La lección que Vaca Muerta todavía puede aprender de Venezuela
La captura de Nicolás Maduro no fue un shock petrolero. Y eso, paradójicamente, es la señal más relevante para entender qué está pasando —y qué no— en el mercado energético internacional.
Por Gustavo Pérego, director de ABECEB
La captura de Nicolás Maduro no fue un shock petrolero. Y eso, paradójicamente, es la señal más relevante para entender qué está pasando —y qué no— en el mercado energético internacional. A diferencia de otros episodios geopolíticos en Medio Oriente o Europa del Este, el mercado absorbió el evento sin sobresaltos: el Brent se mantuvo en torno a los USD 60 por barril, confirmando que Venezuela hoy pesa poco en la oferta efectiva global. La razón es simple: el problema venezolano no es de reservas, sino de instituciones.
Estados Unidos insistió en que no se trató de un “cambio de régimen”, sino de una operación quirúrgica de aplicación de la ley. Pero detrás del encuadre jurídico hay una lógica económica clara: intervenir sin reconstruir institucionalmente no reconstruye la oferta petrolera. La apuesta de Washington no parece ser una vuelta rápida del crudo venezolano al mercado, sino ordenar el tablero geopolítico, reducir focos de riesgo regional y preservar fuentes de oferta más eficientes y previsibles.
Aquí aparece el primer dato duro: el perfil del crudo venezolano es un problema económico, no ideológico. La mayor parte de su producción potencial proviene de la Faja del Orinoco, con crudos extra-pesados (API cercano a 10) y alto contenido de azufre. Es petróleo caro de producir, caro de transportar y caro de refinar. Requiere diluyentes —naftas o condensados— para poder moverse, y refinerías complejas para poder procesarse. En términos de costos y logística, compite en clara desventaja frente a otros crudos pesados ya integrados al sistema estadounidense, como el canadiense o el mexicano.
PDVSA no solo perdió capital físico durante dos décadas de subinversión; perdió capital organizacional. Infraestructura degradada, contratos inestables, marcos regulatorios volátiles y una historia reciente de expropiaciones y defaults configuran un combo letal para la inversión de largo plazo. Recuperar los niveles de producción de los años noventa —cerca de 4 millones de barriles diarios— no es un problema técnico, sino financiero e institucional: requiere entre USD 80.000 y 100.000 millones en un horizonte de 10 a 15 años, bajo reglas claras y creíbles. Sin eso, no hay Chevron, Exxon ni fondo occidental dispuesto a hundir capital.
Por eso el contraste regional es clave. Guyana muestra exactamente el camino inverso: reglas contractuales estables, seguridad jurídica, ejecución acelerada y alineamiento con capital occidental. El resultado es contundente: proyectos offshore que avanzan rápido, producción creciente y costos competitivos. No es casualidad que, frente a la incertidumbre venezolana, el mercado mire a Guyana como el verdadero motor incremental de oferta en el hemisferio.
En este contexto, la captura de Maduro no revaloriza estructuralmente al petróleo venezolano. Al contrario: refuerza la idea de que, sin un cambio jurídico profundo —protección de la propiedad privada, respeto contractual, acceso pleno al sistema financiero internacional—, Venezuela seguirá siendo una potencia petrolera en los papeles, pero irrelevante en los flujos reales.
Y aquí aparece la derivación estratégica para Argentina. Vaca Muerta juega en otra liga. No porque esté libre de problemas, sino porque su petróleo sí encaja en el sistema global. El shale argentino produce crudos medianos y livianos, más fáciles de refinar, con costos decrecientes y curvas de aprendizaje ya probadas. Además, compite por capital en un mundo donde los inversores comparan proyectos bajo una misma vara: riesgo país, estabilidad regulatoria, reglas de salida y previsibilidad macro.
El punto central es que la ventana para Vaca Muerta no se abre porque Venezuela caiga, sino porque Venezuela no puede volver sin reformarse. Si la transición venezolana se limita a una administración interina sin redefinición institucional profunda, el capital no volverá. Y ese capital buscará alternativas: shale norteamericano, Guyana, Brasil offshore… y, potencialmente, Argentina.
Pero esta oportunidad no es automática. Así como Venezuela demuestra que las reservas no alcanzan, Argentina debe leer la lección completa: sin seguridad jurídica, no hay desarrollo energético sostenible. La discusión no es geológica, es institucional. El petróleo no fluye hacia donde hay más recursos, sino hacia donde hay más reglas.
En síntesis, la captura de Maduro no altera el equilibrio petrolero global, pero sí aclara el mapa. Confirma que el siglo XXI no premia al que tiene petróleo, sino al que sabe organizarlo. Y en ese tablero, Vaca Muerta puede ser ganadora —siempre que Argentina entienda que el verdadero upstream comienza en el derecho, no en el subsuelo.
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