ruckauf de la cual fue blanco, lo habrán incapacitado para cumplir su función con un mínimo de dignidad. Que ello sea el caso no es culpa de Rico, político improvisado cuyas limitaciones personales son notorias, sino del responsable de confiar en sus manos la seguridad de la provincia de Buenos Aires. Al subordinar todo lo demás a una imagen de “dureza” en defensa de la ley y el orden, Ruckauf ha sembrado las semillas de un sinfín de problemas muy graves en el futuro no muy lejano, problemas que sin duda alguna tendrán consecuencias decididamente más profundas que las ya producidas por los exabruptos del irascible ex militar.